Su primera mascota

A ver, si el Señor de las Bestias tiene más de trescientos animales en su finca… ¿para qué voy a meter yo uno en casa? Digo, permanentemente, porque de vez en cuando tengo a alguno en acogida.

Sí, soy amante de los animales. Por supuesto, he suspirado toda mi vida por los perros. En efecto, yo misma he tenido perro. Por descontado, los adoro. Ahora bien… ¡¡ni de coña meto yo ahora a uno en casa!! No, no es por nada. Dejando aparte que los animales ensucian, en realidad lo que me lo impide es la falta de tiempo. No lo encuentro ni para estar con mis hijos, como para sacar horas extras de donde no existen para dar paseos y tal. Imposible. Y si tienes una mascota, es para atenderla como se merece.

Pero El Cachorro ya tiene un par de bichos en propiedad. Os presento a «Tirurón» (tiburón) y a «Pez».

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Por cierto que yo me he desligado. O se encargan él y su padre, o adiós peces. No darán mucho trabajo, pero tienen que comer todos los días y que vivir en una pecera en condiciones. Ellos verán.

Madre golosa y traidora

Cojo una galleta rellena de chocolate y El Cachorro pone cara de susto. «¡Eeeeh! ¡¡No te comas todaz laz galletaz!!» Me empieza a tener calada.

Aunque todavía no puede dar crédito de lo que soy capaz. Le regalaron esta bolsa de chuches:

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… Llena. Hasta arriba. Al día siguiente pasa el crío el día fuera y, cuando vuelve a casa, se la encuentra así. Formó parte de mi “foqueo”. Lo que yo no pensaba era que el peque fuera a reconocer la bolsa como suya. La miró con cara de extremo asombro y empezó a balbucear, del shock que le causó la escabechina. En plan “qué es lo que ha pasado aquí”. Poooobre. ¡A balbucear!

Su padre me echó un capote y le dijo que es que las que faltaban se habían caído. Y yo le consolé diciéndole que tenía más chuches para él (aunque como no se diera prisa…) Y se quedó no sólo conforme sino también contento. Tengo un hijo que me lo pone todo muy fácil.

Pero va aprendiendo lecciones, porque seguidamente cogió un osito de goma, se lo metió en la boca, y justo entonces, preguntó: «¿Puedo comelo?» Jaaaa. Una vez el osito estaba a buen resguardo, claro. Este espabila rápido. Sobre todo teniéndome a mí como madre. Qué peligrito tengo, válgame.

Ahora, he alucinado con su memoria. No sé por qué, porque no tiene nada de extraño que recuerde una bolsa de chuches que le regalaron el día anterior. Pero es que yo me creo que sigue siendo muy chiqui para darse cuenta de las cosas y se da, ¡vaya si se da! Adiós al abuso indiscriminado de mi hijo.

¡Aaaaah! Pero cuento con mis trucos. Cuando se me antoja una palmera de azúcar (por cierto, en vías de extinción a favor de las glaseadas, una pena) y una de chocolate, le digo al peque que elija cuál de ellas quiere y yo me pido la otra. Total, que pese al pollo que me monta porque le choriceo un trozo…

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… finalmente se olvida de que se la tiene que comer y me la acabo zampando yo. Yiiiijaaaaa. Soy una genial estratega.

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Precaución, el bebé puede explotar

Se lanza a darle un beso al hermanito y se pone encima de él. Le digo que tenga cuidado.

– ¿Se va a eplotá (aplastar)?
– Sí.
– ¿Cómo un pollito?

Lo dice por el Pollito Pío.

Tiene obsesión. Pero porque le encanta que muera aplastado bajo las ruedas de un tractor. Siente adoración por los tractores.

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Y este durmiendo plácidamente, ajeno a los planes de su hermano.

Mi misión: mantener a El Cachorro alejado de los tractores.

Apaños

Cuando no se encuentra el salero y se tiene un hijo propenso a cambiar cosas de sitio y esconderlas, conviene echar un ojo a todos los recovecos existentes alrededor, incluida la ambulancia. Y équili.

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Y cuando el restaurante no tiene cambiador, se impone la improvisación.

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Está claro que ir a comer fuera encierra un montón de sorpresas. Unas más olorosas que otras.

Nota para el futuro: Llevarme a El Cachorro al Banco de España, al Museo del Prado o similar, a ver si esa capacidad para robar esconder cosas nos va saliendo un poquito rentable.

Cabalgata

Un caramelo en cada mano. Le van a dar otro y suelta: «No, yo ya tengo». Por favor, qué honesto, qué mono. Y detrás una vieja lanzándose en plancha a por ellos.

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Hoy le pregunta a su padre: «¿Po qué ritaba «¡caramelo, caramelo!», po qué?» Alucina con la desesperación del personal. Y eso de arrastrarse por un simple caramelo, no va con él. De hecho, cuando acude a un cumple y hay piñata, todos los críos se abalanzan a por las chuches y este, con suerte, me vuelve con una gominola, que probablemente le haya saltado a la mano. Y tan pancho.

P.D. Por cierto, en la foto veis que hay un niño negro. Pues fue gracioso experimentar la discriminación positiva. Solo por el color de su piel, se paró prácticamente la totalidad de los miembros de la cabalgata para forrarlo a caramelos. El Cachorro también se benefició de tantas atenciones solo por estar a su lado y haberse adoptado el uno al otro como compañeros de fatigas cabalgatianas.

Gollum

Estaba viendo «El Hobbit» y ha llegado el nene con su abuelo de la calle y se ha adobado a la peli. Hasta que su abuela nos ha hecho notar que quizá, puede, tal vez, esa no fuera una peli para críos. Máxime cuando la ha pillado en el momento en el que salían unos trasgos belicosos y… Gollum, el de «mi tesssshooooroooo», de supermal rollo. Bueno, pues se lo ha llevado su padre a otro lado. Y yo me he quedado preocupada, por si había traumatizado al enano.

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Pero al día siguiente coge, se sienta en el sillón y pide ver «al bicho». Encantado se quedó con el personaje.

Ya nos vale

Este… ¡primer baño de Pablo!

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Aaaay, sí. No lo hemos bañado en condiciones desde que nació. Esto es… hace 23 días. Hale. Con un par. No sé cómo se va a tomar el pobre sentirse limpio.

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Oye, pero si resulta que… ¡es rubio!

Jaaaa. No, eso ya lo vi en cuanto nació. Pero me sigo sorprendiendo. Quién me iba a decir a mí que iba a tener un hijo rubio con ojos azules…

Bueeeeeeeno, vaaaaaaaaale, siiiiiiiiiií, que el color de ojos es el genérico de bebé. Pero dejadme disfrutar de estos mesecitos celestes. (¿Por qué no se les quedarán los ojos de ese color indefinido y extraño tan chuli?)

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Bueno, insisto en que lo que sí es real es lo de su pelo (mirad las cejas). Cuando toda mi familia lo tiene negro azabache. Qué poca carga genética la nuestra.

El hermanito empieza a molestar

En un famoso bar de San Sebastián, abarrotado, la situación es la siguiente: mi familia desperdigada y todos los miembros encabronados. El Cachorro, que ayer no durmió siesta y hoy tampoco, está insoportable y no se aguanta ni él. El Señor de las Bestias acodado en la barra para pedir y poniéndome caretos por la murga del crío, porque se le cuelan, porque el camarero no le hace ni puñetero caso, porque tiene hambre y porque la paciencia no es la más destacada de sus virtudes. Y yo intentando hacerme fuerte en una esquina con el carrito, los abrigos y el bebé en brazos. En esto, el que faltaba: el chiquitico arranca a berrear. Pues ni corta ni perezosa me pseudodesnudo, cojo a mi bebé y ahí de pie, en medio de todo el lío, me pongo a amamantarlo. Y justo entonces viene El Cachorro: «Quero cogete» (anteriormente «te cojo yo», que quiere decir «cógeme»). Le digo que no puedo porque estoy con el hermanito. Y me ordena: «¡Deja a lermanito!» «No puedo, está comiendo». Y eso le ha convencido, no ha replicado, porque como buen chicarrón del norte sabe que la comida es sagrada.

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Al final del día, todos ya con el estómago contento y montados en el coche, me confiesa: «No quero e lermanito». Ay, ay, ay… Aunque luego, cuando le he preguntado si ya no lo quería cuidar, me ha dicho que sí, que quería. Uff. En la cuerda floja, andamos.

Comienzo de año electrizante

Mientras Don Bimbas ha comenzado el año todo arrugado…

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(Me encanta esta pielecilla de Chow Chow).

… el 1 de enero para El Cachorro ha sido electrizante.

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Todavía demasiado joven para apreciar los saltos de esquí por la tele padeciendo una resaca, se entretiene con sus primos dando botes en la cama elástica.

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Yo también me apunto a la opción de estrenar el año con un poquito de movimiento.

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No os puedo describir las caras del resto de padres cuando me vieron, encantada de la vida, encaramarme a la rueda esta para disfrutar de las vueltas mareantes a toda verga que tenían lugar gracias al impulso dado por Señor de las Bestias. En la primera tanda acabé saliendo disparada y aterrizando en el suelo. Mi niño muerto de la risa. No le avergüenza nada tener una madre tan infantil.

Por cierto, en todos los viajes todos los niños acabaron en el suelo menos El Cachorro, que enseguida supo cómo agarrarse y no había forma de bajarlo de la rueda. Ni para ir a casa, claro.