El guardián

Hay que ver lo que le llama la atención un bebé al perro. No para de asomarse para curiosear. Parece que le gusta.

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Aunque por experiencia sabemos que esta emoción se le pasará cuando este peque empiece a gatear y a andar. Y a perseguirlo, y a despertarlo, y a tirarle de la cola, y a darle guantazos en el morrillo. Entonces no le hará tanta gracia…

Plan de choque

El Cachorro se ha tomado bastante bien la llegada del hermanito. Di que ya llevaba mucho tiempo oyendo hablar de él, y de manera muy natural. Así que desde que nació, lo quiere coger y le besa sin parar.

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Que se haya puesto a jugar en el sofá con el coche más grande que tiene, haya pasado al lado y le haya sacudido al pequeño un guarrazo en la cabeza que ha sonado como si de una campanada de Nochevieja se tratara, ha sido mera coincidencia.

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Lo que me alucina más aún es que Don Bimbas NI SE HAYA INMUTADO. Vamos, como si le hubiera caído encima una miga de pan.

El nombre

Pues no quería, no. No quería convertir a mi descendencia en pseudoprotagonistas de telenovela. El primero tiene dos nombres porque me faltaron huevos para ponerle en solitario el que me gustaba (Simón). El otro (Javier), que aunque común sí me parece bonito, le hacía ilusión a mucha gente, amén de que más navarro no podía ser, y también me daba cosa descartarlo.

Pues bien, a mi segundo quería ponerle solo un nombre. Su padre se pegó tooooooodo el santo embarazo empeñado en ponerle como su padre: Fernando, que murió cuando él era un adolescente. Juro que esa posibilidad la tuve en cuenta incluso con mi primer hijo, pero es que no me gustaba. Y con el paso del tiempo, tampoco. Así que le dije que elaborara una lista con varios nombres (tal y como hice yo en su día con El Cachorro, porque había alguno que me hacía más gracia que Simón y me lo vetó) y de ahí que yo eligiera el que más me gustara. Se negó.

Pues bien, la lista la hice yo y le dije que eligiera él. Eligió (dos días después de nacer, en nuestra línea). En el hospital rellené su ficha para el registro. Todo en orden…

Y vamos al registro, nos sentamos enfrente de la tía, nos da el borrador de cómo iba a quedar, me entra la pena y la cosa (ya la llevaba arrastrando) y le invito al Señor de las Bestias a ponerle también el nombre de su padre.

– Aún estamos a tiempo. Podéis pensarlo – nos anima la del Registro.
– No me gusta cómo queda – dice el Señor de las Bestias.
– Da igual. Nuestro amigo Carlos se llama Carlos Eduardo y eso solo sale en el DNI, nadie le llama Carlos Eduardo sino Carlos –. Le doy más argumentos para que cumpla su ilusión.

Al Señor de las Bestias se le ilumina la cara… “Vale, se lo ponemos”.

Así que así ha quedado su ficha, con dos tintas, puro reflejo de lo que ocurrió este día y de cómo somos los padres de la criatura.

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Ahora, ya que el crío tiene dos nombres también, como su hermano, rabia me da que al final uno no fuera Juan. Juan me gustaba también para El Cachorro y no hubo manera. El Señor de las Bestias que no y que no. Pero, dado que en esta ocasión estábamos en modo homenaje y mi padre se llama Juan José, nuestro segundo vástago bien que podía llevar el nombre de los dos abuelos, ¿no? Juan Fernando, y todo el mundo contento. ¡Pues tampoco hubo forma, oye! Ya lo habéis visto. Como aquí hay uno que no prevé las cosas y no le da la gana de invertir un momento en pensarlas, el nombre de mi padre brilla por su ausencia y el del suyo ahí está. Cuando, como bien dijo una prima mía: “Vale que su padre murió, pero el tuyo morirá, así que…” ¡Y razón no le falta!

En fin, que así como a El Cachorro, aunque tengo preferencia por uno, me da igual que lo llamen por cualquiera de sus dos nombres, incluso por los dos a la vez, en el caso que nos ocupa mi hijo se llama Pablo a todos los efectos, y también Fernando solo en su DNI. Que conste.

Vamos a por otra cuestión ahora… el SOBRENOMBRE, ALIAS, MOTE o como lo queráis llamar. Porque El Cachorro fue El Cachorro desde que era un cigoto. Pero a este lo llamo de mil formas. En su día dije que sería Pepito, por eso de Pablo Peralta, P.P., Pepe en pequeñito. También me refería a él como Polluelo. Pajarito, asimismo. Barajé Quirico, que es como llamaba mi madre a mi hermano cuando era pequeño. Por cierto, inciso, esto lo he debido de heredar de ella. Yo no era Amaya, era Rufina, Marianelita, Marcelina, Pepita… Y, claro, a vueltas ando ahora. Don Bimbas va ganando enteros. Don Bimbas, Don Bimbín o Bimbainas han sido también grandes clásicos de mi madre. De mi cosecha son Salustiano, Gumersindo, Godofredo, Remigio, mangarranito… En fin, que no sé si os aclararéis con mi pequeño cuando me refiera a él en el blog. Avisados estáis.

Comprar sujetadores en la verdulería

Hace tres años, en el posparto inmediato de El Cachorro, en este mismo blog, pedía que entre las bragas de redecilla, las compresas de algodón, el tetamen descomunal, la cicatriz, el camisón con regurgitaciones, el sujetador enormeus de doble capa y tal, si algún día llegaba a estar menos atractiva aún, me dierais muerte.

Pues bien, ese momento ha llegado. Ahora a lo anteriormente mencionado hay que sumar que me he puesto hojas de repollo en las tetas.

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Compasión, por favor. Que sea rápido.

Me rindo

Mirad qué bonito.

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Pues, aunque no lo parezca, todo tiene su lado oscuro.

Segunda noche en casa. Rompo a llorar. Me duele el cuerpo y la vida al completo y me duele mucho, y de continuo. Me duelen los pezones, me duelen las tetas, que van a reventar, me duele la episiotomía salvaje que me han hecho, que no me deja moverme con libertad, me duele el ano, que parece una cabeza de ajos. La almorrana que me ha salido tiene tal tamaño que le he sacado una foto. No puedo sentarme y no puedo ni ir al baño. También me duele la espalda de estar dando el pecho en posturas imposibles y a todas horas. O varias horas seguidas como me ha pasado esta noche… ¡Cinco horas el bebé mamando! ¡Sin parar! ¿Es eso normal? Mientras, yo sin pegar ojo.

Y, claro, todo mi yo ha colapsado y me he derrumbado.
Me he empezado a quejar, a decir lo mucho que sufro, y que la maternidad no compensa, y que no puedo más.

SEÑOR DE LAS BESTIAS: “Esto lo tenía que estar grabando, para cuando me digas que quieres tener otro hijo”.

Mi falta de memoria es proverbial. Y él lo sabe. ¡¡Grábameeeeee!!

Vivir encima de mamá

Que nazca un ser humano y que tú te conviertas en su ecosistema, tiene su aquel.

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Tengo un bichobola cuya vida entera transcurre encima de mí. Duerme encima de mí. Come encima de mí. Y caga encima de mí. Lo bueno es que lo tengo bien cerca para ver e interpretar las señales que él hace. ¿Signos de que un bebé tiene hambre?

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¿Por ejemplo que se devore el dedo de la mano? Je. Ahí estoy rápida y, sí, adivino que puede que tenga hambre.

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Pero me duelen los pezones. Intento darle gato por liebre. Le planto el chupete y me mira fijo con el ceño fruncido en plan “que te crees que no me doy cuenta de que me has tangao”. Dicen que los bebés no ven. Que solo luces y sombras.

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Pues juraría que este me clava la mirada Acero Azul en lo que viene siendo toda mi pupila.

El peque me tiene a su merced. Me reclama sin parar y hace como que tiene hambre para que lo ponga al pecho y aprovecha para dormirse. Después de llevar, pongamos, tres cuartos de hora encamado conmigo entre mis brazos, cuando parece que más en fase REM no puede estar, con mi culo dormido de tanto estar tumbada, decido dejarlo acostadico y escabullirme.

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Qué bonita sería esta imagen, ¿verdad? Pues solo se dio una vez que, si no llega a ser porque existe un documento gráfico, ya se me habría olvidado. Porque no hay tu tía. En cuanto me zafo de él, se despierta y se pone a berrear como un poseso y, hale, vuelta a la posición original. ¡No puedo huir de mi hijo!

Así que aprovecho las circunstancias y pruebo el cacareado autoenganche. Eso de desnudarte, desnudarlo y ponerlo en tu tripa para que él solito repte y trepe hasta llegar al pezón y él mismo mueva su cabecilla como su fuera un pájaro carpintero hasta que acierta y se ponga a mamar. La verdad es que este asunto tan instintivo, funciona. Es un espectáculo verlo.

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Y ahora voy yo y, viendo esta imagen:

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… Me pienso que hay otras cosas innatas como que estornude y se plante la mano en la boca… ¡Qué bien! ¡Vienen al mundo ya educados y todo!

Pasando de todo

El Cachorro no quiere saber nada de venir a visitar a su mamá y a su hermanito. Pasa de nosotros mogollón. Está empadrado hasta más no poder. Imagino que solo porque ha visto que yo he desaparecido unos días y que he traído al mundo a un nuevo ser con el que repartir mi cariño. E intentas hacerle a él el mismo caso y coge y se hace el digno. Dirige su atención a un apasionante iPad. Qué injusta es la vida de las madres. Qué manera de hacer sacrificios que encima no se reconocen.

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Aquí todo chichifú a lo suyo. El bebé ya apunta también. De momento mira por él y por sus propios hobbies. El principal: masticar pezones. Y que a mí me duela, se la trae bastante floja. Pero debería importarle, porque como siga así se me van a caer a trozos y adiós muy buenas.

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Menudo suplicio chino lo de ser madre. Si sólo fueran los pezones… Los puntos de la maldita episiotomía me hacen ver las estrellas y soy capaz de averiguar cuántas galaxias hay en el universo infinito e ignoto si tengo que ir al baño.

En cuanto a la subida de la leche… ¿Qué clase de tortura es está? ¡Qué me arrrrranquen las tetas “raitnau”! O explotarán y sucederá el Apocalipsis y el fin de la raza humana. En serio. Están duras y con bultos como piedras y no me las puedo ni mirar fijo de lo que duelen. Van a reventar.

Me dice El Señor de las Bestias: “Que pases por todo esto para que al final me acabe prefiriendo a mí”. Sí, porque el recién llegado seguro que me hará la misma jugada que mi primogénito. Qué injusta es la vida.

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Y en la línea de ignorar las necesidades, cuidados y demanda de mimos de una madre, cuando me traen la cena El Cachorro, todo empatía él, salta: “Yo tengo hambre”. Y se pone a gorronear. Así me tenga que contentar yo con chupar el plato.

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Consigo probar un poco y me pregunta mi madre: “¿Eso aliña bien?”, y El Cachorro: “Yo niña no, yo llamo Zimón”. Jaaaaaaaajjajajaja. No, si al final moriré de inanición pero con una sonrisa en la boca.

Pero cabe la esperanzadora posibilidad de que todo, la indiferencia, el abuso, el pasar de lo que está pasando, el hacerse el frío, el hacer como que su hermanito le importe lo mismo que las orquídeas que me han traído, sea un poco postureo. Porque El Cachorro, cuando se llevan al bebé (para hacerle una prueba o cambiarlo) y le preguntamos si quiere que se lo queden o que lo devuelvan, dice “que lo devuelvan”. <3 Tengo un hijo mayor que no me lo merezco. A ver el otro.

Sin tregua

Estás en el hospital después de haber parido y tu habitación se convierte en la estación de Nuevos Ministerios del metro de Madrid en hora punta. Tan es así que me he puesto a apuntar todas las veces que entran con la excusa que sea, para demostrar que no exagero ni un pelo.

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Por ejemplo un día que empieza a eso de las siete de la mañana…:

– Cambio pañal y ropa del bebé
– Tomarme la temperatura
– Hacer mi cama
– Tomarme la tensión
– Traerme el desayuno
– Limpieza de la habitación
– Prueba del talón del bebé
– Pediatra
– Recogida de la bandeja del desayuno
– Cura de los puntos de la episiotomía
– Recogida del consentimiento para el Test de Apgar
– Ginecóloga
– Traerme la comida
– Retirar la bandeja de la comida
– Nueva cura de puntos
– Elección menú del día siguiente
– Enfermeras de planta que a ver qué tal todo
– Hora de la merienda
– Toma de temperatura
– A cenar
– Retirar la bandeja de la cena
– Enfermeras de planta acompañadas por un zumo que me ofrecen
– Calmante
MADRUGADA
– Peso del crío
– Toma de temperatura
– Toma de tensión
– Calmante

Y en lo que viene a ser un día sin fin, empalmamos de nuevo con…:

– Desayuno
– Retirada del desayuno
– Limpieza de la habitación
– Revisión ginecológica
– Visita pediatra

… Y así. Seguro que me dejo algo, a todo esto. Y sin contar las visitas de familiares y amigos.

Como para sacarte un moco con los dedos… ¡te pillan fijo!