Balance

Pues nada, año finiquitado. 365 días en los que he pasado por todas las etapas de una madre. He estado sin embarazar, embarazada y he dado a luz. Y por todas las de una mujer trabajadora. He estado currando, en el paro y de baja maternal. Y por todas las de una desequilibrada. He estado tranquila, preocupada, dolorida, angustiada, cansada, contenta, asustada, es decir, he pasado por todos los estados anímicos imaginables.

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Todo esto ha tenido un resultado. Rubricamos el 31 de diciembre con este posado familiar. ¡Feliz noche para todos!

Cebando al nieto

Llega el Señor de las Bestias a Pamplona después de una semana fuera y se encuentra a El Cachorro con “cara pan”.

– ¡Este niño ha engordado! – observa.
– ¡Porque aquí el pobre se alimenta! – indica mi madre.

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Sí, la abuela ejerciendo de abuela. Lo cierto es que mi hijo tiene unos coloretes tipo Iñaki Perurena que dan gloria verlos.

Mini ángel de la guarda

Mientras daba el pecho a las dos de la mañana al pequeño, el mayor se despertaba diciendo que tenía pis. Así que no tenía más remedio que arrebatarle mi pezón a la pequeña sanguijuela y salir corriendo al cuarto del otro para llevarlo al baño.
Una vez hecho el pis, lo llevo a su habitación, lo acuesto y oímos que el bebé se empieza a quejar. ¡Y coge y salta El Cachorro: “Corre, que está llorando lermanito”! Por favor, qué rico es mi niño. Alucinante.

Esperad, que al día siguiente me pongo a cambiar al bebé con El Cachorro de testigo, y se pone a berrear de lo lindo, porque o está en brazos o no está para nada conforme, y le pregunto: “¿¡Pero por qué lloras, hijo?!”, y salta su hermano mayor: “No fades con lermanito, mamá”. Que no me enfade con él. Que no sé, por otro lado, por qué le ha parecido que me enfadaba. Pero ahí estaba el tío, vigilando que al pequeño no se le perturbe de ninguna de las maneras.

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Menuda suerte tiene el hermanito con semejante protector amoroso a su lado. El ángel de la guarda del pequeño está buscando trabajo.

Como este blog va con un año exacto de retraso, os puedo adelantar otro episodio que tuvo lugar unos días después, ya en Madrid y con el cole empezado. Antes de salir de casa, esperándole su padre para llevarlo a clase, me viene a dar un beso a la cama, y al volver a la puerta le informa al Señor de las Bestias: “Mami se queda con lermanito”. Por lo visto eso le parece muy bien.

Todo lo que tenga relación con “lermanito” le satisface, aunque a veces pienso que algunas cosas le deben dar rabia, como cuando no puedo jugar con él porque tengo a “lermanito” colgando de la teta, que es constantemente. Pero hoy también, cuando ha vuelto del cole y no podía ni darle la merienda porque andaba con “lermanito” en brazos, lo he dejado en el moisés y se ha puesto a berrear como un poseso, en su línea, y yo le he echado en cara: “¡Pero hijoooo, esto no puede ser, ¡no puede ser!, que no me dejas vivir!”, salta El Cachorro: “No fades con lermanito”. De nuevo. Está al quite total. Es que es un tipo demasiado genial, mi hijo mayor. En cuanto al otro… ¡un llorón redomado!

Sola ante el peligro

Me dejan mis padres sola con los dos pequeños.

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Justo antes de que se vayan, todo parece en calma. Pero es cerrarse la puerta de la calle y empezar El Cachorro: “¡Tengo pi, tengo pi!”, y yo con la teta metida en la boca de Don Bimbas. Se la logro arrancar, no sin esfuerzo, y voy a ayudar al otro, que sigue gritando: “¡Que me meoooooo!”, mientras va dando saltos. Y en efecto, se meaba, porque cuando consigo bajarle los calzoncillos y los pantalones, los veo con un corroncho mojado…

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Lo cambio, lo dejo apañado, y cuando me asomo a ver al pequeño, me encuentro que ha regurgitado y que lo ha puesto todo perdido: pijamita, body y arrullo.

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Lo cambio entero y lo coloco en la maxi cosi para llevármelo al ordenador y que se quede dormido.

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Y regurgita de nuevo el pijamita, body, arrullo y maxi cosi.

No lo cambio porque no me da la gana pero me pongo a limpiarlo todo con toallitas. Me lo subo al estudio. A El Cachorro también, al que le he dejado un juego de coches en el ordenador y no hace más que estamparse y venir cada dos por tres: “Mamaaaaaá, quiero carreteraaaaa”, o “ete coche nooooo, quero naranjaaaa”. Escribir estas líneas me está costando dos horas.

Y de repente: “Mamá, tengo pi”, me salta de nuevo el canijo. “¡¡Aguanta!!”, esta vez salgo escopetada, lo llevo al baño que está a tres metros escasos, lo siento en el váter y dónde, me fijo en que tanto sus calzoncillos como el pantalón vuelven a estar mojados “¡Nnnnnooooooooo!” Ahí ya me enfado. Vamos a ver, no se mea jamás encima… ¿¿y ahora dos veces seguidas?? Se hace pis y me avisa en el ultimísimo momento… ¿¿por qué??

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En efecto, todos los que me decían que tener dos hijos no te dobla el trabajo, te lo triplica, tenían más razón que un santo.

Pero no acaba ahí la cosa. Le cambio de pañal al peque.

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Mientras, me asalta el pensamiento de que no se había vuelto a hacer pis aprovechando que tenía la pilila al aire como hizo por primera y última vez en el hospital… Y ZAS, pis que todo lo riega. Acaban meados el pijama, el body y el cambiador. Tercer cambio de ropa.

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Tres cambios de ropa a ambos hermanos en el día de hoy. ¿Este motín fraternal?

Contradicción

Paradojas de la vida. A uno de mis hijos afeándole la conducta cuando se echa eructos (que los borda, por cierto. Se los tira cuando quiere, además. Y yo, que soy capaz de decir aeiou seguido con un solo eructo, no se lo he enseñado), y al otro animándole para que se los eche.

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Las cosas valen según como te pillen. Y El Cachorro ya está aprendiendo en que la cuestión es que no le pille su madre.

El otro no sé qué habrá hecho, pero también parece que se esconde de algo…

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¿Qué serán capaces de organizarme entre los dos? Espero que, lo que sea, no sea después de comer chorizo.

Tres años y tres días

Parece una condena, pero no. Es la diferencia de edad de los hermanos.

En su día pensé que lo mejor es que se llevaran lo que yo con mi hermano, dos años. Incluso menos. Pero definitivamente pienso que llevarse tres años es lo ideal, al menos para criarlos de pequeñitos.

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Cuando das a luz al nuevo el otro ya está espabilado. No lleva pañal, no utiliza el chupete, sabe comer solo… Hay quien dice que mejor menos tiempo porque estás con la dinámica de los pañales y de todo lo demás y no te da pereza retomar. Pero yo creo que lo de los pañales no te queda tan lejos como para haberte olvidado, y sí lo suficientemente cercano en el tiempo como para que no te cueste la misma vida ponerte con el tema. O debo estar mayor, porque a mí ocuparme de cambiar pañales a una sola personita, ya me parece más que suficiente. Nada, una etapa de pañales detrás de la otra y tan contentos. Tres años, lo dicho.

Salida triunfal

De pinchos nocturnos con mi familia. Un señor: “Qué monooo, qué chiquitiiiiín… ¿Sólo tiene una semana? ¡¡Y ya de bares!!”
¡Claaaaro! Hay que acostumbrarlos desde chiquis. Seguro que este hombre no era ni de los alrededores de Navarra.

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El pequeño no verá, pero toma buena nota del menú. Al fin y al cabo, lo que yo coma le llegará a él a través de la teta. Y hablando de teta… ¡Por primera vez en mi vida he dado pecho fuera de mi casa! Aquí si comemos, comemos todos.

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Ni tan mal. Confirmado, se puede hacer todo en esta vida. Incluso sacar la teta en pleno invierno. (Tiene menos mérito cuando entramos en calor a base de pinchos).

50 sombras de matrona

Bueno, si me fueran las prácticas sexuales sado-maso hubiera disfrutado un huevo en la revisión posparto con la matrona. Menudo repaso me ha dado.

Me ha pedido que me quitara las bragas, tumbado en una camilla y, sin ningún tipo de preámbulo, zas, metido el dedo en la vagina. Ahí se ha puesto a darme órdenes: aprieta, relaja, aprieta, relaja… con la excusa de comprobar el tono muscular y en qué condiciones había quedado mi suelo pélvico. Después me ha pedido que me pusiera con las tetas al aire. Y en cuanto han asomado me ha cogido un pezón y ha empezado a estrujarlo y a tirar de él hacia fuera. El motivo ha sido enseñarme que así se saca y que es un paso que podemos ahorrar a mi bebé a la hora de mamar (y ni tengo el pezón para dentro ni a mí bebé le cuesta nada dar con él). No contenta con eso, me ha apretado de lo lindo una teta y después la otra, hasta que de ambas han surgido unas gotas de leche y ella ha determinado “sí, tienes leche”. ¡Coño, haber preguntado, que ya te lo hubiera dicho yo! ¿O el hecho de que mi bebé a estas alturas no haya muerto de hambre no era ya suficiente pista?

Una sesión para recordar.

Señor de las Bestias, espabílate, que por aquí te están tomando la delantera.

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Pasión

Sabéis que me gusta comer. Y que los dulces me pirran. Hasta tal punto que los únicos escaparates en los que me paro, son los de las pastelerías. Disfruto como una mona, mientras salivo.

Pues ando contagiándole la cosa a El Cachorro. Nos flipa (a la vez que estresa) elegir qué vamos a merendar…

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Y merendar, claro.

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Qué bello (y suculento) es vivir.