Cosas de niños que te ponen de los nervios

No sabes cuántas satisfacciones te da un niño hasta que no lo tienes.

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A esta manta beige le faltaba un toque carmín, por lo visto.

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Y esta colcha blanca era muy sosa…

GRRRRRRR.

El Cachorro lleva días saliendo de sus clases de inglés con un borrón de tinta en la mano húmedo y pringoso que le deja las mangas y todo lo que toca manchado.

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No sé en qué momento a su profesora se le ocurrió sustituir las graciosas y siempre limpias pegatinas que les ponía en el dorso de la mano por estos sellos que son manchurrones. Estaba yo rumiando si llamar su atención, hasta que hoy al salir de clase de nuevo con la mano emborronada, veo a otra alumna con una figurita fina y mona estampada en la suya. ¿Ein? ¿Y por qué ella no lleva manchurrón? Y me explica una madre que es que la profe les deja el sello a ellos, que son quienes se lo ponen a sí mismos. Y mi hijo es como yo, no tiene medida. Yo creo que coge la tinta directamente, sin el sello, y se la desparrama en la mano. Misterio resuelto. Pero me pregunto qué habrá pasado con aquellas maravillosas pegatinas…

No contento con tenerme al borde del infarto con estos motivos decorativos en ropa de cama y prendas de vestir, remata la faena con unos cuantos sustos. Nos vamos a una fiesta de disfraces…

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… y el pirata se trae como botín a casa unos cuantos globos que le flipan, sobre todo, ¡para explotarlos! Con el pavor que me ha dado a mí siempre eso. Pues nada, él ¡pum!, ¡pum!, encantado de la vida. Y yo con el desfibrilador preparado.

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El colmo es que ahora me tiene hinchando globos para hacer de las suyas. En esto que hoy, al inflarle uno a golpe de pulmón, ha explotado.

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Y a mí me ha dado cosa, claro. Entonces me he negado a seguir hinchándoselos. Y el tipo: “No pasa nada, es solo un globo”. “Ya, no pasa nada pero a mí me da miedo”. Y el otro empeñado: “Noooo, miedo nooooo”. O sea, que a él le puede dar miedo una toalla, un filete, lo que sea, y a mí no me puede dar miedo un globo que me revienta en la cara. Qué morro tiene.

Padre vende al hijo

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Cuando nos montamos en el ascensor, como a cualquier crío al mío le encanta dar a los botones. Ya aprendió hace tiempo a tocar el adecuado, el que yo le digo (el bajo, nuestro piso…), pero de vez en cuando intenta darle al de abrir puertas o a la alarma, y andamos ahí a la gresca, que no le das, que sí le doy y así. Me suelo salir con la mía…

Pero en esto que el Señor de las Bestias, que es de natural coñón, a veces se alía con las trastadas del peque para hacerme rabiar entre los dos. Así que llevamos unos días que si nos montamos los tres, casi diría que el primero que da al botón de alarma es el padre. Y de ahí el hijo. Y de ahí el padre. Y yo protesto e intento taparlo con las manos y forcejeamos entre los tres hasta que llegamos a nuestro destino.

Cuando aprietas el botón de alarma, sale una voz metálica que dice “cuatro”. No sé muy bien qué propósito tiene esto, o si para que realmente funcione de verdad, hay que apretar seguido (espero que sí). Pero el caso es que a El Cachorro y a su padre les hace una gracia loca. Parece que está emparedado el propio R2D2: “Cuatro”.

En fin, lo dicho, que ahí me veis últimamente luchando contra mi hijo y, lo que es peor, contra su padre, que no solo le da el beneplácito para hacer lo que no debe sino que lo hace él mismo para apoyarle.

Pues bien, hoy al entrar al ascensor había unos vecinos. Y el nene, siguiendo la tónica de la semana, raudo ha presionado el botón de la alarma. “Cuatro”, se oye. Y dice el pequeño: “Ahora tú, papá”. Y el Señor de las Bestias coge y salta: “Noooooooo, no se toca”. Y la carica de extrañado de mi hijo ha sido un poema.

¿¡¿¡QUE NO SE TOCA?!?! ¡¡AAAAAAAAARRRRGH!!
¡¡¡¡¡JUDAAAAAAAAAAAAAAAAAASSSSS!!!! ¡¡¡¡TRRRRRAIDOOOOORRRRRRR!!!! ¡¡¡¡SABANDIJAAAAAAAAAAAAAAAA!!!!

¿Cómo ha podido vender a su hijo de semejante manera? ¿Cómo se puede ser tan chusco y poco consecuente? ¿Existe mayor ruindad?

Ahí aprendió la lección.

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Pero le puede su naturaleza. Se rinde a la retranca. Al día siguiente, de nuevo todos en el ascensor, se pudo escuchar tres veces “cuatro”…

Oscar al actor principal

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Viene su padre un segundo a casa para coger su raqueta de pádel y pirarse a echar un partido. Y El Cachorro se ha puesto dramático: “¡Nnnnooooo, papá, no te vaaayaaassss!”, y como se iba, ha empezado a medio armarla, con un lloriqueo pelín escandaloso, pero poco convincente. Tan ha sido así, que cuando se ha ido y se ha quedado con los lloros, no sé qué le he dicho que le ha entrado la risa y se le ha olvidado ipso facto que estaba a otra cosa. El asunto ha sido más o menos así: “¡Nnnnnooo, papá, no te vaaayaaaassss… Noooooooo… Aaaaaaaaah, buaaaaaaa, buaaaaaaa… PUERTA QUE SE CIERRA… Buaaaaaaaa… Jaja… (Y tan pichi) ¿Dónde está mi coche?”

O sea, un papelucho.

Pero esta habilidad de pasar el llanto al reposo en cero coma, la aplica también a situaciones reales, de dolor de verdad verdadero:
Le compro un paraguas y, encantado, se pone a abrirlo y cerrarlo.

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Estaba yo hablando por teléfono y lo oigo gritar, pero como últimamente está gritonico, lo atribuyo a que lo hace de puro entusiasmo. Pero no, los gritos ganan en intensidad y me preocupo. En efecto, tiene la mano pillada por el paraguas. Lo libero y encuentro que el dedo luce un pellizcazo de impresión. El peque se lamenta y yo me preparo para una sesión de lloros tremebunda… ¡¡y coge el herido, interrumpe el lloro de forma abrupta y vuelve a lo suyo, que además se da la circunstancia de que es el paraguas, y se pone a abrirlo y cerrarlo de nuevo!!

Qué capacidad de recuperación tiene. Es inmediata, vaya. Yo en su lugar hubiera estado haciendo pucheros un buen rato. Y hablo de ahora, a mi edad.

Memoria de elefante

Hace nada nos fuimos al Matadero de Madrid (un recinto cultural enorme) porque habían montado un mercado al aire libre. En un momento dado, al nene le entraron ganas de hacer pis, y fuimos al interior en busca de un baño. Y cuando pasamos por un rincón específico, salta el nene: “¿Y Miguel nonetá?” Diossss, no daba crédito. Vamos a ver, allá por principios de julio quedamos con un amigo mío, llamado Miguel (sí, lo he comentado en este blog: el mismo que el nene vio solo una vez más anteriormente y al que cogió un cariño inusitado) y su mujer, para pasar el día por ahí (el día entero: comida, paseo, terrazas para cenar…) El lugar donde quedamos fue aquí, en el Matadero, pues estaban viendo una exposición. Y el sitio EXACTO donde los encontramos, fue donde, tres meses y medio después, El Cachorro preguntaba por él…

Alucino. Memorión.

Otro ejemplo, el de hoy. Le dije ayer: “Cuando vengas de la pisci y te vaya a recoger a la ruta, vamos a la pastelería de enfrente y compramos una palmera de chocolate, ¿vale?” Porque el miércoles pasado la compramos y estaba de muerrrrte.

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Pues bien, hoy voy a la ruta y antes de que termine de bajar las escaleras, me exige: “¡Chocolate palmera!”, y ha habido que cruzar la calle a toda mecha para ir a por la palmera. Bueno, palmeras, que con una sola para los dos no nos apañamos. Nos ha sabido a gloria.

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Aunque igual él se ha quedado con hambre.

Espérame en casa, mujer

Hoy al nene lo han invitado a pasar el día por ahí y lo lleva su padre. Le ha explicado que yo no voy, que volverán para el cumple de los vecinos de por la tarde. Y cuando lo despido en la puerta me dice: “Quédate en casa y ahora vuelvo, ¿vale?”

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Claro, me doy cuenta que esto no sorprenderá ni a los no padres ni a los padres de niños de la misma edad que ya llevan hablando y, lo que es aún más adelanto, diciendo cosas coherentes, el porrón de tiempo. Pero a mí esa especie de madurez, en plan “tranqui, mami, tú quédate en casa que yo luego volveré”, me pasma. Y me suena como a peli de los 50.

Dificilísimo de engañar

A mi hijo no se le tanga fácilmente.

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Resulta que se ha encaprichado de un cuento sobre la luna que es bastante repetitivo y cada vez me resulta más largo, entre otras cosas porque quiere que se lo lea CADA NOCHE. Para colmo de males, todas las páginas empiezan con el mismo párrafo. Por suerte en cada una aparece un elemento nuevo que él ya adivina, así que cuando leo: “Canción de cuna, a la cama voy, este niño ¿a quién se lo doy?”, él mira el dibujo que corresponde y ya sabe si es a la nube, a la mariposa o a los globitos. Y en esas estamos. Pero, como digo, a mí me empieza a aburrir un poco, así que ya antes de ayer me salté dos páginas como quien no quiere la cosa y parece que coló.

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Hoy he intentado una nueva jugada… cuando pasamos a la página del tren y leo la cantinela de siempre: “Canción de cuna, a la cama voy, este niño ¿a quién se lo doy?”, él me contesta: “¡el rén!”, y yo continúo la lectura. Pero, para aligerar más, he dado por finalizada la hoja sin leer las dos últimas frases… ¡y en esto que El Cachorro salta: “¡Noooooo, la vía!”!, así que he tenido que leer lo que faltaba. ¿Cómo, sin saber leer, tenía tan claro meridiano que la cosa no terminaba donde yo lo había hecho, en “el cielo y el mar”? ¡No pensaba que había leído ese cuento tantas veces! A mí me hubiera colado, yo no me acuerdo de qué es lo que pone y eso que soy quien lo leo…

Equilibrios y saltos

Pues nada, que inspirado por toda la gente que anda ganándose la vida por la Plaza Mayor de Madrid y aledaños, que si estatuas humanas, músicos de vasos de agua, Mickys y Minnies achicharrados y demás fauna, el nene se ha puesto a hacer unos equilibrios sobre estas bolas y a saltar.

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A una guiri sentada en la terraza de al lado le ha hecho mucha gracia. Pero ni ella ni nadie se ha molestado en soltarnos ni un mísero céntimo de euro. Luego serán capaces de echárselo a la cabra absurda esa que no se mueve y solo hace cla, cla, cla con la boca…

Las verdades, a la cara

Dice el canijo acerca del señor que tenemos sentado detrás en el autobús, en toda su jeta: “Etezeñó no guta. Huele mucho. Qué pet-te (peste)”, y se tapa la nariz.

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Toooooma.

Se lo cuento a una amiga y me pregunta que qué he hecho yo, que ella se hubiera muerto de vergüenza. Y yo no he hecho nada. Previamente el nene se había puesto a saludarle, “¡hola!”, “¡hoooooolaaaa!”, y el sieso de él no le había hecho ni puñetero caso; le ha ignorado totalmente. Así que si se ha hecho el longuis para una cosa, también para la otra. Y de eso me he librado.

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(Aquí saludando al personal como la reina Sofía. Es de un simpático…)

Hablando de lo que han opinado mis amistades al respecto… Mi amiga Gabi suelta: “¡Igual de relaciones públicas que la mamá!”, y mi amiga Natalia: “¡Directo y claro como su madre! ¡Siempre de cara, di que sí!” Y así, a lo tonto, descubro lo que piensan de mí.

La casa me habla

En mi casa “oigo voces”. Sí, voces que me hablan, incluso que se ponen a cantar.

Igual tiene algo que ver que tenga cajones y armarios repletos de juguetes y que cuando muevo algo o guardo alguna cosa, debo presionar accidentalmente botones que los ponen en marcha.

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¿¿Y los sustos que me pego, qué??

No soy la única. El Cachorro también se lleva sorpresas, pero en su caso de las buenas. Porque no sé cómo fue en su día lo de la Caja de Pandora, pero aquí el peque ha abierto el armario y le han llovido los juguetes.

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Esto es como lo de “cuando haces pop”.

Soy la camella de mi hijo

El Cachorro no se anda con chiquitas. Desde el principio, cuando lo voy a recoger a la ruta, no adivinaréis qué es lo primero que dice… No, “hola” no. Ni “mamaaaá”. Lo primero que suelta a voz en grito es… «¡BOKATA!»

Si se me ocurre darle algo que no espera, si no le convence la merienda, no os creáis que se esfuerza lo más mínimo con un mordisquillo de compromiso para hacer aprecio. Dice «eto no guta» y se queda tan ancho.

Pero la cosa de la merienda va a más. Desde hace unos días, no falla. Baja del autobús y, mirando hacia mi bolso, me pregunta: “¿Qué tienes?” Joé, que me entran ganas de contestarle: pirulas, speed, éxtasis y costo recién llegado de Marruecos.

“Qué tienes”, así, como exigiendo. Me parto de risa.

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No se puede negar que no se sepa expresar. A veces de forma un poco desordenada, pero el tipo es claro meridiano. A saber:

– Tengo sed mucha, mucha.

Con la variante:

– Tengo sed agua.

Y:

– Tengo sueño mucho.

Pues eso. Al grano siempre.