¡¡Sorpresa!!

Niño

 

Tenemos esta foto puesta en la portada del grupo TREINTAYTANTO de Facebook, que surgió del ya extinto y genial programa de RNE que ideé y comandé con mis dos socias a la par que amigas.

Bueno, pues cada vez que pincho en el grupo y mi hijo ve la foto, dice: “Mamá felí”.

Y no sé a qué se refiere. Si a que me ve muy contenta o a que cree que estoy celebrando mi cumpleaños… feliz. Pero me encanta que la foto le provoque decir eso: “Mamá felí”. Me encanta, sí, que me vea así.

Bueno, y precisamente hablando de… Resulta que anduve ayer, DÍA DE MI CUMPLE, un tanto mustia. Alcanzaba una edad interesante, pero el día fue bastante ordinario.

Comenzó bien.

Niño

Para mi vástago, también:

niño

Y sí tuve el regalo que quería. Llevaba tres años detrás de él. Se me ocurrió que quería hacérmelo estando embarazada de El Cachorro y al final, entre que unos que qué horterada, yo que qué caro, pereza, olvido o yo qué sé, al final nada de nada. Pero me quedé con las ganas. Y juro que pensé en que si me volvía a quedar embarazada, me lo haría. (¿O en “me voy a quedar embarazada para hacérmelo”?)

¡Ay! Perdón. Estoy hablando de una figura de mí misma. Te hacen una foto 3D y la transforman en una estatuilla. Y me hacía ilusión. Quería que quedara constancia de mi volumen con tripa, una situación especial donde las haya. Así que cuando el Señor de las Bsetias me preguntó que qué quería por mi cumple, lo tuve claro.

Niño

¿Qué día hacérmela? Pues pensé en esperar a estar preñadísima, tipo de ocho meses o así, para hacerla de la súper barriga. Pero también me hacía gracia que fuera el mismo día en el que cumplía 40 años. ¿Qué, cómo estabas en el preciso momento en el que te caía la cuarentena? Pues así. Y, zas, señalo mi estatua. Así que me pareció la fecha ideal. Para que mis circunstancias fueran completas y previendo envidias futuras, quise hacérmela con El Cachorro. Pero el pobre se acababa de dormir y, si leéis el post anterior, sabréis cuán importante era que lo hiciera. Pero si quería ser inmortalizado, había que despertarlo. Bueno, a él se la soplaba, claro, pero a mí no. Además, lo dicho, se la soplaba ahora, vete tú a saber unos años más adelante… Así que había que despertarlo. Y lo pagamos.

Niño

No había forma humana de que se estuviera quieto. Se tiraba al suelo. Se movía y removía. Todo eso, como veis en la foto de la figurita, aúpa. No había sudado tanto en mi vida.

Para más inri, para que las caras de ambos salieran bien, su cabeza no debía de estar a la altura de la mía para no taparnos mutuamente. Así que entre mi sudada, los tacones que quise plantarme y que tenía que tener a pulso catorce kilos por debajo de mi cadera, acabé hecha fosfatina.

Niño

Al final la cosa salió, pero lo pagué. Por eso, cuando terminamos, nos fuimos a una terraza a reponernos con un refresco, y luego a casa, a que uno se acostara pronto de una vez para dormir y a que otra se desplomara en un sofá. Pero, eso, que siendo mi cumple ni cena especial ni nada. Había empezado el día cocinando garbanzos durante el desayuno, para llevármelos al trabajo y dejárselos a mis chicos, había comido frente al ordenador para poder salir antes a hacerme la estatua, había peleado para posar, y ya. Ese había sido mi cumple.

PERO nunca hay que subestimar el poder del Señor de las Bestias…

Este día de hoy estaba transcurriendo también tirando a normalucho. La única diferencia era que en vez de venir al trabajo en moto, me traía el Señor de las Bestias con El Cachorro en coche.

Niño

(Aquí, mi pequeño poniéndomelo facilísimo para dejarlo y subir a la redacción).

Como en breve me voy de viaje, moría por comer con mis chicos o por salir pronto para estar con ellos. Pero a mediodía el Señor de las Bestias me dice que ha acompañado al vecino a pasar la ITV (¿ein?), y por la tarde, cuando le digo que me venga a buscar a las siete, aparece a las ocho.

Para colmo, me llama mi amiga Gabi, que si quedábamos para vernos un ratín, me diera un beso por mi cumple de ayer y me despedía por mi inminente viaje. Yo le doy largas pero el Señor de las Bestias me anima a que quede con ella. ¿Qué pasa? ¿No quiere que estemos la familia sola, disfrutando de nuestros últimos momentos juntos? Estaba entre flipada y rebotada, pero ya que a él le daba igual, le acabo diciendo a mi amiga que sí, que quedamos pero poco rato, que tengo muchas cosas aún que organizar, como un maletón más grande que yo, barriga incluida.

Una vez los cuatro (amiga, Señor de las Bestias, El Cachorro y yo) tomando algo en una terraza, deciden que qué antojo de pizza. Y el Señor de las Bestias invita a Gabi a casa. Yo no salía de mi asombro. ¿¡Justo hoy?! ¡¡Que solo queda la noche de mañana!! ¡¡Que pasado me voy!! Pero ya estaba como que tanto despropósito me daba igual. Venga, tira.

Y vamos a casa. “Pues podemos coger las pizzas en la plaza, donde los vecinos, que son bien ricas y más baratas que Telepizza”, sugiero. Y los dos: “¡No! Tenemos antojo de Telepizza”. Y yo ya: “¡No sé de qué vais pero esta coalición que tenéis para llevarme hoy la contraria en todo, no me gusta nada, que lo sepáis!”, y añado: “Podemos pasar por la tienda a cogerlas, ya que estamos”, y el Señor de las Bestias: “¡No!, ya las he encargado por teléfono y que me pase dentro de veinte minutos. Así que os dejo en casa y voy a por ellas”. “Esteee…” – me extraño – “¿y de qué las has pedido?” “De lo de siempre”, me contesta. No sé si era por lo cansada que estaba, pero un ser humano que cada vez que llamamos a Telepizza me pregunta qué pedimos o me hace ponerme a mí, que ahora tuviera tanta iniciativa y resolviera un pedido él solito, me tenía que haber mosqueado pero que muy mucho. Y, oye, no.

Una vez en casa, enfila para el garaje. “¿Por qué lo metes, si tienes que salir ahora?”, le pregunto al Señor de las Bestias. “Bueno, da igual, y además así subo a por…”, ni me acuerdo a por qué dijo. Pero estaba en ese punto en el que no me cuadraban cosas pero ni me daba cuenta de que no me cuadraban, ese punto en el que te da todo lo mismo, el punto en el que llevas un par de días en los que las cosas no salen como quieres, o como las has imaginado, y al final te rindes.

Subimos a casa… y encuentro el hall como angosto. Las puertas de la cocina y del salón, cerradas. Y abro directa la puerta de la cocina. Entre la oscuridad me parece ver unas bandejas en la encimera, y el Señor de las Bestias, asustado de que descubriera algo que no debía, me agarra de los hombros y me empuja hacia el salón. “¡Abre esta!”, me ordena, y cuando lo hago comienza a sonar el “Cumpleaños feliz” de Parchís… Entre la oscuridad percibo gente, luces de móviles que me graban… Ay, madreeee. Y distingo… ¡¡a mis padres!! ¿¡Qué hacen aquí y no en Pamplona?! Rompo a llorar y empiezo a ver lo que hay a mi alrededor, un salón transformado, decorado primorosamente con globos, telas, canapés y cosas ricas. ¿¡Qué es esto?! ¿¡Qué pasada es esta?! ¡¡Por fin!! ¡¡POR FIN MI ANSIADA FIESTA SORPRESA DE CUMPLEAÑOS!!

Niño

Había suspirado toda la vida por este momento. Siempre he sido partícipe de las fiestas sorpresa de los demás. Incluso de gente a la que no le hacía ni ilusión tenerlas. He hecho viajes ex profeso, he ayudado a engañar, he organizado. Y para mí nunca había una. ¡Con lo que me gustan!

Niño

No era porque no había dicho que quería una como trescientas veces… Y que además debería tener, no una, sino varias fiestas sorpresa el año en el que cumplía los cuarenta… Pero pensé que, si la tenía, iba a olérmelo. ¡Y no! Quizá esperaba algo ayer, de hecho me vestí bien mona por si acaso. ¿¡Pero hoy?! ¡¿Y a dos días de irme?! ¿¡Y con toda la gente de vacaciones?! ¿¡Y mis padres que se iban de jueves a viernes a Burdeos?!

Niño

Bien es cierto que no éramos más que cuatro gatos. Los cuatro que el pobre Señor de las Bestias pudo juntar. Ya hacía tiempo que venía intentando movilizar a la gente para sorprenderme, pero todo se fue al traste cuando me salió este curro que me llevaba al extranjero y no se sabía qué día me iba exactamente, pero entre el 20 (mi cumple) y el 23 de agosto. Así que se abortó. Pero se volvió a reanudar (por lo que me contó después) dos días antes.

Niño

¡¡Mis padres en la fiesta!! Eso sí que me pareció grande. Y los que estuvieron, geniales. Me pareció la fiesta sorpresa de cumpleaños más bonita del mundo.

Niño

GRACIAS, AMOR.

Niño

Chucky

Estoy en el trabajo y me llama el Señor de las Bestias desde el manos libres del coche. Él está de vacaciones y se encarga del nene mientras hace recados. Me llega un grito agudo que casi me resquebraja la pantalla de mi ordenador. Es el cebollino, que no para de pegar gritos.

– ¿Qué tal? – me intereso, intentando hacerme oír.

– ¡Un horror! – me revela el padre de la criatura – ¡Hemos ido a Hacienda y estaba en el despacho de una funcionaria y el nene le ha cogido un montón de papeles que ha tirado por el suelo, y luego un boli, y ha pintarrajeado todo! Y la señora ha dicho: “Es un poco travieso, ¿no?” ¡¡No para quieto!! ¿¡Qué es eso que dices siempre de que es bueno!?

– ¡Claro que es bueno! ¿Un par de días contigo y me lo transformas? – le rebato.

– ¿¿Cómo?? ¡¡Esto de “ay, qué bueno es nuestro hijo” ha sido un engaño total para convencerme de que me quede con él todo un mes!!

En dos días cojo un avión a Croacia para trabajar allí durante seis semanas. El Cachorro se queda en manos de su padre. Ay, Señor.

niño

P.D. En honor a la verdad es cierto que el nene es bueno, pero también que lleva un par de días insoportéibol. Y ese par de días los está viviendo con una tralla fenomenal. Ya viene de otros dos días en los que no ha echado siesta y se ha acostado tarde. Está agotado y pasado de vueltas. Hay que ver lo importante que es que duerma sus horas. (Anda que como no sea por eso… Temblemos).

Mamá en el País de las Maravillas

“Mota e na moto, mamá”, me pide el nene.

Esta es la moto:

niño

Me siento como Alicia en el País de las Maravillas.

Tarea para el futuro: Trabajar el tema de las proporciones.

A todo esto, qué gracioso, porque ve motos por ahí y suelta: “¡¡Una moto ne mamá!!” Una, de la flota de motos que por lo visto debo tener.

Ah, y me encanta su economía del lenguaje. “Yo quero nomí e na cama co papá” viene a ser “yo quiero dormir en la cama con papá”.

¿Y que todos los artículos y las preposiciones los haga con ene? “La moto ne mamá”. Qué majo.

Lorito… ¡ojo!

Sí, los pequeños copian todo. Yo, cuando estoy cansada de repetirle algo que se niega a hacer, como terminarse un yogur en el desayuno, y remolonea, y se levanta y vuelve a sentarse, y cierra la boca a la cuchara, y hace el monicaco, y llevamos ya una hora, y me doy… suelo decir (y no me había dado cuenta de que lo repetía tanto): “Chico, de verdad…”

Pues hoy así me lo ha soltado El Cachorro: “Chico, de verrá”, y se ha partido de risa. Y yo detrás. Así que el resto del día ha sido un “chico, de verrá” detrás de otro.

Es que una no es consciente de la cantidad de veces que dice algo, o en qué tono, o cómo se repite, hasta que tiene un hijo.

Mes y medio más tarde (como el blog va con un año de retraso, puedo ir adelante y atrás en el tiempo y contaros cosas del futuro) le ha dado por exclamar “¡jesúsmaría!”, que es algo que debo decir yo muy a menudo. No lo sabía. Claro que tengo más exclamaciones en mi haber, pero muchas son malsonantes, con lo que delante del nene no las utilizo. “¡Jesús María!” debe de ser mi única expresión de asombro a manejar con mi hijo delante, definitivamente.

¿Y “hombreeeeee”? “Hombre” sí que lo digo para todo. Y de toda la vida. Uso la palabra hasta con mis amigas. En vez de “pero qué dices, mujer”, digo “pero qué dices, hombre”. Es mi coletilla. “No hagas esto, hombre”, “¡Sí, hombre!”, “¡Hombreeeee, por fin!”, y así. Adivinad entonces quién suelta, con su vocecilla (adoro su vocecilla), “hombreeee” cada dos por tres. Además, así, estirando la e final.

Y eso de tener un lorito en casa puede ser gracioso (y, vale, cansino en un momento dado). Lo que no es tan divertido, y vuelvo al 18 de agosto, es lo que dijo ayer:

– Jodé… – soltó el nene porque no se podía meter la zapatilla.

– ¿Has oído lo que yo? – me pregunta su padre.

– Eso me ha parecido.

Y no sé de qué se extraña. Yo me cuido muy mucho de decir palabrotas delante del nene. Pero el Señor de las Bestias las dice por los dos. Yo ando detrás, vigilante, y pensaba que esta no se solía oír. Pues ¡ojo!

niño

Cómo el padre de la criatura no se controle, me veo que tengo a El Cachorro así en casa.

Instinto

“Quero aguaaaaa”, canturrea el nene con ese tono lastimero que utiliza siempre para pedir.

Nos pilla sin botella ni vaso, y los vecinos sugieren que beba de la fuente. “No sabe”, les informo, “no lo ha hecho nunca”. “¡Pero eso se sabe, mujer!”. Así que lo pongo. Y, oye, en efecto, esto debe de ser instintivo…

niño

Ahora que sé que es capaz de hidratarse (por dentro y por fuera, como se puede ver), por sí mismo, ya estoy mucho más tranquila. Eso sí, espero que no tenga sed en invierno.

Semáforo traicionero

En la calle, El Cachorro con su moto. Y en esto que en un paso de cebra con semáforo EN ROJO se lanza a la carretera.

¡¡¡¡¡YEEEEEEEE!!!!!

Súper grito de su madre que lo congela. Lo cojo, lo echo para atrás y le empiezo a echar la charla.

– ¿Cómo estaba el semáforo? ¿Eh, eh, eh?

Y salta:

– Verre.

Y en efecto, miro el semáforo y…

Niño

Ha cambiado mientras le reñía y El Cachorro, para colmo, ha acabado con sonrisa triunfal, el tío. Murphy, me las pagarás.

Enredo

Yo me pregunto… ¿Mi hijo me querría tanto si no tuviera el pelo largo? Le encanta peinarlo, manosearlo, guarrearlo (porque si tocarlo lo hace después de haber desayunado una tostada con aceite, mejor que mejor) y, sobre todo, enredarlo.

Niño

Hoy me ha pillado donde más le gusta incordiar, que es cuando me siento frente al ordenador para trabajar. Ha intentado hacer una ensaimada con mi pelo.

Niño

Después de cinco minutos de mareo capilar, le he oído “ya tá” y he pensado que hasta ahí el tormento. Pero no, ha decidido bajar de la silla, ir al baño, coger un peine y volver. “A pená loh peloh”, anuncia. Va perfeccionando…

Niño

¡Y es cuidadoso! Si ve que estira, se asoma y me pregunta: “¿Hecho año?” “Noooo, no me has hecho daño”, le digo. Y sí, sí que me lo ha hecho, pero estoy encantada. Además le da igual qué conteste, que sí o que no; hasta que él no considere que ha terminado, esto no se acaba.

O.V.Q.H.R: Objetos Volantes Que Hacen Ruido

Mi hijo tiene una vista espectacular. No ya porque enseguida ve la luna, de noche o de día, nada más levantar la vista al cielo… “¡Mía, la luna!”, que, vale, no tiene mucho mérito pero lo suyo es fijación.

Niño

Sino porque localiza los aviones más minúsculos en medio segundo. Ver aviones volando es como su afición. Pero desde que dice “¡avión!”, hasta que lo vemos, pasa un rato. A los demás nos cuesta. Es increíble lo lejos que es capaz de verlo. Y me refiero a los que no dejan estela. Por ejemplo, este.

Niño

¿Qué? No lo veis, ¿verdad? Está aquí:

Niño

Mi padre tiene la teoría de que mi hijo está capacitado para oírlos antes. Que tiene los sentidos a estrenar, sin contaminar, en plenas facultades. Yo no le secundo. Uno, creo que es imposible escuchar esos aviones que vuelan a tropecientos metros de altura, y aunque así fuera, una cosa es oírlos y otra localizarlos en la inmensidad del cielo. Y dos, ¿acaso la luna hace ruido?

Lo que está claro es que mi hijo tiene un don. No sé para qué sirve, pero no tiene competencia.

Casa imaginaria

Me encanta estar con mi niño, compartir cosas con él, estar los dos mano a mano… pero tanta piel con piel hace que llegue un momento (sí, ese momento llamado “ya está bien”), en el que te quieres desembarazar de él, aunque sea un ratito. Así que lo llevo a su habitación y le saco las piecitas de un juego de construcción. Le propongo un reto, para asegurarme de que va a estar entretenido. Que haga una torre, una casa, algo, y me llame cuando termine para que lo vea (y lo alabe).

Pasado un pequeño (un abrir y cerrar de ojos, a mi gusto) espacio de tiempo, viene a petardear y le pregunto si ha construido alguna cosa. Y me dice:

– Zí, una casa.

– ¿En serio? ¿Y cómo es?

– Rrrrandeeeee – exclama con voz profunda (porque él sabe que las cosas son más grandes aún cuando las pronuncias de esa manera).

– ¡Qué bien! ¡Vamos a verla!

Y me lleva por el pasillo, hasta que llegamos a su habitación y señala.

– Mía.

Y miro.

niño

¿Veis aquí alguna casa? ¿O algún tipo de construcción reconocible?

– ¿Dónde está la casa? – le interrogo.

– Ahí – contesta sin pestañear.

– ¿Cómo “ahí”? ¡Ahí no hay nada!

– ¡Zí, ahí!

– Venga – le empujo hacia la mantita – enséñamela.

Y se agacha y toca un grupo de piezas tiradas.

– Aquí.

Vale que lo quiero mucho. Pero no me lo trago. Me pregunto por quién me toma…

Y como veo que lo de las construcciones hoy no le emociona, le propongo que saque otro juguete. Pero antes le pido que recoja este. ¿¿Ha dicho “jolín maamaaaa” o me lo ha parecido a mí??

Nada, que cuanto más quiero que juegue, menos ganas le entran. Hoy, ya me puedo ir concienciando, Cachorro en la chepa hasta que se ponga el sol.

 

Ni deja trabajar, ni trabaja

¿Vosotros creéis que es posible manejar un ratón con un hijo de casi 14 kilos colgado del brazo?

niño

Pues no, no es posible. Para mi escribir es como ir al gimnasio. Cada vez que me siento frente al ordenador, hago pesas.

Y luego viene la parte de: “Quero sentaaaaa”. Y tengo que echar mi culo a un lado para que el suyo quepa en la silla.

niño

Y así, mientras escribo estas líneas, él puede colocar con tranquilidad su flota de vehículos justo aquí y ponerse a jugar.

Pero le dura poco, lo de centrarse en lo suyo. El nene es el especialista del incordio. Me ronda, me trepa… NO HAY MANERA de trabajar. Necesito escribir con boli en una hoja y, como tiene afición a cogerme brazo sin parar, en vez de letras estampo rayajos (lo cual es más estético, porque mi letra propia de un médico con párkinson es horrorosa, inclusive más ininteligible, si cabe). Si entra cualquiera en ese momento en la habitación y ve el papel, seguro que cree que es obra de El Cachorro. Y yo no lo desmentiría… 😉

En fin, tengo un ayudante personal que estoy por mandárselo a la competencia. Quién me iba a decir a mí que trabajar iba a suponer tanto trabajo.