Ángel en forma de señora

Me ha tocado levantar, dar de desayunar, vestir y llevar andando a El Cachorro a la guardería. Me voy a ahorrar las primeras partes de mis cometidos mañaneros porque si no estoy escribiendo hasta mañana y se me diluye la anécdota. Pero dejémoslo en que en general el crío no me pone las cosas nada fáciles. Rabietas, «noes», lloros… Un festival, vaya.

Y hemos salido de casa. No lo he puesto en el carrito porque él quería andar y empujarlo. Empujar su carrito le priva. Ahora, ¡que no se te ocurra agarrar tú el manillar a la vez! Él empuja pero cada dos por tres mira hacia arriba a ver si ve tu mano. Se asegura bien asegurado de que quien lleva el carrito es él en solitario. Y si se desvía tengo que corregir la dirección de forma supersónica, de tal forma que El Cachorro nota algo y enseguida mira hacia arriba, pero demasiado tarde, porque no ve mi mano, y respira, aunque algo mosqueado.

Le he dejado empujar el carro un poco pero pronto le he instado a subir en él, más que nada porque a este paso en vez de llegar a la guardería, íbamos a llegar a la universidad. Y ahí ya se ha armado la Marimorena.

Los gritos y lágrimas, por descontado. Pero es que al tipo no había manera humana de sentarlo. Ha puesto su cuerpo rígido, en modo tronco, y era imposible doblarlo para hacer de él un cuatro y poder encajarlo en la silla. No sé cómo un niño de dos años puede tener tamaña fuerza. En serio, debe responder a un superpoder.

Era tal mi esfuerzo (y no soy una debilucha, precisamente), ¡que se ha acercado una señora a echarme una mano! ¡¡De verdad! Y entre ella sujetando el carrito y yo doblando al pequeño, hemos podido atarle. Jesúsmaríajosé, qué trabajo.

De verdad, menos mal que esto es cosa de un día, porque tengo que vivir esto a diario y doy a El Cachorro en adopción.

Niño

No

El Cachorro ya tiene palabra favorita: «No». Lo dice para todo. Es tanto el empeño que lo suelta tanto para lo que quiere como para lo que no quiere, con lo que le sale el tiro por la culata. Pero lo que me preocupa es que esté olvidando que el vocabulario tiene más palabras.

Niño

Y de propina os cuento que cando ve un pajarito en la tele, lo señala y dice: “Agapito”. Jaaaaaaaajjajaa. Casi, ¿no?

De jarana

Esta noche el show del nene ha comenzado a eso de las tres. Se ha levantado su padre, le ha cambiado el pañal (porque ya hemos quedado en que si se despierta, cambio al canto, que si no por la mañana nos encontramos con cuna y pijama chirriados de pis) y lo ha vuelto a acostar. Pensaba que me libraba. Pero no.

Como a las cuatro ya se ha venido arriba con toda la orquesta y ha iniciado su concierto. El lloro ha ido trepando por la escala musical. Del lamento en do al alarido en si. En ese punto he ido a ver qué se acontecía, y ahí estaba, sentadito en la cuna, berreando sin cortapisa. Lo he cogido en brazos y se ha empezado a rebelar. Unos meneos que casi se me cae y se estampa contra el suelo. «Venga, a cambiar el pañal» (segundo de la noche). Y no le ha gustado la idea. Hemos tenido una lucha que no os puedo ni describir hasta el punto de que no sé ni cómo lo he apañado.

De ahí hemos dado comienzo al baile: que si te acuno y luego voy y te recuesto, que no quiero, que sí y te arropo, que no me pongo en horizontal ni de coña, que tienes que dormir que si no mañana estarás cansado como te ha pasado hoy, que yo de eso no me acuerdo, que venga, que ni hablar. El toma y daca parecía no tener fin.

Al final me he dado por vencida, pero a medias. «Ah, ¿no quieres dormir? Pues yo sí. Me voy y ahí te quedas, sentado y si no quieres que te tape, a pasar frío», y me he vuelto a mi habitación.

Pero él ha contraatacado con su serenata. Lo he dejado un rato. Bastante rato, diría yo. Ha habido momentos en los que ha flojeado y pensé que caería rendido. Pero no. Debía estar cogiendo carrerilla. Desesperada, he vuelto a levantarme. Ahora quería agua. Se la he dado. Lo he intentado volver a tumbar. Casi hasta me siento encima de él. No ha habido forma humana. Y lo he vuelto a abandonar.

En mi cama, con los lloros de fondo, era incapaz de pegar ojo, claro está. El Señor de las Bestias estaba que trinaba. Otra vez el gran rato. Pero no había tregua. Este niño, ¿¿no se agota nunca??
«¿Voy?», le pregunto a mi cabreado partenaire de cama. «¡No, que se fastidie ya!» Y casi le hago caso, pero la que se estaba fastidiando era yo, que no conciliaba el sueño. Así que me he vuelto a levantar y he ido a su habitación.

– ¿No quieres dormir?
– ¡No!
– ¡Ea, pues arriba, ven que te ponga la bata y las zapatillas y a jugar!, ¿Quieres?
– ¡Zí!

Niño

Y eso he hecho. He encendido la luz, he colocado su mantita de juegos en el suelo, le he sacado el Duplo (un juego de construcción) y lo he puesto a él ahí. Se las prometía muy felices. Cero lloros. Hasta que…

– ¡Hale, adiós! Juega que yo me voy a mi habitación a dormir.

Y esa parte del juego en la que yo me largaba no le ha hecho ninguna gracia. Me he acostado junto al Señor de las Bestias, que se estaba haciendo el despistado, y seguidamente ha entrado en nuestra habitación el canijo con su bata y sus zapatillas llorando como un descosido.

Oooootra vez a levantarme y a llevarlo a su cuna después de preguntarle si quería dormir. Parecía que sí, pero de nuevo no había forma de acostarlo. “¡Buaaaaaaaaaaaaaaaah!” Diossss, qué paciencia.

A oscuras en el pasillo, porque para qué me iba a meter en la cama, me he planteado con verdadera desesperación: «¿Qué hago? ¿Qué coño hago?» Ya eran las cinco y media de la mañana y estaba muerrrrrrrta. Había intentado el apego, el Estivill, la pedagogía blanca, la violeta, el grito, la explicación, el plegarme a sus deseos, el obligarle… TODO. Sin ningún éxito.

Hasta que he vuelto a entrar en su habitación, lo he cogido y me lo he llevado a nuestra cama. Y ahí, por fin, se ha callado. ¡Y se ha dormido!

Es una solución a la que ya habíamos recurrido hacía poco, pero a la que él le está cogiendo demasiado gustillo. Hace nada ya había acabado en nuestra cama cinco días seguidos. Y yo no quiero que se acostumbre. ¡Y a estas alturas! Ya tiene dos años y siempre ha dormido de mil amores solito, ¿a qué viene esto ahora? Alguna vez sí lo he acostado con su padre y conmigo, pero que eso se convierta en hábito… No, no, no. Yo con él en la cama no duermo casi nada. Se mueve como una anguililla, pega unas soberanas patadas y unos cabezazos gloriosos y ocupa mucho espacio. En un ancho de 1,35m no cabemos los tres.

Pero… ¿¡QUÉ HAGO?!

En fin, dejando esta pregunta sin respuesta, continúo mi relato.

Hora y media en danza en mitad de la noche hace que luego pierdas facultades. Tu cansancio se acentúa, tu percepción se merma, tu memoria desaparece. Y claro, al sonar mi despertador y notar un cuerpo contra el mío, me he asustado. El Señor de las Bestias tenía rodaje muy pronto por la mañana y ahí estaba.

«¡Pssssssst! ¡¡Hey!! ¡¡Levanta, que te has quedado dormido!!», le aviso zarandeándolo.

Pero ese trozo de carne no se inmutaba. Y además… era demasiado pequeño. ¡Ahí va! ¡Si es El Cachorro!
No me acordaba de que lo había metido en nuestra cama. Y el despertador de su padre ni lo he oído, de profundo que he dormido una vez que hizo lo propio el pequeño.

Y no he sido la única. El tipejito ni se ha movido, incluso con los viajes que le he metido pensando que era su progenitor. Claro, él también tiene que estar reventado de haber andado DANDO POR SACO a sus pobres padres toda la noche, que eso cansa mucho.

El paso del tiempo

Me da la impresión de que este niño avanza por horas. De verdad, cada día nos sorprende con una. O una nueva expresión que jamás había utilizado, o una nueva frase. Por ejemplo, “pica, pica, pollo”, que lo asocio a una de las canciones que aprende en la guardería.

Hoy lo dejo en la cuna con un librito, y al rato lo oigo pegarse una charla de cuidado. No le entiendo un pijo. Pero parece un elaborado discurso, una especie de tesis, una profunda disertación. Me está ofreciendo mil oportunidades de grabar las mejores cámaras ocultas de toda mi carrera como periodista.

Niño

El crío evoluciona. Se hace una persona. Crece. A pesar de que yo me empeñe en lo contrario.

Niño

(¿Hasta cuándo más le puedo estirar esta sudadera de GAP?)

Y esto de ir a más no solo lo demuestra con su vocabulario, su desenvoltura, su tamaño… También con el pis.
Este enano lleva una temporada que no hay pañal que contenga todo lo que mea. Menudo caudal. Se levanta por las mañanas mojado. No gano para pijamas y sábanas. Un horreur. Creo que voy a tener que probar con pañales de una talla mayor, aunque esté utilizando la 4, que es para niños de entre 9 y 15 kilos, cuando él solo pesa algo más de 11. Pero cuando uno orina como un señor mayor de Plasencia…

Niño

En fin, que crece. Felicitadle. Hoy cumple dos años y un mes.

Un oso apasionante

Después de estar buena parte de la tarde juega que te juega, y una vez que su padre y yo nos hubiéramos despanzurrado en el sofá, El Cachorro ha decidido desconectar de nosotros y se ha ido a su cuarto. Y al rato, lo oigo charlar…

Sigilosamente he ido hacia allá y me he asomado, y lo he visto hablando con un oso de peluche… que también habla. ¡¡Y lograban mantener una conversación!!

“¡Hola! ¿Cómo estás?”, preguntaba el oso. Y mi hijo gritaba: “¡Hooolaaaa!” Y cuando el oso ha dicho al final “hasta luego”, el nene le ha despedido: “¡Adioooooooó!” Y luego el oso ha encendido una estrella amarilla de su tripa y ha dicho “estrella amarilla”, y el nene le ha replicado: “Etella maría”, y así…

¿Se puede saber en qué momento se ha establecido esta estrecha relación de la que no tenía noticia? Normalmente ese oso está encerrado en un armario. No es un juguete con el que el nene haya interactuado demasiado (no por nada, se me olvida que está ahí). Y ahora resulta que El Cachorro lo saca de su confinamiento y se pone a charlar con él.

Niño

Mis sensaciones… encontradas. Lo he grabado a escondidas, de lo simpática que me parecía la escena. Pero también me ha producido como desazón. ¿No le estaré haciendo poco caso, que se ha tenido que ir a jugar con un oso que, vale, habla, pero se repite más que el ajo? Y, lo que es peor, ¿¿ahora un oso que dice siempre las cuatro mismas frases tiene una conversación más apasionante que la mía??

En fin, no me ha quedado otra que intentar desvelar el secreto del oso, así que me he unido a la juerga y, la verdad, los tres nos hemos echado unas risas.

Vaya, vaya, con el oso.

Han venido

Ver rasgar el papel de regalo de un juguete por un nene es de lo mejor que hay.

Niño

El peque tiene ahora en su haber un zoo (se veía venir). En el zoo hay un avestruz, un leopardo, un puente colgante, un 4×4, palmeras… ¡y un cuidador y una reportera!

Niño

Me parto. Ese juguete es el vivo reflejo de nuestra historia, la del Señor de las Bestias y la mía. Nos conocimos cuando fui a hacer un reportaje a su empresa de alquiler de animales para el programa sobre animales para el que yo trabajaba…

Cabalgata en Madrid

Primera cabalgata en Madrid. Pedí consejo y me recomendaron vivamente que llevara una escalera. Mis padres se partían de la risa. “Menuda procesión de albañiles parecemos todos”. Pero, en efecto, vino de lujo.

Niño

Aunque para la próxima, me apunto una especie de cabestrillo para el brazo, porque sostener aúpa al gordito es como para que se te caiga. Y eso que tenía ayuda de los abuelos y nos lo íbamos turnando…

Ah, y lo de llevar paraguas para ponerlos al revés y pillar más caramelos, eso me lo apunto para el año que viene, porque… ¡cuánto vivo suelto!

Banquete

¿Veis este platazo de macarrones del cual el nene ha trinchado uno que sopla para zampárselo?

Niño

Pues ahora no lo veis.

Niño

En cambio vuestra proverbial perspicacia no os habrá dejado pasar por alto que El Cachorro tiene en la mano un trozo de pizza. En efecto, tres kilos de pasta con tomate no le debieron de parecer suficiente para cenar, que me tuvo que gorronear de lo lindo.

Trabajo en equipo

¿No puedes hacer que el niño te deje tranquila mientras trabajas? Haz que se una a ti.

Le he traído una silla a su altura y unos enseres para que “trabajara” como mamá.

Niño

Esto hubiera sido estupendo si hubiese aguantado más de diez minutos. Pero nope. En fin, seguiremos pensando estrategias.

Los padres son los Reyes

Ese nene de dos añitos recién cumplidos que va a la habitación de sus padres para dar un beso a su mamá antes de irse a la guardería y, nada más entrar, repara en una caja envuelta que está en el altillo del armario: su regalo de Reyes.

Niño

Lo señala y dice «é Imó». Que eso es de Simón, vaya. O sea, descubre que los Reyes son los padres antes de saber quiénes son los Reyes. Patidifusa me hallo.