Mamá. Por fin

Lleva el nene un par de semanas diciendo “mamá”. Ya era hora. Porque lo hace sabiendo qué está diciendo, o sea, vinculando la palabra al objeto (persona, en este caso, aunque a veces me trate como una mera atracción y se siente encima de mí y me pisotee).

niño

Pero para más inri, lo dice en plan mimosón. Y lo sabe. Zalamero. Y yo sucumbo y estoy a su merced. Y lo sabe.

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Y pienso que ya no es necesario que aprenda a decir nada más.

Organización doméstica

Mi hijo ha decidido que mis botas, donde mejor están, es en el cajón. ¿Qué pasará por su cabeza para que su concepto de orden sea tan distinto al mío?

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Y de su estilito “encestando” calcetines, ¿qué me decís?

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Ahora, cuál es mi sorpresa cuando el nene coge un papel de cocina arrugado y se pone a limpiar un mueble y el suelo.

¿Los niños copian lo que ven? Definitivamente. Soy una histérica de la limpieza y ando siempre pasando paños o trapos por encimeras, superficies y todo lo que pille. Y si el nene deja caer una gota de baba al suelo, allá que voy yo detrás con el papel de cocina…

Está claro eso de que los niños aprenden del ejemplo de los padres

El elixir de la juventud

Si El Cachorro quiere jugar le da igual si es con un niño que con su tío abuelo, el de más de ochenta años.

Niño con abuelo

No tiene contemplaciones. Así que corre, salta y culebrea. Y hasta es capaz de hacerse un nudo con él. Y, para mí, que mi tío rejuveneció veinte años.

¿Coincidencia?

Pongamos que hay… yo qué sé… 27 cosas delante de mi hijo. Todas, aparentemente, igual de desconocidas y atractivas.

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Pero de entre esas 27 hay una que no quiero que coja. Porque es más delicada, porque le tengo más cariño, porque es más peligrosa, porque mancha, porque… lo que sea. Una entre 27. Y cuando el pequeño, después de observar el panorama, va y se decanta por algo… ¿qué es? En efecto.

Que yo creo que tiene poderes, que sabe leer la mente. En serio lo pienso. Porque siempre pasa lo mismo y no es normal.

2013: Odisea en el hogar

Cambiar de canales, sabía. Bueno, sabía… Daba a los botones y, hale, cambiaba canales, se conectaba al teletexto… etc.

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Pero encender él solito la tele aún no lo había hecho. Hoy ese momento ha tenido lugar.
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(¡Conseguido! Ahora a por el vídeo…)

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Me da la impresión de que va a acabar siendo como Hal, tomando el control total de toda la casa…

P.D. Sí, 2013. Os recuerdo que esta especie de cuaderno de bitácora sobre El Cachorro y su madre va justo con un año de retraso.

Pellizcar la barra de pan

Cuando una es madre intenta (al menos yo) educar a su hijo como su madre la educó a ella. Pero ya me he saltado una cosa… ¡¡Le dejo arrancar trocitos de la barra de pan y que se los coma!!

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Aún recuerdo a esa vecina que se zampaba el currusco yendo en ascensor y cómo la envidiaba yo, que no tocaba el pan, que era como sagrado o algo. Creo que tenía que ver con que “si comes pan luego no tendrás hambre” y con que “si arrancas un trozo se pone duro” o incluso con eso de que “pones el suelo perdido de migas”. No sé, pero todo un trauma que evitaré a mi gordo panero.

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Sobre todo por lo guapo que se pone cuando se lo zampa. Con esos morritos no le queda otra que ser el próximo chico Martini.

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Mañosillo

No, si es capaz hasta de poner a cargar el móvil. Todo lo hace de forma concienzuda, el tío. Qué no conseguirá en la vida. Ay, qué orgullosa estoy, madre.

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A todo esto, acabo de experimentar eso de que gente de mi agenda de móvil reciba mensajes extraños o sin texto. Yo lo padecí en su día, curiosamente siempre de amigas con hijos pequeños… 😉

Arte fotográfico

Os presento la primera foto que ha hecho mi hijo.
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Representa la dualidad entre dentro y fuera. La esperanza, plasmada en ese rayo de sol que se dibuja en el suelo y cuya falta de margen promete la libertad, un futuro ignoto. El desenfoque de un cacho carne en primer plano muestra sutilmente el papel de testigo vital que desempeña el ser humano, la presencia sin la cual lo demás no tiene sentido. Es un juego de luces y sombras del que se intuye tanto una vacuidad como la curiosidad ante el devenir, provocando una extraña emoción en el espectador.

Si es que hay que explicároslo todo.

Nunca hay que fiarse de las apariencias

Esa noche que sales, y ligas, y él te pregunta que cuántos años tienes, y se los dices y él contesta que ni de coña, y añades que tienes un hijo, y él dice: “¡y yo cinco!”, y se descojona. Y tú te descojonas por el piropo que te está echando (cómo me alegra saber que no tengo pinta de madre), y también porque de lo entrañable que es no sabes si compadecerlo, porque imaginas su careto llegando a tu casa después y topándose con este personaje…

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Y hablando de ligoteo… Lo cada vez más enamorada que estoy de mi hijo me está empezando a preocupar.