¿Dónde está el pan bajo el brazo?

Hoy día tener un hijo es un artículo de lujo. Y digo yo… ¿mi niño no se habría comido el pan ese que traía bajo el brazo antes de llegar? Porque ni rastro. Sospecho.

Niño_hamburguesa

Y tengo fundamento. Casi deja a su padre sin hamburguesa en su primer encuentro con la comida basura. Desde luego, las patatas fritas, se las ventiló en un visto y no visto, ¡con mostaza y kétchup! Júrolo.

Sonrisa que enamora

Es que mi hijo no es que sea guapo, que lo es, sino que su atractivo aumenta considerablemente con lo simpático, bueno e ideal que ha salido. Se mete a todo el mundo en el bolsillo. Es un tipo genial. Genialmente encandilador.

Niño_sonriendo

Y multifunción. Tiene la capacidad de convertirse en estufica. Mmmmmmmmmm, qué gusto da cogerlo y que te de calorcito.

Hace un año…

Con motivo del primer aniversario de El Cachorro, os voy a contar cómo fue el día de su nacimiento.

Y fue truculento, tremendo. Lo aviso por si alguna tiene reparos con lo de ser madre, porque esto puede que le quite las ganas… También es evidente que este es un cuento con final feliz. En fin, yo aviso. Vamos allá:

Llevaba unos días en Pamplona, en casa de mis padres. Yo había una cosa que tenía más que clara, que si estaba en mi mano, el niño no solo sería hijo de navarros, sería navarro de nacimiento.

Así que el día ocho de diciembre, en Pamplona, algo me hizo abrir el ojo a eso de las siete de la mañana. Con la consciencia del despertar vino la sensación de que un líquido estaba a punto de escapar de entre mis piernas. Así que cuando mi megabarriga y yo nos pusimos de pie, en efecto empapé los pantalones del pijama.

Romper_aguas

Ay, que viene.

Lo primero que hice es llamar al Señor de las Bestias, que estaba en Madrid.

– Ven, que este está al caer.
– ¿¡Ya!?
– Ya.

Más tarde sabría que, con los nervios y las prisas, se dejó las llaves dentro de casa, tuvo que contactar con un cerrajero, esperarlo, abonarle un pastizal por abrir la puerta con la complicada técnica de la tarjeta de crédito, y ya coger el coche para venir a Pamplona.

Después salí de mi habitación y me dirigí, con los pantalones del pijama mojados, a la de quienes estaban a punto de convertirse en abuelos. “He roto aguas”, dije al abrir la puerta (ni buenos días ni nada). Y los dos brincaron de la cama (como para no).

“A ver, tranquilidad”… Y así fue. Con cierta parsimonia me metí en el baño y me hice las últimas fotos con tripón (lo iba a echar muuuucho de menos…).

Romper_aguas

Me duché, me pregunté si iba a estar todo el rato chorreando y mojando bragas, pantalones, etc., no encontré respuesta y terminé de preparar mi bolso.

madre

Y desayunamos. Mucho y bien. Que había oído historias (de terror, para mí) sobre parturientas a las que no les daban de comer hasta que nacían sus niños, tardaran lo que tardaran en hacerlo, y quise curarme en salud.

El día amaneció radiante. Frío pero con solazo. Y nuestro viaje al hospital transcurrió entre calles solitarias, no solo por lo temprano de la hora, sino porque además era festivo, la Inmaculada.

Calle_vacía

Como día para nacer, y a riesgo de que le acaben llamando “Concho” a mi hijo, no está mal. Es importante, señalado. Mola. Aunque he de confesar que me hubiera gustado que hubiese esperado cinco días para venir… La fecha 13 del 12 del 11 me hacía mucha gracia.

Total, que pasadas las nueve de la mañana llegábamos al hospital.
Me pasaron a una sala de enfermeras o de matronas o de ginecólogas de urgencia (bueno de gente que controla de esto) para un primer reconocimiento. En efecto deciden que me quede y me colocan una vía. Bueno, donde digo “colocan” debería decir “taladran”. La chica que me la pone debe de ser becaria de la becaria, o una intrusa con una bata blanca. Porque no será que no se me ve a mí una vena… Pues no, agarra y me la clava en plan estaca directamente en el hueso, o en un tendón, o… vaya, donde no debe.

– Me hace daño – le informo – no sé si está bien puesta.
– Sí te la he puesto bien – me contesta – pero si te sigue doliendo cuando entres se lo dices a la matrona y que te la cambie.

Qué necesidad, pudiéndomela cambiar ahora y acabar con mi sufrimiento… Pero no. Quizá le debiera haber informado de que no soy lo que se dice una tía quejica. Aguanto el dolor fenomenal. Y si digo que algo me duele, es que duele de coj… de narices. Pero, claro, ella no me conocía de nada. Ni a mí ni a su profesión.

Esperamos mi madre, mi padre y yo en la sala de espera hasta que una matrona me dice que ya puedo pasar a la zona de partos.

– ¡Pero solo te puede acompañar una persona! ¡Y ese acompañante tiene que ser quien esté contigo hasta el final, no podéis ir cambiando a vuestro antojo! – me/nos espeta de buenas a primeras.
– Mira, es que el padre de mi hijo está viniendo de Madrid, así que la idea es que entre conmigo uno de mis padres y que luego lo sustituya él – le comento.
– ¡Pues no sé si va a poder ser! – (Uy, qué manía tiene esta mujer de decir las cosas gritando y de malos modos) – ¡Ya veremos!

Y acto seguido empieza a meternos prisa y a quejarse de que son pocas porque es fiesta y porque ahora que quieren privatizarlo todo hay menos personal, y de que está de trabajo hasta arriba, y que si el gobierno, y que bla, bla, bla… Un despotrique en toda regla que esa impresentable debió pensar que nos interesaba un montón. Seguramente todas las madres que acuden a un hospital habiendo roto aguas, que están a punto de vivir uno de los días más emocionantes, novedosos e importantes de su vida, están a la vez anhelando escuchar murgas reivindicativas

A todo esto, ahí en la misma entrada, mi padre andaba ayudando a mi madre, sujetándole el bolso mientras ella se ponía la bata y los plastiquitos de los zapatos esos verdes tan glamurosos, cuando la desagradable esa coge y le grita (cómo no):

– ¡Usted no puede estar aquí! ¡Salga! ¡Ya he dicho que solo un acompañante!

A mí me estaba poniendo negra. Pero negra, ¿eh? Y mi madre también le estaba lanzando unas miradas de esas que, si mataran, habría caído fulminada. Así, sin dolor.

El caso es que mi padre le explica que solo está ayudando a mi madre, y que no obstante, es “de la casa”. No en vano mi padre es médico, una eminencia en lo suyo, y ha trabajando durante muchísimos años en ese hospital. Qué menos que se tenga una deferencia con un compañero o que se pueda pasear por las instalaciones sin problema, cosa que ni siquiera estaba ni sugiriendo.

– ¡Pues como si es usted el rey! – le escupe la energúmena, de muy, muy malas maneras.

A lo que mi padre le contesta, quizá para templar gaitas…:

– Pues, precisamente…

Porque se apellida Rey. Pero, claro, estaba la dulce y delicada muchacha para sutilidades, ironías y gracias en general. Nada, nada, obcecada perdida, pensando acaso que formábamos parte de una secreta conspiración cósmica para empeorar su ya de por sí patética existencia. Se puso a berrear y a meterse con mi padre. Y él conteniéndose por facilitarme a mí el día. Consciente de eso, me vi en una encrucijada. ¿Qué hago, le digo, che, che, che, tranquilita, qué es eso de faltarle al respeto a mi padre y de intentar amargarnos el día del nacimiento de mi hijo, a ver si te voy a acabar metiendo un tripazo que te mando a Sebastopol, o me callo y lo dejo pasar? Y opté por lo segundo. Aunque me arrepentí. Mucho. Es más, memoricé el nombre que aparecía en su plaquita para poner una reclamación más tarde, pero finalmente se libró. Jamás debí confiar en mi escasa memoria…

Me arrepentí porque en efecto estaba consiguiendo ponernos a todos de mala uva, entristecernos, enrabietarnos y, lo que es peor, estaba consiguiendo que nos sintiéramos muy indefensos. Éramos nuevos en esto, nos encontrábamos entre expectantes y asustados, dependíamos de ella, estábamos en sus manos, y lo que más temíamos era que se mosqueara aún más (dentro de que ya nos recibió enfadada como una mona) y que nos acabara fastidiando el día entero. Por eso me callé. Por eso se calló mi madre. Y por eso se calló mi padre, a ver qué se creía la pava esa. Pero debimos pararle los pies porque, total, peor de lo que nos estaba tratando ya…

Y nunca olvidaré a mi papi, que no puede ser mejor persona, noble, amable y educado, saliendo de ese hall bien jodido. El día que lo iba a hacer abuelo. No, se me ha quedado esa imagen grabada en la retina. No se lo perdono a la boba de Coria esa. ¡BOBA!

En fin, una vez disfrazadas mi madre y yo, con la mala gaita en ebullición, entramos y Boba de Coria nos acomoda en una habitación: yo tumbada en una camilla y mi madre sentada en una silla.
Entró Boba de Coria un par de veces, y me dio la impresión de que algo más calmada, e incluso conciliadora. ¿Se había dado cuenta de lo desagradable que estaba siendo con una madre y abuelos primerizos? Yo creo, y es teoría mía, que estaba tan avergonzada que por eso dio el relevo a otra matrona. Porque al final Boba de Coria desapareció y nunca más volví a saber de ella, afortunadamente.

Cuando entró la nueva, le dije:

– Por favor, ¿me puede revisar la vía? Me hace daño.

Le echó un vistazo y puso los ojos como dos placentas (permitidme la licencia):

– ¡¡Pero si tienes un moratón enorme!! ¿¡Cómo no te va a hacer daño?! ¡Qué barbaridad! ¿Quién te ha puesto esto?

Estuve a punto de contestar que el jardinero. Hubiera colado. En fin, rauda me la cambió y acabó con el dolor intenso y permanente en la muñeca que estaba sintiendo. Diossss, pocas veces he experimentado un placer tan instantáneo, aunque el moratón me duró más de diez días y dolía si lo miraba fijo.

Además de la vía nueva, me cablearon entera. Tenía goteros, monitores… todo el kit. Y a esperar…

madre

En cuanto empecé a sentir contracciones, dije pssst, aquí, epidural, y me la pusieron. Sí, soy de las que creen que los inventos y los avances están para algo, y que si me puedo ahorrar el dolor, como con la anestesia en el dentista, bienvenido sea.

Parecía que la dilatación iba como la seda, oxitocina mediante. Algo lenta, quizá. Y en esto que llegó ya el Señor de las Bestias. Y sin problema. Mi madre salió y él se quedó a mi lado.

Claro que yo no sabía si ganaba o no con el cambio, porque durante todo el embarazo me fue dejando claro que lo de entrar en el paritorio, ni muerto. Tiene una especial fobia a la sangre. Es verla y caerse redondo. Sí, mucho tigre pero… Y, claro, yo quería tenerlo a mi lado animándome, que no se perdiera un momento tan especial, pero también deseaba que el personal sanitario al completo estuviera concentrado en el nene y en mí, no en un padre de color verde. Pero, vaya, que mi madre tampoco se moría de ganas de ver salir un trozo de carne ensangrentado tampoco… Menudo par. Total, que tenía a mi chico a mi lado pero no sabía exactamente durante cuánto tiempo…

padres

Y en esto que el monitor empieza a quejarse. Aparece un par de matronas, me administran una cosa llamada prepar, para detener las contracciones, y me llevan al paritorio. Algo no marcha bien. Me abren de piernas y la ginecóloga me mete un algo para hacer una incisión en el cuero cabelludo del bebé y analizar no sé qué. Y el no sé qué dio bien. Así que vuelta a la habitación, vuelta a monitorizar, vuelta a la oxitocina, y a seguir esperando.

En el ínterin, todo el personal sanitario con el que me cruzaba, que entraba o salía de mi habitación, que me abría de piernas, que… preguntándome que cómo se iba a llamar el nene. Y yo que ni idea. Y la gente flipando. Y yo que ya, ya lo sé. Y todos preguntándome que cómo podía ser eso. Y yo excusándome en que soy de natural indecisa. Y la ginecóloga que hiciera el favor de pensar un nombre antes de dar a luz. Y yo que haría lo que pudiera pero que no prometía nada. Que llevaba meses llamándolo El Cachorro, que me gustaba y que no se me ocurría nada mejor. Que si tenía pensado algo. Y yo que sí, hombre, que barajaba unos tres nombres. Que a ver cuáles, y todo chichifú a opinar. Por pronunciarse, hasta el monitor…

En efecto, de nuevo cantaba: había problemas. Así que oxitocina fuera, prepar entrando en acción, paritorio, prueba, todo correcto y operación retorno.

Pues bien, esta escena se repitió seis veces, seis. Y yo no dilataba ni a tiros, estaba estancada en seis centímetros. Así que la ginecóloga me dice que, vistas las circunstancias, podíamos estar de esta guisa durante horas y ni p’adelante ni p’atrás, y me recomienda una cesárea de urgencia para evitar el sufrimiento fetal.

Y dije “vale”. Con bastante alegría, la verdad. No me importaba, a pesar de que me iban a rajar, dejar una cicatriz fenomenal, y de que me había pegado semanas preparando mi perineo con rosa mosqueta para evitar una posible episiotomía. Tenía el asuntejo elástico y lubricado. Para nada. Qué desperdicio…

Mientras me trasladaban al quirófano en camilla, una señora me informaba de que era mi anestesista, de que no me preocupara, que iba a sentir solo como que me rondaban, que me hurgaban, pero que no me iba a doler nada.

– ¡Ah, qué debuti! – pensé – Además a mí nada de estas cosas me dan grima. Ele, ele, en breve veo al peque.

Sin embargo me castañeaban los dientes como nunca. ¿Frío? ¿Nervios? ¿Tic? ¿Poseída por la calavera de “La Máscara”) Ay, no sé, pero no podía controlar mi mandíbula. Rarísimo.

A punto de entrar en el quirófano le dicen al Señor de las Bestias que hasta ahí había llegado, que no podía pasar. Me pareció adivinar en su rostro un gesto de alivio. Aunque creo que en el fondo, en el fondo, fondo, fondísimo, al final le estaba dando pena no ver en directo el nacimiento de su hijo, por mucha placenta, cordón, baba y sangre que arrastrara con él.

En cuanto traspasé la puerta, me agarraron de los brazos y me crucificaron. No, no creáis que es una metáfora, un decir, una de mis exageraciones, no. Me pusieron los brazos en cruz, me los ataron y me enchufaron cosas. Así que yo estaba sin moverme, sin poder rascarme la nariz siquiera. Y me plantaron una mascarilla.

El de la mascarilla y las cosas en los brazos era un tipo majo, agradable… en eso estaba pensando cuando un dolor agudo me traspasó el espinazo. ¡ARGH! Pero… ¿¡cómo?! ¡¡Me están abriendo, Y LO ESTOY NOTANDO TODO!! Ras, ras, ras… Y yo:

– mmmmmmmmmmmm, mmmmmmMMMMMMMMM, ¡¡MMMMMMMMMMMMM!!

No, no, fuera de coñas, empecé a quejarme así, por no gritar y romperles el tímpano a los que allí estaban. ¡¡QUÉ DOLORRRR!! Me estaban abriendo por capas y ¡lo estaba SINTIENDO TODO! ¿No se suponía que solo iba a notar que me hurgaban? ¿¡Qué coño era esto?! ¿¿DÓNDE CARAJO ESTABA MI ANESTESISTA?? ¿¿Acaso estaba confiando en la epidural que me pusieron una vez, un porrón de horas antes??

– ¡¡¡MMMMMMMMMMMMMMMMMMMM!!!

No, vamos a ver, debían de ser imaginaciones mías. A mí me habían dicho que no me iba a doler y me estoy muriendo, pero ¿por qué me iban a mentir? ¿No sería que me estaba inventando el dolor, yo, que lo aguanto todo, que soy una jabata?

– ¡¡¡¡MMMMMMMMMMMMMMMMMMMMMMMMAAAAAAAAAAAAAAAAAAH!!!!

Pero, ¿¿no se supone que para operarte, TE DUERMEN?? ¿Estamos en la Edad Media o qué?

– ¡¡¡¡MMMMMMMMMMMMMMAAAAAAAAAAAAAAAAH!!!! ¡¡¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAHHH!!!

Hasta que noté que no podía ni respirar. Era tanto el daño, el mayor de toda mi vida, tan agobiante la sensación de estar inmovilizada, tan incómoda la mascarilla que no hacía más que ahogarme, me faltaba tanto el aire y me retorcía tanto de dolor, que tiré de mi brazo derecho, sin importarme qué es lo que arrancaba, me di un manotazo en la mascarilla y logré gritar, boqueando como un salmonete fuera del agua: ¡¡ME DESMAYO!!

El chico anteriormente majo me hizo un placaje en toda regla y consiguió reducirme de nuevo (creo que no era difícil, dada mi evidente situación de desventaja), mientras todos los ahí reunidos gritaron a coro: “¡Que ya está, ya está!”, y a lo lejos, entre nebulosa, vi cómo emergía un bebé. Mi bebé.

– ¿Lo ves? ¡Tu hijo! – me dijo vete tú a saber quién.

Eran las cinco y veinticinco de la tarde. Alargué la mano para poder tocarlo, pero alguien, vete tú a saber quién (¿Nuestra amiga Boba de Coria? ¿Su prima?), me sacudió un manotazo para interceptar mi brazo y me gritó: “¡No toques!”

Y oí cómo me informaban de que ya había pasado todo, que solo faltaba que me cosieran. Y caí adormecida. Y entonces sí que noté como que me rondaban, que me hurgaban. Cero dolor. A buenas horas, mangas verdes.

Lo siguiente que recuerdo es salir del quirófano y toparme con el Señor de las Bestias con El Cachorro en brazos. Me lo acercó a la camilla.

– ¡Mira! ¿Qué? ¿Lo devolvemos?

Durante el embarazo se hartó de decirme que si nos salía feo lo devolvíamos.

– Noooooo. ¡Es preciosoooo! – y se me saltaron las lágrimas.

Más adelante me interceptaron mis padres.

– Aaaaaaaay, qué bonito eeeeeeessss – seguía como una magdalena.

Y acabé mi periplo en la sala de despertar.

Dormí. A gusto. Entre sueños vi a un amigo médico de mi padre que me preguntó que qué tal estaba y le debí de decir que bien. Más tarde, ya despierta, entablé una conversación con un chico que estaba a mi lado, detrás de una cortina, que había tenido un accidente. Charlamos un rato. Jamás le vi la cara.

Y pasaron las horas. Yo, ahí tumbada, me preguntaba si todo lo que había ocurrido había sido un sueño. ¿Era madre? ¡No sentía nada especial! ¡Había traído un hijo al mundo y estaba tumbada a la bartola, sin él, sin darme cuenta de nada! (Él tampoco parecía que se diera cuenta de nada. Empate).

niño_recién_nacido

Pensaba en la jornada que había vivido. En la vía que me clavaron, en la matrona Boba de Coria, en las idas y venidas al paritorio, en la cesárea horrible que me hizo decidir que nunca jamás iba a volver a pasar por esto, en lo dolorida que estaba, en la MIERDA DE DÍA que había tenido.

Claro que también me consolé pensando en que mi embarazo, salvo los tremendos ardores de estómago que sufrí, consistió en un gozoso paseo por las nubes. Que mejor pasarlo mal un día que padecer durante meses. Y lo que no sabía es que después también iba a tener muchiiiiísima suerte con El Cachorro: un niño buenísimo que solo comía y dormía, que ni un cólico, ni una queja, ni un problema. El antes y el después compensaba ese día de su nacimiento que no recordaré precisamente como ideal.

Me subieron a la habitación, unas cinco horas más tarde. Y por fin pude tener al pequeño (sin nombre) en mis brazos.

madre_con_niño

Y supe que era lo mejor que me había pasado en mi vida.

Ojo clínico kaputt

Hace exactamente un año yo estaba embarazada. Me parece increíble. Y hace exactamente un año quedé en una cafetería con unas amigas madres de varios críos todas ellas, que analizaron mi barriga y sentenciaron que aún faltaba para que diera a luz, que aún la tenía “alta” y que no se me habían puesto morros de parturienta (¿¿Morros de parturienta?? ¿¿Qué es eso??)

madre

Así que me fui a dormir igual que el resto de los días, sin sentir nada en especial, con mi tripa alta y mi cara de embarazada corriente y moliente. Unas horas más tarde, me ponía de parto…

Menudo pinche

El Cachorro supervisando la cocción de las pastas. Creo que las está contando.

Niño pinche

Después de haber babeado su camiseta de lo lindo mientras visionaba el proceso de manufacturación de pastas, El Cachorro las testa/saborea/devora con fruición.

Niño comiendo

Da gusto cocinar para un público tan agradecido.

Niño

Y tan guapo.

¡Bienvenidos!

¡He sido tía! ¡Re-tía! ¡De mellizos! Luis y Pol, bienvenidos. El Cachorro ya no es nieto único.

Niño

(Careto de El Cachorro al enterarse).

Y mis padres, que estaban rodeados de amigos ya abuelos, aguantando la murga de todos ellos con sus nietadas, por fin se han podido unir al club. Y a lo grande. ¡Tres nietos en un año! Su turno.

Volviendo a los recién llegados… Resulta que se apellidan REY DEL CANTO. Como no acaben formando un dúo musical me da que nos vamos a llevar todos una seria decepción.
Niños con madre

De momento a mí lo que me sorprende es… ¿¿era tan pequeño mi hijo?? ¿Tanto crecen en UN AÑO? Los bebés de la foto se llevan 361 días de diferencia.

Alcohol y delincuencia

Hoy la tata del nene y su hermana han venido a comer a casa. Este bandido ha conseguido coger tres veces mi botella de cerveza. Y, oye, ni una gota se le ha caído. Hasta estilo, tenía. Diría que bebiendo de ella también, si no fuera porque lo he pillado a tiempo (y tengo mérito, con lo rápido que es).

Viendo la soltura que se gasta el peque con el botellín de cerveza, mis invitadas se iban un poco como preocupadas…

No obstante, irse, lo intentaban hacer con El Cachorro metido en el bolso. Las he pillado con las manos en la masa. Normal, con semejante secuestro chusco…

Madre

A estrenar

Ay, leches, ¡la de ropa que ni ha estrenado El Cachorro! Claro, ¿cómo no se me va a caducar si cuando la etiqueta indica 12 meses, pongamos, quiere decir HASTA los doce meses, no a partir de? Y según marcas y modelos… Qué cacao.

O sea, todo lo que pensamos que ahorramos en ropa para él comprada en Nueva York, al final ha resultado un despilfarro. Menos mal que tengo un par de sobrinos que están al caer. Ellos se beneficiarán. Por cierto, tan al caer que… ¿¡a ver si van a nacer el día del cumple de El Cachorro?! Se van a poner su ropa, van a recibir todas las atenciones, le van a choricear a su padrino (es el padre de las criaturas), van a cumplir años el día de su cumple… y encima, eso, ¡son dos! Pobrecito, la que le espera.

Niño

Pero como él no se hace a la idea, de momento se va poniendo guapo para la recepción.

Niño_con_peine

Oveja que bala, bocado que pierde

Hoy en la asamblea de Thermomix (cada semana vemos la elaboración de una receta y, lo que es mejor, la degustamos) El Cachorro se ha trincado un trozo de roscón de Reyes y pedía más, y más, y más…!! Pequeño ser insaciable.

Niño_comiendo

Las compañeras se reían… hasta que les ha empezado a pedir sus trozos.