Las letras de su nombre

He puesto a Don Bimbas a escribir su nombre porque se supone que ya debería saber hacerlo, y me temo que ni por el forro.

El Cachorro se lo ha escrito para que copie. Y él lo ha escrito. Y mejor de lo que pensaba.

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¡¡Pero ojo a la be…!! Parece un poste al que le han salido dos granos. Ahora, a firma original no le va a ganar nadie.

¿Qué quieres ser de mayor?

Están los críos en la habitación y entro. Me dice El Cachorro:

– Mamá, Pablo quiere ser profesor de mayor, ¿te digo por qué?
– ¡No! ¡Yo Espídeman! – interrumpe totalmente indignado Don Bimbas.

Y entonces se ha sucedido una discusión feroz.

– ¡No puedes ser Spiderman!
– ¡Sí! ¡Yo quiero ser Espídeman!
– ¡No puedes! ¡No existe!
– ¡Sí puedo!

Total, que ya me he tenido que esperar al final de la cena para preguntarle que por qué decía El Cachorro que su hermano quería ser profesor de mayor.

Me cuenta: “Porque ha visto que yo hacía los deberes y él ha dicho: “Yo quiero hacer deberes”. ¿¿Y quién quiere hacer deberes??”

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Vaya dos patas pa un banco.

Asumiendo la realidad

Ayer Don Bimbas fue invitado a un cumple en la urba. Y subió a casa con chuches.

Hoy, ve la bolsa de plástico que las contenía, vacía.

– ¿Y mis chuches? – pregunta.
– Se las ha comido mamá – le responde su padre.

Oye, y no ha protestado ni una miaja. Ni mu. ¡Y eso que estamos hablando de Don Bimbas, no del resignado y buenazo de su hermano! Creo que mis hijos, veo que ambos dos, lo tienen superasumido.

Y no me las he comido. No todas, al menos. Las he puesto en otro sitio. Para que no les dé un ataque de comérselas todas a la vez y empacharse, y así protegerlos (ejem).

Como no saben cuál es el escondrijo. Y, no nos engañemos, soy una abusona porque claramente me aprovecho de que no tienen memoria y seguro que al final me las acabo comiendo yo todas.

Forzudo

El pequeño está encantado con la fuerza que tiene (o le parece tener). Así que hace alarde a cada ocasión. Cogiendo una bolsa de la compra, por ejemplo (y se ofrece a llevarla, pero dura tres metros). Levantando una caja… Hoy, abriendo esta puerta.

“Mira mi fuerza”, me dice.

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Y yo, claro, admiro su fuerza.

Pero, en realidad, es que yo a este crío lo admiro en general.

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Porque tiene un… ¿cómo se dice, “flow”?, que no es ni medio normal. Un algo muy fuerte, tiene.

Doña Pupas

Menuda toña me acabo de pegar con la bici. Iba subiendo una cuesta por la carretera y he decidido que, para dirigirme al sitio al que tenía que ir, acortaba un tramo yendo por la acera. Y ahí iba yo, creyéndome Induráin, resuelta a acometer el bordillo con un ágil salto, que además era el de un bordillo bajo y asequible.

Pero necesitaba hacer una pequeña parábola, y el coche que ha aparecido a mi lado no me ha dejado. Y eso que vas hacia el bordillo de lado y sabes que te vas a caer, y que deberías abortar el salto, y aún y todo mantienes la esperanza de que te vaya a salir… Pero no. PUM. A morder el polvo.

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Me he dejado la mano clavada. No sé si se me ha metido asfalto dentro. Un dolor que te cagas. También en la rodilla. Y, oh, horror, me he roto las únicas mallas de deporte que tengo, que además me encantaban. Agujeraco al canto.

Dolor también en el culo. Y en algún otro sitio. Un cuadro.

Y entre el accidente en bici y que en la otra pierna tengo una herida del quemazo que me produjo caerme al suelo clavando ambas rodillas, haciendo que me moría en la clase de Improvisación a la que voy, así como un moratón que no sé de dónde diantre ha salido, ¡parezco mis hijos!

Porque ellos van finos también.

El mayor.

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Y el pequeño.

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Y aquí andamos los tres, comparando heridas.

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Vamos con las rodillas a juego.

Lo de que tener hijos siendo viejales, te rejuvenece, ¿era esto?

Ángel de la guarda, o algo así

Don Bimbas tiene la facultad de rezar y cometer herejía a la vez. Detrás del “Jesusito de mi vida”, viene la otra parte. Y reza:

“Ángel de la guarra”…

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Aaaayyyy, “de la guarra”, dice. Con esa lengua de trapo que tiene, el rezo resulta de lo más cómico.

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Bueno, se supone que todos tenemos nuestro ángel. Las guarras también.

Tapacicatrices

Nos estamos duchando El Cachorro, Don Bimbas y yo. El Cachorro se vuelve a fijar en la cicatriz de la cesárea.

– ¿Por qué tienes la raja donde nací yo?
– Porque se queda así para siempre.
– ¿Para siempre? ¿Por qué no te la borras?
– No se borra.
– ¡Píntate de color carne!

¡Joé qué sencillo! ¡Cómo no lo había pensado antes!

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El color carne. ¿Os acordáis de lo que nos chiflaba? Y he comprobado que es el favorito de todas las generaciones.

La sangre no llega al río

“¿Sabes qué ha pasado con Jimena?”, me pregunta El Cachorro. ¡Por favor! ¡Ardo en deseos de saber!

Pues, por fin, él le ha dado su carta. Aunque, de nuevo, ella se ha adelantado y le ha dado un papelito son su dirección. Entonces ha sido cuando él le ha dado su carta.

Esto ha acontecido en el patio. El Cachorro estaba con sus amigos y les ha dado esquinazo. Me cuenta que han ido todos al baño a hacer pis y que, después, les ha dicho: “Voy a estar un ratito sin vosotros”, y ha ido a buscar a Jimena. Y ahí ha habido en intercambio de papeles.

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Pero no ha acabado ahí la cosa. Hoy han comenzado las extraescolares y, un año más, ambos comparten una clase. ¡Pues me cuenta El Cachorro que, al finalizar la clase, ella se le ha acercado, Y LE HA DADO UN BESO!

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¡¡UN BESO, TÚ!!

¡BUENOOOOOOOOOOOOOO! Estoy un tanto alarmada. ¡Que son unos mocos! Y que él le ha dicho: “Vete, que si no nos van a ver”, así en plan amor furtivo total. Lo que faltaba, con lo atractivo que es el amor a escondidas.

Ventajas y desventajas

Quien es el listo de repantingarse primero en el sofá, tiene que sufrir la penitencia de que se le coloquen o sienten encima.

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Todo tiene sus ventajas y sus inconvenientes.

Es así, quien se tumba tiene, por ejemplo, que soportar el peso del culo de Don Bimbas en la tripa y del de El Cachorro en las piernas. Pero también puede ver la tele en horizontal. Hay que descubrir qué compensa. A mí me compensan los culos de mis hijos encima.

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Por otra parte, yo creo que va siendo hora de comprar otro sofá…

En cualquier caso, que se instale así el personal no implica que no haya movimiento. Vamos cambiando todos de postura. Y surgen caprichos necesidades. No en El Cachorro, que se abduce con la tele. En el pequeño.

“¿Me haces cosquillas en e pie?”, me pide Don Bimbas. Me ha salido de un vicioso…

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Lo impresionante es lo que me gusta acariciarlo. A mí, que de toda la vida me gusta que me hagan, no hacer (diréis: “Ah, qué lista, como a todos”. Pero no, hay gente que se ofrece: “¿Me dejas que te toque el pelo?” Yo, jamás), resulta que disfruto como una enana haciéndole cosquillitas. Ahora, esclavizada me tiene. Si se me ocurre parar, pongamos, para escribir un Whatsapp, que necesito las dos manos, enseguida reclama. No, reclama, no: exige. Tengo que hacerle cosquillitas sin pausas.

Lo estoy malacostumbrando. A quien vaya a ser su pareja, la va a tener mártir.