Si es que…

Me llama la chica para decirme que ha recogido a Don Bimbas con 38 y pico de fiebre del cole. Le digo que le dé una jeringa entera de ibuprofeno. A eso de las ocho de la tarde, me dice que le ha vuelto a tomar la temperatura y que tiene 38,4º o algo así. Le digo que le vuelva a dar otra jeringa.

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Llego a casa a las diez y media. Trabajo de tarde y el Señor de las Bestias está rodando fuera de Madrid. Despido a la canguro y voy a ver a los niños. Toco a Don Bimbas y está ardiendo. Jobar, pobre. Decido apurar un poco a irme yo a la cama para darle de nuevo jarabe, e incluso me pregunto si debería despertarlo para eso, puesto que sé que la fiebre es una reacción del cuerpo para luchar contra virus o agentes malévolos extraños, y que en general es bueno dejarla actuar. Y dado que estaba plácidamente dormido…

Pero me asomo al cuarto de baño pequeño, aún no sé por qué, porque no se me había perdido nada ahí. Y veo encima del lavabo el jarabe que había utilizado la chica.

… Tengo tres ibuprofenos en el armario de ese baño.

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Adivinad cuál había utilizado…

¡Con razón estaba todo el día con fiebrón! ¡Le ha dado del que pone “AGUADO”!

Tengo ese frasco, que viene a ser agua con sabor a ibuprofeno, para engañar a Don Bimbas cuando pide jarabe. Le duelen las rodillas día sí y día también, y creo que a veces no es necesario darle ibuprofeno, que toma tanto el pobre que le va a dejar de hacer efecto, sino que el efecto placebo es poderoso. Y muchas veces me funciona…

Pero, claro, con 38 y pico de fiebre, no. Entonces, sí, decido despertar a mi crío y darle una jeringa de jarabe en condiciones. Madre mía, de tres frascos tiene que coger el fake; es que es la Ley de Murphy total.

Mamá megafashion

Estreno hoy unos pantalones pitón y se asoma El Cachorro al baño, y se queda en modo congelado: “Halaaaaa”, dice. Lo bueno es cuando salgo y voy a la habitación de los críos, donde está Don Bimbas, que me mira y tiene la misma reacción: “Halaaa”.

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Jamás he tenido tanto éxito con ninguna de las prendas que me he comprado en toda mi vida. Ni con los pantalones acharolados granates que, cada vez que me los pongo, dice Don Bimbas que voy de Michael Jackson. Semejante unanimidad me tiene anonadada. ¡Vaya acierto!

A partir de ahora, que he descubierto que tengo a unos niños fashionistas, tendré que mirar muy mucho con qué me visto cada día…

Crítica destructiva

La encargada de mandarme recortes (como este de aquí abajo, que he recibido recientemente) para intentar protegerme de mí misma… a la vez que pone en tela de juicio la manera en la que llevo mi vida (y no pienso decir de quién se trata, dado que es alguien MUY cercana y a la que quiero mucho)…

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… me envía este otro:

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(Pongo la foto en grande para facilitar su lectura)

¡Vaya apoyo que tengo, ¿eh?! Como podréis deducir, muy de acuerdo con lo que publico en este diario, no está.

Bueno, pues ya estamos de nuevo con el tema de marras. A ver, lo digo muchas veces aquí. Reconozco que tengo dudas sobre lo que hago en estas páginas. Pero, de momento, sigo pensando que merece la pena y que, poniendo en la balanza las ventajas y los inconvenientes, me compensa.

Os diré que me siento y no me siento aludida por el artículo. Por ejemplo, yo no soy una instagrammer o blogger con “un ansia insaciable” de seguidores y likes. El éxito o no de este blog no se mide con likes, para empezar. Y todos los que me leéis conocéis el secreto propósito por el que elaboro este diario. Se trata de una cuestión o anhelo personal: dejarles a mis hijos este relato pormenorizado de sus vidas, como regalo. Dicen que no se debe hacer nada que no te gustaría que te hicieran. Yo hago algo que me hubiera gustado que me hicieran.

En cualquier caso, independientemente de mis motivos y de si me siento atacada o no por esta madre que también escribe, me gustaría subrayar algo… ¿No os fijáis que siempre se coloca la lupa en el aspecto negativo de publicar imágenes y obras de los menores a nuestro cargo, y jamás se explora el positivo, si es que lo tiene? Pero es que, directamente, se niega. Y aquí vengo yo con un par de situaciones y reflexiones que, al menos, ponen algún que otro obstáculo a la simplificación que hacen los que se yerguen como garantes de la seguridad de todos los niños, los suyos y los de los demás…

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Hay una madre en Instagram que cuenta la vida de su hija y, lógicamente, su entorno. Cuelga fotos y comenta sus reacciones y su manera de vivir. Su hija nació con Síndrome de Down. Es una cría que te la comes. Y la madre escribe muy bien, en español e inglés, y con todo el cariño del mundo. Me parece fenomenal esa cuenta que trata de normalizar vivir con niños Down y que seguro animará a muchos padres que quizá estén recibiendo la noticia de que van a tener un hijo con estas características y se empiecen a plantear opciones…

En este caso, claro, también se está exponiendo la vida de un menor. Y supongo que tiene los mismos derechos, incluido el de la preserva de su intimidad, que cualquier otro menor no afectado por el Síndrome, ¿verdad? Pues pasaos por esta cuenta (@pepitamola) y decidme si creéis que esta madre le hace daño a su hija. Bueno, no soy tan inocente como para pensar que no haya nadie que no piense que es contraproducente y tal. Que se vulneran los derechos de Pepita. Pero ¿en serio no veis lo bonita que es la cuenta? Y no, no tiene permiso de Pepita, al menos el permiso como lo entendemos, de alguien que comprenda qué implica salir en RR.SS., como yo tengo el de mis hijos (desde que tienen uso de razón, porque se lo he preguntado), a los que les recuerdo constantemente que todo el mundo tiene acceso a lo que yo cuento de ellos y a sus fotos, y por supuesto siendo consciente de que todavía tampoco pueden asimilar el alcance de lo que todo esto puede conllevar.

@pepitamola es un acto de amor. Y de solidaridad. Y de generosidad. Es la idea de compartir cómo es la vida con un niño Down, que es tan genial, completa y satisfactoria como la de vivir con cualquier hijo, con sus contras y sus pros. Antes, a estos niños, los escondían. La familia se avergonzaba de ellos. @pepitamola, por el contrario, presume de hija. Y, como he dicho antes, seguramente ayude a padres que estén teniendo un diagnóstico inesperado y no sepan cómo afrontar la vida con un niño con Síndrome de Down. A mí, a todas luces, esta cuenta me parece divulgativa, empática y todo un acierto.

La mía cuenta cosas que pueden ocurrir en cualquier casa. De la manera más honesta y natural posible. Desnudo sentimientos. A ser posible, desde el humor. Comparto cómo he reaccionado o cómo he gestionado determinadas situaciones con mis hijos. Con mis aciertos y con mis errores. Todo. Así como lo que hacen, contestan y cómo reaccionan ellos. Y el feedback que tengo de mis lectores es bueno. Madres, sobre todo, que se reconocen en mis relatos, que no se sienten solas ante ciertos comportamientos, de sus hijos o suyos, que sonríen al recordar momentos que habían olvidado de sus hijos ya mayores, que se preparan por lo que pueda venir porque tienen niños más pequeños que los míos. Y que se ríen con las ocurrencias de El Cachorro y de Don Bimbas. Es decir, ¿no se podría decir que tiene un impacto positivo en quienes lo leen?

Otra cuestión. Toda esta gente que juzga desde la atalaya de su superioridad moral… ¿no cree que estos niños cuya imagen está tan vulnerada, no serán advertidos por sus padres sobre lo que implica que puedan ser vistos y no serán debidamente aconsejados sobre cómo responder a la gente que se quiera reír de ellos o meter con ellos? Es más, ¿debemos dejar de hacer cosas por evitar que a los cafres se les antoje herir a alguien? ¿Y en serio sois, padres ultraprotectores, tan inocentes como para pensar que podéis controlarlo todo? ¿Creéis en serio que podréis impedir que vuestros hijos sean atacados por un abusón, cuando al abusón le sobran motivos para abusar, que, si así lo quiere, se meterá con su víctima por CUALQUIER motivo? ¿Dejaríais, por ejemplo, de apuntar a ballet a vuestro hijo varón por si al abusón de su clase le da por hacer chanzas por este motivo?

Más. En el artículo que tan a bien ha tenido esta persona enviarme, se dice que “las redes son tan jóvenes que nos sabemos las consecuencias que esta sobreexposición va a tener a medio/largo plazo”. Es decir, todavía no está estudiado el alcance que puede tener este fenómeno, cómo puede influir/afectar realmente. ¿Por qué, entonces, hacemos saltar las alarmas antes de tiempo? ¿Por qué hemos de ser tan agoreros, y dar por hecho que las consecuencias van a ser necesariamente nefastas? Está bien, estamos explorando. ¡Ya lo veremos! Ahora mismo somos cobayas y vamos averiguando cosas sobre la marcha. Vivimos un proceso de sobreexposición que es natural, que es lo que nos está tocando vivir y tendremos que aprender a lidiar con ello. Nuestros adolescentes se graban a diario para enviar los vídeos a amigos, a Youtube o a Tik Tok. Es su forma de vida, como tuvimos nosotros la nuestra. Son sus tiempos. Y no lo podemos parar.

Sí, hemos de estar alerta, pero como lo estaríamos en cualquier situación, digital o no. Se dan casos de grooming y los padres debemos advertir a nuestros hijos. Nos estamos adaptando a lo que va surgiendo. Pero, en una sociedad digitalizada en la que nos movemos, en la que cada vez tenemos menos intimidad, mismamente en Google, que maneja algoritmos tan eficaces que, ahora mismo, ninguno de nosotros somos un secreto, que saben qué nos gusta, adónde viajamos, qué leemos, etc., ¿nos está preocupando que alguien vea fotos nuestras? ¿En un ambiente donde prima la imagen, donde ya casi todos, de una manera u otra, constamos en redes, y donde la cara que tenemos ya no es ningún secreto? ¿En el siglo de la imagen? Hay mucha gente muy preocupada al respecto.

Yo, por ejemplo, no.

ME LA PELA si hay un hermano mayor que sabe por qué me inclino, si me gustan las motos o esquiar, si como chucherías o me entretiene ver sacar puntos negros con los dedos. Insisto, no soy importante, soy una entre millones, ¿pero qué más me da? No robo, no asesino, no destrozo cosas, no sodomizo, no… Vamos, que me da lo mismo. No tengo nada que ocultar y si alguien quiere mirarme, que me mire. Y andando.

¿Seguimos dándole la vuelta? Sigamos. ¿Y si la manera de pensar de esta que escribe en el periódico, de tener miedo al mundo, a que te vean, de no hacer lo que quieres por si se meten contigo, es más contraproducente y perjudicial que la mía? ¿Y si sus hijos, que ven que los padres de otros compañeros o amigos no tienen problemas en colgar fotos, piensan que es su madre la rara, o que quiere esconderlos porque se avergüenza de ellos? (¿Ves, articulista? Todas podemos escribir versiones torticeras de las cosas) ¿No es mejor educar a nuestros hijos en que tienen que estar orgullosos de sí mismos? ¿No es mejor dejar de asustarlos sobre el mundo hostil que los rodea, dejar de acomplejarlos pensando en que la gente que va a opinar sobre ellos y sus vidas, a que la gente que va a saber lo que hacen, tiene razón? Y, oye, que lo mismo a los compañeros de mis hijos les encanta verlos en redes. ¡Todo puede pasar!

En fin, que las perspectivas desde las que se puede abordar un tema son múltiples y variadas. Lo ideal sería, digo yo, que unas madres no nos metiéramos con lo que hacen otras madres, intentando ridiculizar, demonizar y etiquetar de forma negativa sus actos, y respetáramos nuestras decisiones. Porque todas queremos lo mejor para nuestros hijos. La articulista y yo.

P.D. Anda que se han lucido en el periódico ese con la ilustración de las manos, que parece que la madre que maneja el móvil en el que sale su bebé es un troll del averno, que se ha desayunado a tres fetos descuartizados, está a punto de sacarle las entrañas a un querubín con las uñas de los meñiques y no se ha duchado en tres meses, vamos, no me jodas.

Marcapáginas caducado

Hoy, 1 de junio, repara El Cachorro en algo que tiene en su mochila del cole y dice: “Mira, un marcapáginas que hice el día del libro y se me olvidó dártelo” (qué raro).

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El día del libro fue el 23 de abril.

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“Mira, un corazón que lee”. Me priva, claro. Si es que es muy mono. Pero, claro, hubiera sido un detalle que me lo hubiese dado el Día del Libro. Ahora me espero mi tarjeta de Navidad…

Victoria

El día 1 de mayo, caminando por la calle, me topé con esto.

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Mira que era feo, el jodío. Pero, tras intentar endilgárselo a un vecino salva-bichos-descarriados, sin éxito, y tras confirmarme el Señor de las Bestias algo que ya sabía, que si lo dejaba ahí iba a palmar, lo adopté.

Su destino cambió dos veces. El momento en el que cayó del nido y el momento en el que yo me lo llevé a casa. Y quién sabe cuántas veces más iba a hacer este tipo de requiebros.

En su caja portátil encontramos su nombre: Victoria. Le iba al pelo, había dado esquinazo a una muerte segura.

Pero todo esto ya lo conté yo el día 1 de este mes. La historia la sabéis. Pero no todo el mundo sigue este apasionante diario… Y hay un dato nuevo. Así que he escrito esto para Twitter. A ver qué os parece.

LA TREPIDANTE HISTORIA DE UNA PALOMA CONDENADA A MUERTE QUE SE CONVIRTIÓ EN UNA ESTRELLA DEL CELULOIDE

VICTORIA

Cuando cayó del nido, no sabía que se llamaba Victoria. Tampoco yo lo sabía cuando me la encontré en la acera. Era un pollo absolutamente feo. Pero estaba ahí en medio, inmóvil, no sé si desafiante o resignado. Seguramente descolocado y asustado. Bueno, desconozco también si las palomas, a esa edad, se asustan o si se limitan a respirar y a abrir el pico para que les caiga algo de comida. No creo que tengan dudas existenciales. Ni a esa edad ni a ninguna.

Pero yo no soy una paloma y no tenía ninguna duda de que, si la dejaba ahí, moriría. No estaba de prácticas de vuelo, puesto que los pájaros, por lo que sé, necesitan plumas para lanzarse.

Así que, tras esperar a que ocurriera algo para que no tuviera que cogerla y, lógicamente, no pasar nada, la cogí. En casa la metí en una caja de zapatos y le puse pan mojado, aunque con la sospecha de que ella no sabría qué hacer con él. Pero mi casa la habita también alguien que se dedica a criar animales, que vendría a casa del trabajo con comida bajo el brazo y una jeringuilla…

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Cuando adoptas a un pollo, es con todas las consecuencias. Su vida es tu responsabilidad. Has de ocuparte de él e incluirlo en todos tus planes. Como cuando, al día siguiente, lo llevamos con nosotros al Monasterio de Piedra. Buscamos una caja de zapatos pequeña, portátil, para poder trasladarla. Era de mis hijos y de la marca Victoria.

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De ahí su nombre. Victoria.

Por lo pronto, había burlado a la muerte.

Hubo que recoger ramitas porque, por lo visto, si su nido tiene el suelo liso, crece con las patas torcidas. Y hubo que coger más a los tres días, cuando nos la llevamos de casa rural a Soria. Lo hicimos en la Laguna Negra y en la Fuentona, y ella nos esperaba en el coche y nos recibía con emoción. Bueno, también podría ser que con hambre. Hay que ver lo que comen los pollos. Y de noche en la habitación, a oscuras y con todos roncando, ella se zampaba conmigo más de una docena de jeringuillas de papilla de loros, que era lo que, de momento, le habíamos conseguido.

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“¿Y si le salen plumas multicolor?” Fantaseábamos. Pero no le salían ni las grises. Tenía cañones repartidos por todo su cuerpecillo y seguía siendo terriblemente fea.

En casa había que darle de comer antes de ir a trabajar, sacar hueco para hacerlo por la tarde y, por supuesto, asegurarnos de que comiera antes de ir a dormir. Aunque, día tras día, iba perdiendo apetito. Al mismo ritmo que adquiriendo corpulencia y… plumas.

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Parece que cuando los pájaros crecen, no necesitan comer tanto o tantas veces como cuando son pequeños. Pero en mi casa, el orden de prioridades lo encabezaba ella. Si mi hijo pequeño venía a despertarme para pedirme el desayuno porque tenía hambre, yo le decía que primero iba Victoria. Cuando la alimentaba a jeringazos, él esperaba impaciente, protestando enfadado: “¡Yo no quiero tené mascotas!”

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Pero la quiere mucho. Siempre pregunta que dónde está “pollamen” o si ha comido “pollamen”. Mea culpa el apelativo. Y mi hijo mayor, no la deja ni a sol ni a sombra y la cubre de besos sin parar. Que ella quiera huir de él se debe a que no entiende mucho de amor…

Por fin se logró poner más bonita. Bueno, al menos parecida ya a una paloma. Ni su pico es desproporcionado ni sus patas parecen zancos. Está gordita y lustrosa. Y de los pelos amarillos con que la encontré recubierta, solo le quedan unos pocos, testimoniales, en la cabeza. Como de locuela.

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Victoria te llama si tiene hambre, se vuelve nerviosa, pía y baila cuando te acercas para darle de comer, te empuja con su ala, vuela hacia ti si huye del “cariño” de los niños y no solo prefiere estar acompañada de humanos que sola, sino que, a poder ser, quiere estar en contacto directo. Ella se abullona si te está tocando el brazo o está sobre tu pierna, y se echa la siesta.

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Pero lo que mejor hace Victoria, es cagar.

Madre mía cómo evacúa este bicho. Así que la he acostumbrado a mantenerse posada en el respaldo de una silla de madera infantil, donde coloco papeles de cocina en el suelo de forma estratégica para que sean el blanco de sus excrementos. Está ahí la mayoría del tiempo, a no ser que note que me voy a la cocina, que es cuando viene volando y aterriza en la encimera. Entonces yo le chillo y le digo que ni hablar del peluquín, que es un sitio donde se preparan alimentos y ella es antihigiénica perdida, y la quito y la devuelvo a la silla, y friego la encimera y, cuando la termino de secar, ahí la tengo de nuevo, revoloteando sobre mi cabeza y esquivando mis manotazos para volver a ponerse en la encimera. Y a empezar de nuevo. No se puede decir que me aburra con ella.

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Lo de realizar pequeños vuelos lo hace desde hace unos diez días. Puede que los vuelos pueda hacerlos largos, pero o no se atreve o no le da la gana. Pero seguimos avanzando. Victoria se cruzó en mi camino un 1 de mayo. Ayer, su padre adoptivo, que tiene 400 animales maravillosos con los que trabaja en la tele, haciendo publi o películas, pero que solamente esta paloma ha conseguido robarle el corazón, y se la lleva a la oficina a que le cague las facturas, me manda un vídeo para enseñarme cómo come de un comedero con grano que le ha puesto en la caja donde vive. Porque todos sus pasos, sus monadas y sus avances, son registrados e intercambiados entre nosotros como material único y preciado.

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La caja donde vive es de las de almacenaje de plástico transparente. La caja de zapatos donde creció se le quedó pequeña. Pero Victoria, esa paloma que cuando era pichón no quería más que volver a su nido cada vez que se me ocurría sacarla, ahora no quiere más que salir de su hogar. Si la metemos dentro para que nos dé un respiro con sus cagadas o porque tiene fijación con la encimera y voy a cocinar o porque queremos que mis hijos no se distraigan y hagan sus deberes o porque tiene que dormir, ella opina que no debería estar ahí y se pega de cabezazos contra la caja. Arma todo un escándalo. Es más burra que burra.

Y está mimada.

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Y si me voy a Pamplona a cuidar a mi padre recién operado, hacemos FaceTime. Y si nos vamos de fin de semana romántico, le buscamos canguros en el vecindario (que tienen un hámster que dicen que pregunta por ella desde que se fue).

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Hace tiempo que hablamos de que tenemos tres niños en casa. Victoria es parte de la familia. Pero un miembro que colabora de forma activa. Porque VICTORIA TIENE TRABAJO.

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Está en Portugal grabando un anuncio para Sky Mobile. Porque Victoria ahora es un animal de cine. No existen muchas palomas a las que no se les corte las alas y no quieran salir huyendo. No existen muchas palomas que busquen ver mundo desde el hombro de una persona. No existen muchas palomas como Victoria.

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Mientras os cuento todo esto, su (también) representante me acaba de llamar para decirme que le han solicitado un presupuesto para otro rodaje para Victoria, en Málaga. Que necesitan a una paloma que vuele de un sitio a otro. Yo le replico que sí, que vuela, pero que no lo hace cuando nosotros le llamamos, que es más bien cuando le da la gana. Él apuesta por que se lo explicamos y ya está, porque “de los tres, el palomo es el más listo”. De los tres hijos que tenemos, se refiere.

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El caso es que hace un mes estaba tirada en una acera y hoy Victoria está bajo los focos. Y por eso os cuento esta historia, porque es una historia de casualidad. Una historia de esperanza. De un chispazo que prendió. De un órdago al destino. De que un pequeño gesto puede provocar el cambio más profundo. De cómo un simple acto puede modificar el devenir de un ser vivo. Es la historia de una paloma condenada a muerte que se convirtió en una estrella de cine.

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Ella ha triunfado, y por eso se llama Victoria.

Aunque quepa la posibilidad de que sea macho…

Piedras con mucho cariño

Los presentes de mi hijo pequeño.

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– ¿Pero para qué quiero yo piedras? – le pregunto cuando viene a engrosar la colección que está haciendo para mí – ¡No quiero piedras!
– Jo, qué quiero que tengasss – me replica.

¿Y qué hago ante tan aplastante argumento? Pues permitir que las deje en mi mesilla y rezar para que se le pase pronto esta afición.

Cargado y descafeinado

Están los niños con las manos en la mesa y digo “¡quietos!”

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Tengo que sacar foto.

Han estado expuestos al sol, o no, el mismo número de horas, llevan la misma vida, se alimentan de lo mismo, tienen los mismos padres y han salido del mismo sitio. ¿A qué viene esta diferencia de color? Me chifla esta genética que hace que las pieles de estos dos hermanos sean tan distintas.

Sacando punta

Estamos en una tienda y les grito advierto a los críos: “¡No toquéis nada! ¡Na-da!”

Y salta El Cachorro: “Ah, vale, ¿entonces el suelo?”

Lo que me toca mucho son las narices. A dos manos, además. Porque SIEMPRE hace lo mismo, el listillo este. Le dices que haga o no haga algo, y te salta con alguna zarandaja de estas.

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Y le da igual si se lo dices a buenas o completamente fuera de tus casillas. Él, con toda la tranquilidad del mundo, te viene con una réplica de estas en plan: “No has caído en algo tan obvio y acabo de desbaratar la razón de tu reprimenda”. Entonces yo ya monto en cólera y le echo un bufido de aquí te espero para que se le quiten las ganas de seguir intentando tomarme el pelo.

SPOILER: No se le quitan.

Adiós melenas

De verdad que tenía verdadera (valga la redundancia) curiosidad en saber cómo le quedaría el pelo corto al peque. Hacía como más de un año que llevaba sus greñas.

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Esta mañana tenía el argumento definitivo para convencerle. Porque a él le gusta su pelazo. Pero tiene el pelo tan fino que se le enreda cosa mala y peinarle es un suplicio para él. Llora, grita y protesta de lo lindo (también le gusta un melodrama…) Así que le he dicho que, si se cortaba el pelo, no se le enredaría. Y eso que a mí sus melenas me gustan. Pero el pobre se pega la vida retirándose el pelo de la cara, que le va a provocar un tic, y a veces parece que le ha lamido una vaca. Me apetecía verlo despejado.

Y voilá. Un cambio radical.

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Mando foto a mi madre. Que parece mayor. Y a mis vecinas. Lo mismo. “¡Pero sigue siendo un seductor!”, dice una de ellas. Y, sí, el donjuanismo no lo pierde como Sansón la fuerza. Lo lleva en la sangre.

Ritual

Las manías de Don Bimbas se acrecientan. Si le pones el Nesquik antes que la leche, te monta el pollo. Esta mañana se asoma y ya estaba hecho.

– ¿Has puesto antes el Nesquik? – indaga.
– No, cariño, la leche – mentira podrida.

Parece que le satisface oír eso. Pero tiene la mosca detrás de la oreja. Y contraataca:

– ¿Con la cuchara ne ninosaurio? – es que solo le falta el monóculo.

Mierda.

– No, cariño.

No le quiero mentir (del todo) porque capaz es de abrir el cajón y verla intacta.

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Pero, por supuesto, ya ha encontrado el resquicio para poder montar su pollo mañanero.

– ¡El Nesquik es con la cuchara ne ninosaurio!
– Ay, hijo, que no lo sabía.

Nada, que no se puede bajar la guardia con este crío. ¿Por qué disfrutará tanto de enfadarse todo el tiempo?