Probando, probando…

Han abierto un bar debajo de casa y acabo de recuperar esto del trastero para probar si tiene alcance en el garito.

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Para lo que quiero ya me muevo, ya… Lo había colgado en Wallapop y ya lo he quitado.

A ver cuándo lo pruebo. Y así le saco una utilidad. Porque tendrá como cinco días de uso, el cacharrito de marras… Hay que ver la de cacharros relacionados con bebés que tengo muertos de la risa.

Supercumpleaños

Hoy es mi cumpleaños.

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Y el Señor de las Bestias ha traído un desayuno como para que vengan a casa a empacharse todos los vecinos de la urbanización.

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Mirad qué bonito:

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Sabe cómo hacerme feliz.

Y luego también es un tipo muy listo que sabe buscarse la vida… Los regalos no comestibles contaron con la inestimable intervención de una amiga vecina.

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Jaajaajaa.

Claro, que tonta no soy yo tampoco…

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A esto se le llama asegurarse el cumpleaños. A la interfecta le enseño hoy el resultado de sus indagaciones…

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“¡Sorpresa!”, dice la otra. JA, JA, JA.

El día, estupendo. Nos vamos de excursión a la aventura. Llegamos a un pantano adentrándonos por el campo. Por supuesto, es una zona solitaria. No hay nadie. Así que nos bañamos en bolas.

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El Señor de las Bestias me enseña a hacer chipichapas. Jamás me había salido. Es genial aprender algo nuevo el día de tu cumpleaños…

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Y como colofón, realizamos el inesperado rescate de un buitre.

Es un vídeo que grabé y edité, que protagonizó el Señor de las Bestias, y que salió bastante apañado. A ver qué os parece. El Cachorro ya se lo ha aprendido de memoria.

Creo que, como día de cumpleaños, es bastante completico, ¿no?

Muestrario de risotadas o La viva representación de la felicidad

Pocas veces la felicidad se te representa delante de tus narices de forma tan evidente.

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Don Bimbas es feliz montando en la atracción del circuito en las barracas. Pero feliz de poner esta cara…

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… y de soltar una risa gorda, que le sale de los intestinos, de puro goce. De verdad que es para verlo y oírlo.

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Le chifla saludarnos todo el rato desde todas las partes del recorrido y le megaflipa que le choquemos la mano cuando pasa por nuestro lado.

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Vamos a las barracas casi a diario, no ya por él, sino por no perdernos sus caras.

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Porque la felicidad es contagiosa.

Show en el restaurante

Nos sentamos en una mesa de un restaurante para desayunar y a los dos minutos veo que una mesa llena de guiris no hacen sino mirar hacia la nuestra y troncharse. Pronto identifico el causante de su hilaridad: Don Bimbas.

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Está haciendo sus payasadas. Lo bueno: ajeno a todo. No las hace para ese público improvisado. Las hace para nuestra mesa. O las hace porque sí.

El caso es montar el show. En los restaurantes, sobre todo. Cuando llega la hora de la comida… vamos a ver, ¿qué es prioritario, comer…

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… o dormir?

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Algunos lo tienen claro… Zzzzzz.

Así que lo coloco en una hamaca al lado de mi silla. Los vecinos de mesa, ya cuando acabamos todos de comer, me comentan: “Menuda siesta, el tipo, qué envidia da”.

Y es que duerme tan, tan a gusto, que casi me arrepiento de no haber aparcado el arroz del senyoret para tumbarme a su lado… Bueno, no. NO. No me voy a engañar. Para mí comer siempre será mejor que dormir.

Por la noche, acaba de cenar, se levanta y vuelta a las andadas. Pero esta vez sí que de manera proactiva. Aquí lo tenéis, aterrorizando a todos los incautos paseantes con su espada láser.

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Se pone delante de ellos con postura amenazante, saca la espada de un golpe de muñeca y los reta, los azuza. ¡Banzaiiiiii!

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No sé por qué en vez de irse todos corriendo de puro miedo, se van de ahí tronchados de la risa. Tiene que ser una reacción nerviosa provocada por el pánico…

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Es que teníais que ver al pequeño samurái (pena de vídeo que no se me ha ocurrido hacer)… Sus movimientos, sus gestos, su cara. Tan teatralizado todo. VA A SER ACTOR. Lo sé. Fijaos en lo que os digo.

Caprichos del destEL DESTINO ES RETORCIDITO

Estoy al lado de una estructura de cuerdas que hay en la playa viendo cómo se cuelga El Cachorro. En un momento dado pasa de las cuerdas y se encarama al barrote central, porque lo de subir por barras también es una disciplina que domina. Y en esto que nota que le caen gotas. Son las del bañador de un niño que ha debido de salir del mar y ha ido directo a trepar por las cuerdas. Un niño que debe tener unos once años.

– ¡Ay, que caen gotas! – exclama El Cachorro, contrariado.
– Es que estoy mojado – dice el niño. Bastante educado, por cierto, porque esperaba un “te aguantas” como la copa de un pino.
– ¡Pues sécate! – le espeta mi peque. Vaya mala baba se gasta a veces, el buenazo.
– ¿Con qué, con las cuerdas? – contesta el otro.

Y ahí ha quedado la cosa.

Y ahora viene lo bueno… He reconocido a ese niño porque lo vi hace dos días con su hermano y su padre. SU PADRE ES UN EX NOVIO MÍO con el que lo dejé hace la friolera de 15 añazos.

¿Qué, cómo os quedáis?

Yo estaba con mi familia sentada en una silla leyendo al lado de la orilla y él paseaba con sus dos hijos. Según me contó el Señor de las Bestias, que lo iba observando (sin saber de quién se trataba), cuando me vio puso una tremenda cara de asombro, y ya se acercó y me saludó. Y luego, según el Señor de las Bestias, estaba de un nervioso que no paró quieto y casi le pisa la cabeza a Don Bimbas en dos ocasiones. Es probable que exagerara, igual que cuando dijo, una vez se fue: “¿Qué tiene, 102 años?”, asegurando que no me pegaba nada. Bueno… el tipo se conserva bastante bien y le pasa al Señor de las Bestias un cuerpo y medio y tres cabezas.

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Es el que está de espaldas, de verde. A ver, yo entiendo que es de lo más humano intentar destruir al ex de tu pareja, pero aquí es evidente que no tenía razón en absoluto.

En fin, en cualquier caso, me hizo tremenda gracia los vericuetos del destino. Me hizo gracia que el pasado volviera así de transformado. Me hizo gracia la casualidad. Me hizo gracia que supiera quién era ese niño solo por haberlo visto dos días antes, y que si no llega a suceder este encuentro, hubiera sido testigo de esa escena sin saber nada de la cola que traía.

Cómo es la vida, señoras y señores.

Antifiestas

Suenan charangas en el sitio donde estamos.

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Son las fiestas de moros y cristianos. “Don Protestón” (El Cachorro), que a estas alturas (media mañana) ya se ha quejado porque le hemos apagado la tele, porque hemos montado en coche y por alguna tontada cosa más que ya ni me acuerdo, protesta de nuevo:

– Jo, no me gusta.
– ¿Por? ¿No te gustan las fiestas?
– No me gusta porque había las estas que hacen así – da una palmada y hace ¡pssssss!
– Los platillos.
– Me molesta porque se me rompen los oídos y me quedo sordo para siempre.

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No exagera ni nada, el tipo.

En cualquier caso… ¿sangre de mi sangre al que no le gusta una fiesta? INAUDITOOOOOOO.

La sargenta de hierro

En su línea (¿o debería decir nuestra línea?), El Cachorro y Don Bimbas empiezan a hacer uso de un parque indicado para niños de ocho a catorce años.

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Un niño como de diez me lo hace notar a mí, que estoy en ese momento cerca: “Es para niños mayores”. “Ya lo sé, ya, hijo”.

En eso que El Cachorro, que ha subido a una plataforma, lloriquea: “Mamá, bájame”. Y yo que nanay: “Si has podido subir ahí, también podrás bajar”. Eso ha dado paso a más quejas, pero yo impertérrita. El crío de diez años no salía de su asombro. Yo le debía parecer “El sargento de hierro”. Y tras prestarme a supervisar el descenso, El Cachorro ha bajado.

Y ha sentenciado: “Facilísimo”.

Luego me voy y dejo a Don Bimbas al cuidado de El Cachorro. Y cuando vuelvo me encuentro al pequeño encaramado a un tobogán y al mayor animándole: “Vamos, Pablo, tú puedes”.

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Porque, de esta manera, es como las cosas, se pueden.

Lección

Intento enseñar a nadar a El Cachorro. Lo he visto hacerlo y me parece que no tengo un niño, sino un golden retriever Urge cambiarle el estilo.

“Nada bien, que si sigues haciéndolo como un perrito te quedarás así y nadarás” – y he aquí donde creo dar con la clave para animarlo – “tan mal como la señora de la que me reí ayer”, le digo. La señora no existe, me la he inventado. Pero con la fijación (y el terror) que tiene El Cachorro con que se ríen de él, creo que si le digo algo así, le servirá de acicate para querer aprender. Y coge y me contesta sin titubeo alguno: “Pues muy mala persona eres tú”.

GUAU.

Un corte bien dado, sí señor.

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Le tuve que felicitar. Y de paso a mí misma, por hacer que piense de esta manera. Por hacer que sea muuuucho mejor que yo.

No ejercer de madre

Esta situación así como de calma, mucho, no podía durar.

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A los pocos minutos, mis dos centollos, directos a las rocas, a trepar. Yo me quedo leyendo. Un señor dice en voz alta algo como “¿qué haces ahí arriba?” para llamar la atención de la madre de ese rubio tan pequeño al que descubre a una altura nada recomendable. La madre se da la vuelta, lo ve, y sigue leyendo. El hombre alucina.

Por no hablar de cuando el padre se lleva a los dos canijos a unas rocas en medio del mar. Don Bimbas sin manguitos ni nada. Ahí yo he sufrido mucho, todo sea dicho. Pero no he protestado de la manera enérgica que debiera. Bueno, sí, pero no precisamente porque el padre irresponsable se los hubiera llevado mar adentro, sino porque él, que no las pide, tiene una cantidad de fotos que es un publirreportaje continuo de lo padre enrollado que es. Hace cualquier cosa con los críos y ahí estoy yo, al quite, inmortalizándolo todo.

Mirad qué colección.

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Y no sale ni una quinta parte de lo que llevo en el día.

De mí, que hoy he estado jugando con la colchoneta con El Cachorro, también en plan madre superdivertida, NO QUEDA RASTRO.

Me parece muy injusto todo y me pillo unos rebotes que pa qué. A Wally no sé, pero a mí en el carrete de fotos seguro que no me encuentran (en la sección Selfies sí, claro; hay Amayas con sus hijos a cascoporro).

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Bueno, que me desvío. El caso es que ahí estaba el Señor de las Bestias, a una ola de perder a sus dos hijos. Y yo sacando fotos, no me fuera a perder la oportunidad de inmortalizar un ahogamiento.

Unos padres ejemplares.

En otro momento, a la hora de salir de casa por la noche, pregunta El Cachorro: “¿Que vamos a cenar? Paella no, que te conozco”, me advierte. (¿De dónde saca estas expresiones como de adulto? ¿Qué es eso de que me conoce, el tipo?)

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Está hasta el moño de comer siempre lo mismo. Tanto en vacaciones (porque estamos en tierra valenciana y me parece un desperdicio pedir otra cosa que no sea arroz en todas sus versiones) como en casa (que ya creo haberos comentado que a mí, que me gusta poco cocinar, me da por hacer puré y hago un cacerolo que mis pobres críos se hinchan a puré durante cinco días seguidos). Así que no se libra, el pobre.

Para rematar… Vamos al supermercado a comprar algo para tener a mano estos días por si a los peques les entra algo de hambre de forma repentina, y salgo con este abanico de alimentos…

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Bueno, qué pasa. Definitivamente me he tomado vacaciones de madre.

Pero no os preocupéis. Son cosas que me gustan a mí y que seguramente me comeré cuando no me vean, para no compartir…

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Aunque luego soy así de mezquina… Atención:

Cuando volvemos a casa para ir a dormir, paramos para tomar un postre. Me es difícil elegir (lo que sudo con los postres, madre mía, me gustan todos), así que finalmente decido decantarme por una horchata y, como Don Bimbas no tiene el gusto muy definido, y aprovechando que apunta a ser tan goloso como yo, le pido un cucurucho de dulce de leche. Por la cuenta que me trae.

Como sospechaba, le gusta. Estupendo. Y yo aprovecho para ir pegándole algunos bocados. Al principio Don Bimbas no parece molestarse. Pero luego cae en la cuenta de que me estoy comiendo la mitad de su helado, y que me lo zamparé casi todo si no pone freno cuanto antes a mi ataque. Así que me vuelvo a acercar con la boca abierta y me salta: “¡No! ¡Atás!”

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Como El Cigala: “¡Atrás!” Con el mismo tono y determinación.

Pero no se ha librado. Yo he tomado horchata y helado.

Ya tienen cruz mis hijos, ya…