Mañana con el mesías

Hoy tenía Don Bimbas que ir al médico, al traumatólogo, pues lleva tres años con dolores en las rodillas por las noches. Nada, que son dolores compatibles con el crecimiento, que ajo y agua. Después tenía yo médico, así que he decidido que se fumara hoy el cole y que pasáramos la mañana juntos. Tengo mono de hijos, pues he pasado unos días fuera por lo de mi padre en la UCI (ya hoy lo han pasado a planta y va recuperándose, gracias a Dios).

El caso, he FLIPADO del poder de atracción de Don Bimbas. Vale, iba con su chándal de esqueleto que le trajeron los Reyes, encantado, y llamaba un poquico la atención. Pero es que le ha dicho cosas todo el mundo que se ha cruzado con él. Y eso era mucho mundo, porque hemos ido a dos hospitales de Madrid que estaban colapsados (el invierno con la gripe hace estragos). Sin embargo, él estaba tímido y no le ha dado bola a nadie. Pero ha dado igual. Todos en plan “oye, qué guapo eres”, “vaya pelo que tienes, con esas mechas”, “enséñame esa carita tan linda”, “qué disfraz más chulo llevas”… hasta en el súper, estando en el área de las frutas, me ha pedido un guante de plástico y le he dicho que le daría el mío cuando acabara (soy muy de reciclar y poco de malgastar, sobre todo con el plástico), pero ya ha venido una abuela salida de la nada con un guante nuevo que ha cogido para él, para plantárselo en su manica. Es más, cuando, al oírla, me he dado la vuelta, la señora me lo ha ofrecido para que se lo pusiera yo, pero le he dicho “proceda, proceda”, porque estoy segura de que le hacía mucha ilusión hacerlo ella misma. Y eso que ha sacado a relucir a sus nietos. De verdad, son inauditas las atenciones que recibe este crío.

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Ha habido un momento en el que me ha echado uno de sus pulsos. No le he querido dejar un juguetico de su hermano que se ha agenciado y que casi pierde por el hueco de unas escaleras. Se lo he quitado y ya no quería moverse, ni coger el abrigo, ni nada. “Qui-e-ro el muñeco”, todo enfurruñado. Yo le he empezado a amenazar y a realizar la famosa cuenta hasta tres, y él ha tenido que claudicar, pero notaba miradas hostiles alrededor de las casuales espectadoras … ¡hacia mí!

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Este crío podría mover masas, liderar ejércitos. Madre mía, qué carisma.

Algunas teorías avalan que el despiste puede tener un factor genético

Vale, lo del título del post me lo he inventado. Pero es algo que, hoy, me he planteado como algo posible y, lo que es peor, que proviene de mí.

Vamos a ver, sabéis, si me leéis, que el despiste de El Cachorro es sideral. Su falta de concentración (exceptuando cuando juega a “MEG” en el móvil) es es-pec-ta-cu-lar. Está en Babia, no se entera, no se entera de que no se está enterando, desconecta y, además, le da igual.

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Hoy, por fin, tenía tutoría con su profesora de segundo de Primaria. No por nada en particular, sino por conocernos y hablar de mi hijo. Llego a las doce y media y espero a que nos den paso. En el cole, las clases del piso de abajo son las de Infantil y las de arriba las de Primaria, aunque el año pasado algunas de primero de Primaria se instalaron abajo por falta de espacio. El caso es que, cuando dejan de pasar críos para el comedor y se despejan hall y pasillo, nos dan luz verde a los padres que tenemos tutoría con los profesores de nuestros hijos para que vayamos en su búsqueda.

Me recuerda la coordinadora del AMPA cuando me ve, que tengo que ir arriba. “¡Ah, claro, es verdad!” Y subo las escaleras. Enfilo un largo pasillo y voy fijándome en las clases, 5º A… 5º B… 4º C… 3º B… y llego al final sin encontrar la clase de mi hijo. Una profesora sale a mi paso:

– ¿Qué buscas?
– La clase de mi hijo.
– ¿A cuál va?
– A primero.
– Aaah, los primeros están abajo.
– ¡Anda, si es verdad!

Bajo. Ya empiezo, con tanto recorrido, a estar llegando un pelín tarde.

Llego al mismo pasillo largo que hay arriba, pero desde la parte del final. Y echo a andar. Miro las clases y no localizo la clase de mi hijo ni a su profesora. Me intercepta otra profesora:

– ¿Buscas a alguien?
– Sí, a la profesora de mi hijo y a su clase, que no la encuentro.
– ¿A cuál va?
– A primero…
– ¿Cómo se llama tu hijo? – se lo digo.
– No me suena. ¿Cómo se llama su profesora?
– Alba.
– Ah, es que Alba es de segundo de Primaria, y Primaria está arriba, tú estás en Infantil. Aquí solo hay algunos primeros de Primaria.
– ¡Ah, claro, es verdad! ¡Qué tonta! ¡Aquí iba mi hijo el año pasado!

Esa profesora se deshuevaba. “Ven, que te acompaño”. Y volvemos a ir hacia las escaleras para subir. Una vez arriba, me encuentro con la profesora que me había atendido anteriormente.

– Ay, hija, que me acabo de enterar de que mi hijo va a segundo ya – le digo. Otra que lo flipa.

No encontramos a la profesora de mi hijo que, deducimos, mosqueada por mi tardanza, había ido hacia el hall para buscarme. Recorremos el pasillo en dirección contraria a como lo había hecho la primera vez, para llegar allí, y por no bajar, grito desde la barandilla que da al hall a los que están abajo:

– Perdón, ¿está Alba por ahí?
– ¡Sí! ¡Ahora te la mandamos!

Y sube. Me disculpo, me despido de mi guía, y vamos hacia la clase de mi hijo mientras le cuento mis múltiples recorridos. Más risas.

O sea, cuando me dijeron que los primeros de Primaria estaban abajo, con Infantil, mi mente, de manera automática, me trasladó al año pasado y me creí que vivía en el año pasado. Además, como diciéndome a mí misma: “Si El Cachorro está aún en el piso de Infantil, es verdad, que le molesta horrores, yendo ya a Primaria, no subir al piso de Primaria. ¡Cómo no acordarme!” Me fustigaba por mala madre cuando era incluso muchísimo peor.

El caso es que entramos a clase para tener, por fin, la tutoría. Arranco yo: “Es que mi hijo es un despistado de tomo y lomo”. Su profesora: “Es lo que te iba a decir”…, y me mira con unos ojillos que le digo: “Ya sé lo que estás pensando… ¡igual que yo!” Se mea.

Sí, El Cachorro y yo nos parecemos en muchas cosas. Yo también me despistaba mucho en clase. Me aburría y dejaba volar la imaginación. Tenía mucha. La mitad del tiempo del cole la pasé en mi mundo. Menos mal que luego no me costaba estudiar (o copiar a la de al lado, je, je) y sacaba los cursos. Yo era de bienes…

Pero tenía más sentido de la responsabilidad que El Cachorro. Sabía lo que implicaba hacer un examen. Y claro que quería aprobarlo. A El Cachorro, se-la-pe-la. Hablando con su profe, me cuenta lo siguiente acerca de un examen de lengua que tuvo el día anterior, que fue creo que el único que le ayudé a repasar en lo que llevamos de curso, que me esforcé en que lo entendiera (él lee las preguntas y los ejercicios sin entender lo que le piden) y del que me dijo mi hijo que creía que le había salido bien:

– Mira, el examen de ayer, tu hijo no lo hizo solo en una sesión…
– ¿Qué es una sesión?
– Una clase. La de lengua, por ejemplo. Tu hijo necesitó hacerlo en la siguiente, que era de matemáticas… que es algo que hacemos con niños que son más lentos haciendo los controles, ¡y también necesitó emplear el tiempo de la biblioteca de después!
– ¿¿Cómo??
– Sí, sí. Y cuando llegamos, él y algún otro aún con el examen de lengua y les digo que cojan un libro para llevárselo a casa, él lo cogió y, en vez de seguir con el examen, ¡se puso a leerlo!

¿¿¿Cómo??? ¿El mismo niño al que le digo que lea en casa y parece que le estoy proponiendo meterse agujas por debajo de las uñas?

– “¡Simón!” – continúa la profesora – le dije, “¡que no tienes que leer ahora, que tienes que terminar tu examen!” ¿Y sabes qué pasó?
– Qué.
– Que ni en tres sesiones lo terminó.
– ¡¡Y a mí coge y me dice que el examen, bien!!

Es decir, para mi hijo no es grave no terminar un examen. No se hace a la idea de qué importancia tienen las cosas. Y no es porque no se lo decimos sin parar. No. Él es así.

– Por cierto – le cuento, para que viera qué nivel alcanza el despiste de El Cachorro – el libro que ya vi ayer que trajo, le pregunté que para cuándo tenía que estar y, ¿sabes qué me contestó?
– Qué.
– “No lo sé”.
– Pues es para el miércoles que viene, dentro de una semana.
– Y aún le dije: “Pues te habrá dicho algo tu profesora, ¿no? ¿Y no te ha dado una ficha?”
– “Sí”.
– “¿Y dónde está?”
– “En la mochila”.
– “¿Y qué hace en la mochila si te digo que, cada vez que vuelvas del cole, tienes que vaciarla y ver qué deberes tienes, que sacar lo de la extraescolar de ese día y meter lo de la del día siguiente?”
– “No sé”. Te lo juro, es desesperante. Aún le pregunto: “¿Y entonces no sabes cuándo la tienes que hacer y entregarla?”
– “No”.
– “¿Y cuándo lo vas a hacer?”
– “Cuando me la pida”.
– “¡Pero cuando te la pida será para que se la des hecha, con el libro leído!”

Su profesora se ríe.

– Mira, me estás describiendo a tu hijo tal cual. Hay madres que me dicen: “Pues mi hijo es de tal otra manera en casa”, cuando les cuento cómo se comporta en clase. Pero tú estás hablando de lo que yo veo todos los días.

Le pedí que, por favor, investigara con el resto de los docentes si existen algunas herramientas para hacer que un niño no sea tan despistado, para lograr que se concentre. Porque yo reconozco que debería sentarme a su lado para hacer deberes (y no estrangularlo, que son las ganas que me entran las pocas veces que lo hago, porque, con su manía de responder a las preguntas de manera aleatoria a ver si, por azar y chiripa, acierta la respuesta, en vez de pensar lo que se le está pidiendo ni un microsegundo, que si se para a pensar un segundo, lo sabe, saca de quicio al más plantado), pero no lo hago por falta de tiempo y es un error, dado que no ha sido capaz de coger el hábito por sí solo, pero es que muchas de las sugerencias que me hacía, de lo que le tenía que decir y tal, ¡¡ya las hago!! No soy una tía laxa, en plan “haz lo que quieras” o de tirar la toalla. Si me pongo con él y me lee el encabezado de algo y veo que no lo entiende, que ha leído alguna palabra mal porque en vez de fijarse en las letras, las ha deducido, y que ha entonado fatal, haciendo una pausa en medio de una frase sin comas o terminando en alto un punto, le hago leer la misma frase hasta que me la dice perfecta y la comprende.

Pero ni por esas.

Nos queda trabajo y a ver qué hacemos. Porque este niño es listo.

– Muchas veces nos parece que no se entera de algo, y resulta que nos sorprende, que ha pillado perfectamente lo que hay que hacer cuando pensamos que está a por uvas – continúa su tutora. – O hace cosas como la que me contó Laura, su profesora de inglés, el otro día; que tu hijo le enseñó el collar del diente de tiburón que lleva, y le dijo: “Es un diente de tiburón”, y acto seguido, le soltó la misma frase en inglés.

En fin, que entre pitos y flautas yo lo que estoy, es preocupada.

Lo gracioso es que, a colación de esto, abro Twitter y veo cómo alguien refleja de manera totalmente fidedigna a El Cachorro:

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Le mando la captura al padre y me contesta: “Tal cual”. Es que es clavao.

Ah, pero, ¿sabéis que ha destacado su profe mucho? Lo educado que es. “Siempre me dice buenos días, buenas tardes… es un primor”. Ha querido extender el cumplido: “Eso son cosas que se traen de casa”. Pues hay un niño que ha dado problemas desde el primer año de infantil y ahí también está todo el mundo de acuerdo en que eso “se trae de casa”.

Yo he aprovechado para contarle el gran corazón que tiene. Que, aunque se queja cuando cree que hay favoritismos con su hermano, si él viene y le quita algo y yo se lo quito al pequeño para devolvérselo a él después de una ardua pelea, enseguida coge y se lo da motu proprio. Porque le puede la bondad esa tan fascinante que tiene.

Al día siguiente, cuando voy a recogerlo, ella me dice:

– Han estado pintando un trabajo y tu hijo tenía el pincel negro y otro niño lo quería también, y ha cogido y se lo ha dado, quedándose sin él cuando era el único color que quería utilizar. Le he dicho que había más y me he ocupado de darle otro – como queriéndome decir, “ostras, tenías razón y, a nada que me he fijado lo he visto con mis propios ojos”.
– ¿Ves? ¿Qué te dije?

Y, qué queréis que os diga, me encanta tener el hijo que tengo. Aunque sea tan despistado de que un día de estos se olvide hasta de que yo soy su madre.

Niños queridos y el harén de Don Bimbas

Tras recoger a mis hijos del cole, y a punto de arrancar, una mujer de mediana edad los saluda por la ventanilla con inusitados cariño y alegría. Ellos le devuelven el saludo.

– ¿Quién es? – pregunto a El Cachorro.
– La profe de comedor de Rodrigo.
– ¡Ah! Y os quiere mucho, ¿no?

Pero es que justo ayer pasó lo mismo. Nos montamos en el coche y oímos: “Simóóón, Pablooo”… Otra mujer con una gran sonrisa y más simpatía, saludando a mis hijos.

– ¿Quién es? – pregunté a El Cachorro.
– Mi profe de comedor.
– ¡Ah! Y os quiere mucho, ¿no?

No sé si mis hijos serán, como suelen decir en las pelis estadounidenses, “populares” entre sus amigos. Pueden serlo ambos, pero El Cachorro no lo sabe y se autoanula. Quien tiene madera de “popular”, en plan de llegar a ejercerlo, es Don Bimbas. En cualquier caso, no diría que actualmente lo sean. Pero me consta, porque lo estoy viendo, que lo son entre el profesorado. Populares de queridos, por educados, por tiernos y por simpáticos. Y de verdad que estoy más contenta que chupita, a la par que expectante, a ver quién será el próximo que salude a mis niños cuando nos montemos en el coche…

Y lo digo porque de esta manera obtengo información de interés. Porque, otro día, salgo de recoger a los críos del cole y nos topamos con María Jesús, su profe de religión. Un encanto de mujer que les tiene mucho cariño.

“¡Ay, mis niños! Pero mi Pablo… es tan tiernito… Bueno, ¡menudo Don Juan va a ser! Tiene constantemente a un montón de niñas alrededor de él, cogiéndole la manita”.

O sea. Me lo imagino aquí al majarajá en el recreo tumbadazo en unos almohadones mientras una niña le lleva gusanitos o chocolate a la boca, otra le hace cosquillitas en el cuello, otra masajes en las rodillas y otra interpreta para él cantando y bailando Let it go de “Frozen”.

Y él opina que son aburridas. Tendrá jeta.

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No sé de qué edad serán las niñas, si se refiere a las de su clase o más mayores, porque lo que yo he visto es que también conquista a las mayores, a las que él utiliza para que lo suban a algún columpio o, simplemente, le admiren, que lo hacen, y él se deja querer, y me lo veo en un futuro como una especie de gigoló.

Sin embargo, lo dicho, cuando le pregunto por quiénes son sus amiguitos en clase, me menciona a Gonzalito, a Leo, a Roi, a Lucas…

– ¿Y no tienes ninguna amiga niña?
– ¡No!
– ¿Y eso?
– No son divertidas.

No-te-jiba.

Para colmo, nos montamos en el coche y me chiva El Cachorro:

– Pablito está enamorado de dos chicas.
– ¿Cómo? ¿Qué dos chicas? – miro por el retrovisor a Don Bimbas, que está tan campante. Le importa tres pitos que estemos hablando del tema.
– Pues una que va a clase de Adara…
– Pero, vamos a ver, me estás hablando de chicas de tu edad – tres años mayores que el ínclito personajillo.
– Sí.
– ¿Y Pablo está enamorado, dices? ¿De quién?
– De Patricia. Pero también de otra.
– ¿Y por qué crees que está enamorado?
– Porque a la otra le cogió de la mano y le dio un besito en la mano. Pablo da besitos a las que le gustan –. Y Don Bimbas, lo dicho, tan ufano en su silla del coche. ¡Sin confirmar ni desmentir nada! Y, digo yo, que me lo conozco, que si fuera mentira, bien que hubiera protestado.

Tengo que indagar y reflexionar sobre este tema…

La tele

Cuando consiento y les pongo la tele, Don Bimbas, al cabo de un rato, se cansa y ya se pone a jugar, a marear al que tenga al lado, a petardear… Pero El Cachorro… El Cachorro se pone a ver la tele y hasta que la apagas. ¿Que es al cabo de media hora? Media hora (con protestas). ¿Qué es al cabo de cinco horas? Cinco horas (con protestas). Encantado de la vida, el tío.

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Lo de las cinco horas, o más, puede darse algún sábado al año de esos míos de pijameo desde la mañana a la noche, de esos días de tirados total, de estar calentitos mientras llueve en el exterior, comiendo rosquillas y palomitas.

Mirad cómo terminamos el día de hoy. Comiendo pizza y cocinando volovanes de chocolate.

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Madre, qué gusto.

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Yo creo que nos hemos ganado que nuestros hijos no nos manden a una residencia.

Amores que matan

Viene El Cachorro a despedirse de mí por la noche. Yo estoy trabajando y él se va a dormir. Me planta un beso de los que me atraviesan la mejilla. De esos que me trinca y pega sus labios a mi cara con fuerza inaudita, que me hace daño y todo, y se pega pegado diez minutos (sin exagerar). Se esfuerza tanto que, cuando se separa, me salta: “Te lo he dado tan fuerte que me he tirado un pedo”.

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Es único para echar al traste una gran escena de amor.

El incordio

Una casa de cuatro habitaciones, dos baños, cocina y salón y el Bimbainas tiene que ponerse a jugar sentado en mis piernas y utilizando mi mesa de trabajo… justo cuando estoy trabajando.

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Y va colocando coches y dice mientras choca con el brazo de mi mano, que está escribiendo: “¡Pi-piiiiii!”

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“¡Oye, majo! ¿No tienes otro lugar para jugar?” “No”, me contesta. Y ni se inmuta. Se queda tan ancho. Y así no hay quien escriba un diario ni nada.

Volcán de chocolate

Desde que El Cachorro, adorador absoluto del chocolate (no de otro dulce, solo del chocolate), descubrió el volcán de chocolate en La Tagliatella de Pamplona el día 5 de enero, ya solo piensa en eso. Ayer, que como con ellos en una gasolinera, cuando se los llevo a su padre a la finca, que pilla de camino a Pamplona (ando yendo y viniendo, aunque solo sea para un día), le preguntamos al camarero que qué hay de postre, y tras el “flantartadechocolateyogurmandarinasocaféoté”, salta El Cachorro: “¿Y volcán de chocolate?” Está obsesionado.

Hoy, el Señor de las Bestias decide darle gusto y lleva a los críos a cenar a un Gino’s. Mirad, mirad la cara de felicidad de El Cachorro con su ansiado volcán de chocolate.

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La verdad es que merece la pena inflarlo a azúcares y calorías. Da gloria verlo.

El regalo

Una mamá del colegio y su hijo invitan a Pablito al cumple de su amiguito. La celebración consiste en ir todos, unos 9 críos, al cine. Me parece de lo más original y acertado. Me gusta.

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Pregunto en el grupo de Whatsapp montado a tal efecto que qué va a querer el cumpleañero de regalo. La madre replica que acabamos de venir de Reyes y que no hace falta. Insistimos, pero al final nos informa de que han comprado un regalito de Lego y le dirán que es nuestro, que no hace falta que pongamos nada.

Eso es un poco horreur, porque ir sin nada nos parece un poco cutre, pero igual a ella le parece que lo es pedirnos 5 euros, que es lo que normalmente se suele poner en los cumples, cosa que no lo es (cutre). En cualquier caso, pienso en comprar un regalito. Pero, como os digo, tengo un panorama en Pamplona intranquilizador y al final acabo yéndome y endilgándole el marrón a Tato. Con “marrón” no solo me refiero a llevar a los niños al cole, sino a hacerse cargo de ellos al completo: cole, extraescolares, baños, cenas, etc. Pobre.

Hoy por la tarde ya me informa de que está yendo para el cine, y me pregunta por el regalo. “Leches”, pienso, “el regalo”. Le explico la situación. Que la madre nos ha insistido en que nada de nada, que lo mismo puede ofrecerse a comprar gominolas para todos…

Cuando llega, me llama:

– Somos los padres más cutres. Hay madres con bolsitas con regalos.
– No jodas, ¿todas?
– Bueno, alguna no.
– Uff, menos mal. No obstante, haz lo de las gominolas. Hay chuches ahí. Compra para cada niño.
– No.
– Por qué no.
– Porque no.
– Te da vergüenza.
– Sí.
Yampezamos.

Le insisto en que, de vergüenza nada. Que tiene que superar estas cosas. Es que le da vergüenza todo, madre mía.

– Es mejor que te ofrezcas y que no se quede con la idea de que somos unos ratas.
– Bueno, ya lo veo.
– … No vas a ir a decirle nada.
– No.

Si me lo conoceré…

– Bueno, pues deja al crío, ve a comprar un regalito y lo das a la vuelta. Dices que se te ha olvidado en casa…
– Bueno, ya lo veo.
– … No lo vas a hacer.
– No.
– ¿¿Pero por qué?? – Me saca de quicio.

Después de dejar a Don Bimbas, hablamos por teléfono y le vuelvo a insistir. De hecho, ha de ir a comprar ropa interior a los críos y calcetines, que tienen todos con una de tomates que parece que van al cole descalzos.

– Ya que vas al centro comercial, compras el regalito.
– Bueno, ya lo veo.

Y así.

Pasado un rato, exactamente cuando ya ha ido a recoger a Don Bimbas, me llama:

– Ahora todas las madres han traído regalitos.
– Ah, genial. ¿Y tú?
– Yo no.
– AH, GENIAL. ¿Ves? ¿¿Ves?? Las otras han espabilado y han aprovechado este rato para comprar el regalo. Y tú, mira, dejándonos como los más cutres de todos. Sin compartir el título con nadie. ¡Tienes que salvar nuestra reputación!
– Bueno, ya lo veo.
– No, ya lo veo, no. Vas y le dices que lo dejé comprado y que no lo has encontrado en casa o que se te ha olvidado o algo así.
– No me atrevo.
– ¿Quieres quedar como un cutre?
– No, yo digo que te encargabas tú y ya te apañas.
– ¡TE MATO! – capaz es.

Colgamos y me vuelve a llamar.

– Está abriendo sus regalos.

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– ¿Has hablado con la madre?
– No.
– Diiiile lo que te he dichoooooo…
– ¿Qué le digo?
– Pues que lo teníamos comprado y que no lo has encontrado en casa.
– No me va a salir. Me va a cazar.
– Que no te va a cazaaaaar, que tú mientes muy bieeeeeen.
– No, no me va a salir.
– Pues dile que te lo has olvidado en casa.
– Noooo.
– ¡¿Cómo que no?! ¡Hijo, no es tan difícil!
– …
– Bueno, y si se nota que es trola, por lo menos ve que nos avergüenza ser cutres y que lo vamos a solventar, que no somos unos jetas.

Ese argumento parece convencerlo. Al poco…:

– Ya se lo he dicho.
– ¿Sí? Qué bien. ¿Qué le has dicho?
– Que me lo he dejado en casa y que el lunes se lo llevamos.
– Ah, estupendo.
– Luego – me recomienda – mándale tú a la madre un mensajito tipo: “Me ha pasado una foto de tu hijo abriendo regalos y cuando le he preguntado si le había gustado el nuestro, ha dicho que no lo había llevado, casi lo mato”, y así cuela más.
– Jaa, ja, ja. Bueno, ya lo veo.

Por la noche, estando con mis amigas de Pamplona, les enseño la foto de Don Bimbas con los compañeros de su clase. Le pasan todos tres cabezas. “Hombre, el del cumple le lleva un año, porque cumple en enero y mi hijo en diciembre”, apunto. Pero como soy una tipa bastante objetiva, añado: “Claro, que supongo que no todos los amiguitos han nacido en enero… Vaya, que no hay más que vernos, sobre todo al padre”. En su familia sufren canijismo. Así que no podemos pretender que mis hijos destaquen por su altura, precisamente…

Lo raro es que esta semana ha ido a la revisión de los 4 años y nos han dicho que en cuanto a altura está dentro de la media.

En fin, que la cosa continúa…

Al día siguiente, el Señor de las Bestias, pequeñito pero matón, se lleva a los críos a hacer una ruta con el coche por Guadalajara. Caída la noche, ya de vuelta a Madrid, hablamos por teléfono:

– ¿Te acuerdas de que quedaste con la madre del cumpleañero en que le llevabais el regalo mañana lunes?
– ¡Ay, es verdad! Pues a ver qué hago. Llevo a uno dormido y son las mil.
– ¿Y no se te ocurre pensarlo antes?
– ¿Y dónde coño narices lo compro, en medio del campo?
– ¡Pues vuelve antes, hijo, que lleváis desde las nueve de la mañana danzando y ya tienes a uno mórtimer total! ¡No hace falta reventar a los críos durante 13 horas! Aaaay, en fin, despierta al peque y vais al centro comercial – qué guay son los centros comerciales, que abren en domingo y hasta las diez.
– Bueno, ya lo veo. – Qué manía tiene este hombre de dejarme con el intríngulis hasta el final.

Confío en el corte que le puede dar cruzarse con la madre e ir con las manos vacías. En efecto, ese pensamiento ha debido cruzársele por la cabeza, que al rato me llama y me pregunta que si un Lego de 26.90 euros está bien.

– ¿¡26,90!? ¡¡Pero, hombre, Tato, no te pases!! ¡Eso no se lo han gastado ni sus padres! ¡Ni de broma!

Ya no me vuelve a llamar. Yo soy más comedida (una rata, a sus ojos) y más práctica (también de la liga “Tienen Demasiados Juguetes”), y además soy capaz de tenerlo dando vueltas en busca del regalo perfecto: bueno, bonito y barato. Así que decide actuar por su cuenta, y adquiere un Lego algo menor, de 15,50 €.

Yo ya me doy. Que entregue el regalo y acabe con esta pesadilla, por Dios.

Abusones

Me llama el Señor de las Bestias. Una vecina amiga le ha llamado para decirle que El Cachorro y su mejor amigo, vecino a la par, se han metido, o han “molestado”, a su hijo, un año menor.

Por lo visto el mejor amigo de mi hijo ha dicho que ese niño le había copiado el abrigo (es decir, ha buscado una excusa cualquiera para ir a tocarle las narices), y El Cachorro, que siempre se ha dejado llevar por él, le ha ayudado “agarrándole”.

BUENO.

Llego a casa, lo cojo por banda y le meto una charla del copetín. Que a ver qué ha pasado, que si le parecería bien que le hicieran a él lo mismo, que cuántas veces le he dicho que no hiciera lo que no le gusta que le hagan a él, que a ver si tiene más personalidad y, sobre todo, que vaya par de cobardes, meterse dos contra uno, por un lado, y encima con alguien más pequeño, por otro. Que lo que tiene que hacer es defender al débil, que es lo que hacen los superhéroes, no aliarse con los malvados, sino ayudar a las personas.

Es que no soporto eso. Si te vas a meter con alguien, que sea con razón y que esté a tu altura o por encima. Así que, ya que fue tan “valiente” de coger al crío porque se lo dijo su amigo, le digo que también lo tiene que ser para pedir perdón… a la cara (“¿No puede ser por el móvil?” “NO”) y ocuparse de que su amigo no estuviera triste. Porque es que, encima, manda narices que van a meterse con un crío del grupo, que nos vamos todos juntos de casa rural y todo y juegan siempre juntos.

En un principio dice que prefiere ir solo a casa del vecino. Sale y vuelve. “No, mejor contigo, que me da miedo” (es la hora de la cena). Así que vamos los dos y nos plantamos en la puerta de su casa. A pesar de haberle dicho qué le tenía que decir, en plan “me he equivocado, perdona, no volverá a pasar, somos amigos”, etc., una vez en la puerta del crío, solo se acordaba de “perdón”. Así que, entre su madre y yo, le hemos ayudado a disculparse.

Y, no ya porque haya tenido que ir allí, sino por la charla que hemos tenido, en la que ha quedado patente lo decepcionada y triste que estaba con él, y también lo grave del asunto, sé que todo esto le ha calado. Que a veces es mejor que ocurran cosas para ponerles solución y dar lecciones imprescindibles.

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Cuando volvemos a casa me abraza: “No voy a pegar a nadie, mamá. Voy a defender”. Y me lo creo, mira tú por dónde.

Retrato familiar

Saca Don Bimbas un dibujo que ha hecho en el cole para enseñármelo.

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– ¡Somos nosotros, ¿no?! – siempre me he caracterizado por mi sagacidad.
– Sí. Ete papá, ete más grande Simón, ete Pablito y ete mamá.

Opino que hemos salido guapísimos. Y sé que, que me haya pintado a mí de otro color, algún significado tendrá, aparte de que soy la chica de la casa. No sé cuál.

También ha dibujado mi cara distinta. Me dice, señalándome la boca, que es que yo soy así y así, mientras toca las comisuras de los labios. No sé a qué se refiere y ahora tengo una mosca terrible por saber cómo se supone que soy, que además no soy como ellos.