El secreto mejor guardado

Lleva unos días El Cachorro no dejando que veamos qué está haciendo en el salón. Hoy, que se había vuelto a encerrar y a montar un pollo a Don Bimbas si se asomaba, por fin, cuando me asomo, deja que entre:

– Ya he terminado lo que no quería que vierais.

Entonces se acerca con la mano detrás y dice:

– ¡El ultra… – saca la mano con un avión de papel – … avión Ferrari!

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Está superorgulloso de su prototipo.

– He estado tres días haciendo este avión – y me va explicando los detalles –. Mira, aquí el año en el que se fabricó (2019). Y aquí el número 34, bueno, ese ya venía, pero es que solo hay 34 aviones como este.

Es exclusivo total.

– Y no has visto la parte de abajo. Aquí el logo de Ferrari, aquí unos misiles – nunca están de más, unos misiles –. Y aquí no sé si te has fijado en que Italia está escrita con los colores de la bandera. Y es el número 1.

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Está claro que ha invertido mucho tiempo en el diseño.

– Y en el alerón pone otra vez Ferrari.

Lo tiene al más mínimo detalle, no se puede negar. Un pedazo de avión, es, un avionaco.

A su bola

Hoy Don Bimbas creo que me la ha colado. Se ha pegado la noche tosiendo y en un par o tres de ocasiones, quejándose. Se ha venido a mi cama (luego el otro), y yo no he dormido lo que se dice… lo necesario.

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El caso es que, a mis dos hijos, que ayer se acostaron un pelín tarde, les ha costado levantarse la misma vida. Y el pequeño, ha empezado a llorar, que se encontraba mal. Es cierto que, al tocarlo, estaba caliente. El termómetro indicaba un 37’1º, tampoco nada alarmante. Pero él no quería ir al cole. La verdad es que se ha mostrado muy convincente en cuanto a su malestar. No obstante, lo he vestido de cole y le he dicho que íbamos a llevar a su hermano mayor y que luego volvíamos. “¿Me lo prometes?”, me ha dicho, con vocecita lastimera. “Te lo prometo, hijo”. Pero albergaba la esperanza de que, una vez en el cole, es más, una vez en la puerta de su clase, a la que he ido para avisar de que no iba a ir, se arrepentiría. Pero no, no ha colado. Y mira que he insistido.

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Una vez hemos salido del cole, va y me dice, con toda su jeta:

– ¿Vamos un ratito al parque?
– ¿Cómo? ¿Al parque? Oye, majo, si estás para ir al parque, estás para ir al cole. ¿Te llevo?

Y entonces se ha callado y ha tirado. Nos hemos ido a hacer una pequeña compra, y a casa. Enseguida ha manifestado que se aburría. Que si podía ver la tele.

– Uy, no, cariño. La tele da dolor de cabeza. Lo que tienes que hacer es acostarte en la cama, que estás malito y por eso no has ido al cole.

¡A ver! Como vaya al parque, como vea la tele, como haga todo cosas rechulis, me lo veo “enfermo” todos los días.

Pero pronto se ha ido a su cuarto y ha “desaparecido”. Se ha puesto a jugar con los cochecitos. Y me priva lo mucho que se entretiene él solo. Lo capaz que es de divertirse con juguetes en vez de dar por saco con la tele y la tablet y que si jugamos juntos y tal.

Al rato, viene: “¡Mamá, mira qué atasco! ¡Mira qué chuli!”

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Este no se distrae viendo deslizarse a sus coches por la rampa. A él le va más sembrar el mal. Es un antihéroe de libro.

Sigo con mis quehaceres. Hoy me ha dado por ser una madre modelo, y estoy haciendo caldo casero. Cuando pasa bastante tiempo, me asomo a su cuarto. Sigue entretenidico. ¡Pero es que lleva igual dos horas así! Ahora agrupando coches. Siempre le gusta formar filas de coches. Es en lo que más tiempo invierte. Le encanta. Pero hoy es la primera vez (que yo sepa) que lo hace por colores.

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Después vamos al médico, volvemos y sigue con sus coches. Y un poco más tarde aparece en mi estudio con el Tragabolas.

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– Cariño – le digo – ¿ya has recogido todos los coches?
– Sí – me contesta – Todos.

Flipo. Jamás recoge nada.

– ¿Todos, cariño, de verdad?
– Sí, todos. Pero no solito. Me ha ayudado un fantasma.

No doy crédito. A lo del fantasma sí. No doy crédito a que esté todo recogido. Y voy al cuarto.

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FLIPO.

Ese fantasma tan responsable y ordenado… ¿habrá poseído a mi pequeño?

Mira, yo pensaba que me iba a dar la mañana, y ni me estoy enterando. Para que luego diga (yo, para que luego diga yo).

Por favor, Diosito, que todas las enfermedades sean así.

Echar de menos

Retomando el post de ayer… El Cachorro es el hijo al que no le cabe el corazón en el pecho. Es un “echador de menos” profesional. Todo un sentimental. Aunque a veces no sé si es de boquilla, porque si se va solito con sus primos, por ejemplo, dos días, en ningún momento se le ocurre pedir un móvil para llamarnos.

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El caso es que, si alguien viene a estar con nosotros, y al cabo de un tiempo (un fin de semana, una tarde…) se va, es ver alejarse el coche y saltar El Cachorro: “Ya lo echo de menos”…

Hoy su padre se ha ido a un rodaje a Cádiz. En la calle, al lado del portal, nos despedimos de él. Sus dos hijos le dicen lo mucho que le quieren y la furgoneta echa a andar. Ellos van detrás. Su padre les dice que no le sigan. Y en lo que se separa cinco metros, diez a lo sumo, se da la vuelta El Cachorro y me dice: “Ya echo de menos a papá”. Qué tío.

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Aunque eso viene siendo normal. Pero, más tarde, quedamos con una amiga mía que vive en Londres. Tomamos algo en una terraza mientras los críos andan con las bicis y petardean por ahí. Ella no es que intercambie muchas vivencias con ellos, más que alguna miniconversación. Pues bien, la acompañamos hasta una plaza cuando se va y, de nuevo, nada más decirle adiós, me viene El Cachorro a decirme que la echaba de menos. No es la primera vez que la ve, pero como si lo fuera, porque no se acordaba de ella. ¡Y que la echa de menos! “Es que no sé qué me pasa que, aunque acabe de conocer a gente, se separa un poco de nosotros ¡y ya la echo de menos!” ¿Es un caso o no es un caso?

Monería legendaria

Estoy días estoy llevando a los críos al cole en el Defender, el coche favorito de El Cachorro, que parece un tanque, con el que no pasamos, lo que se dice, desapercibidos. Para colmo, van los críos gritando desde el coche, llamando la atención, por si este no fuera lo suficientemente cantoso. Les hace ilusión que sus amigos les vean en él. Así que, en los aledaños del cole, andan con media cabeza fuera, desgañitados: “¡Marco, Marcoooooooooooooooo!”, llama uno entre alaridos, “¡Leo, Leoooooooooooooooo!”, chilla el otro como un poseso.

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En esto que saludan ambos a un niño más de la edad de El Cachorro y les pregunto quién es. Me lo explica El Cachorro (menos mal, con el otro no me entero).

– Es un amigo de Rodrigo – su mejor amigo, de su misma edad.
– ¿Y os saluda a los dos?
– A mí porque soy amigo de Rodrigo y a Pablito porque es muy mono.

El hermano mayor es muy consciente del poder de atracción del pequeño. No en vano, si se junta con su mejor amigo, Rodrigo, y está Don Bimbas, Don Bimbas y Rodrigo (“Rogui”, como le llama el peque) se vuelven uña y carne y eso a él, lógicamente, le sienta como un tiro.

Ahora tiene que aguantar que, además, los amigos de su mejor amigo consideren a Don Bimbas como uno más de la manada. Pero, os digo una cosa, lo tiene bastante asumido. Porque tiene un corazón que no le cabe en el pecho.

¡Eso sí que no!

No sé de dónde han salido unas bicis, dos de adulto y una pequeña, algo curraditas, que hay en la finca. Pero el Señor de las Bestias da por hecho que son para cogerlas. Opina que la bici de Don Bimbas se le ha quedado pequeña. Más que pequeña, lo que le pasa es que ya va siendo poca cosa para nuestro máquina. Así que decide que se quede con esa que está ahí tirada. Como tiene el sillín que parece que ha sido devorado por caimanes, voy al Decathlon a comprarle uno nuevo. Y está más contento que ni qué.

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El que no lo está tanto es El Cachorro. Resulta que esta bici es igual de grande que la suya, y eso le parece el acabose. Hay que decir que quien necesita entonces una más grande, es él. Pero, de momento, ahí van. Don Bimbas, que no llega al suelo con los pies, pero va aprendiendo a apañarse, y El Cachorro, que pedalea con más energía de lo habitual… (¿será el cabreo? ¿Ahora se tiene que distinguir de su hermano haciendo el burro?)

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Que no se enfade tanto que, en esta casa, el que siempre estrena bici es él. El otro hereda.

Soy, evidentemente, una infeliz

En los últimos tiempos ando peleando con Don Bimbas para que se lave los dientes. Con el cepillo ya en la mano y yo al lado, con mirada amenazante, siempre se le ocurren mil excusas, que si me pica esto, que si tengo pis, que me duele la pierna, que… Cualquier cosa, con tal de demorar ese momento. Me pone de los nervios y andamos a la gresca.

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Por otro lado, es que es el niño que menos tendría que dejar de lavarse los dientes, pues ha salido laminero como yo, y le gusta más un dulce o un chocolate que las mujeres a Julio Iglesias. Por supuesto, yo esta afición se la ando controlando. Come más que yo cuando era pequeña, pero no creo que coma mucho, no se lo suelo consentir. Y, desde luego, no cuando a él se le antoje ni porque sí. Eso no quita para que me proponga comer chuches o cualquier otra guarrería con azúcar a todas horas, en cuanto ve una o se acuerda.

Ve una bolsa de m&m’s. Y me ronda:

– Ya no comemos de eso – suele ser muy sutil – ¿Puedo comer?
– Si luego te lavas los dientes bien, bien, bien, ¿vale? – le digo tantas veces que no, que hoy decido que sí. Pero con esa condición. A ver si, así, además consigo que se lave los dientes sin gresca previa.
– Vale.

Y salta El Cachorro:

– ¿En serio vas a confiar otra vez en él?

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Jaajajaa. Es que, recientemente, le dije lo mismo: “Si te dejo ahora comer esto, luego te lavas los dientes muy bien, ¿hecho?” Nos dimos la mano y todo. Y a la hora de la verdad, el canijo, me dijo que tururú. Y a El Cachorro esas afrentas no se le olvidan tan fácilmente…

Proezas

Llegamos, oh milagro, antes de tiempo al cole. Así que dejo que mis peques se diviertan en el parque de al lado. Y como no hay más niños con los que se distraigan, todo es un “¡mamá, mamá, mírame!”, por parte de los dos.

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El pequeño se desliza por dos barras y me dice: “¡Mamá, mira lo que hago difícil que ninguno de mis amigos puede hacer!” Y estoy segura de que ninguno, a su edad, hace algo igual. Se está dando cuenta de lo crack que es.

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¿Y el otro? No baja, no. ¡Sube por la barra!

Y se cuelga como un mono.

Y así me dice la gente que son mis hijos. “Como monos”.

Y como Induráin… Estoy flipanding con El Cachorro. Acomete una cuesta (arriba) con la bici, que se las trae, entera. Pero es que su bici es muy básica, muy chiqui, y, por supuesto, no tiene marchas. Pues no ha hecho ni levantar el culo del sillín.

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¿De dónde sacan tanta fuerza? ¿Cómo son tan atléticos? ¿Por qué tienen tanta energía para todo… menos para cuando digo que tienen que hacer deberes, que les entra la debilidad total?

Un tipo muy legal

Tengo un hijo (El Cachorro) con mucho honor. Es impecable, el tío.

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Resulta que llegamos a la zona donde los críos hacen fila, por clase, a la espera de que llegue su profe y se metan, en fila, a clase. Lo de “en fila” es por decir, porque a los críos se la pela quién esté primero o después. No es una fila rígida, no es una fila que tenga que estar perfectamente hecha, no es una fila donde tenga importancia la posición ni el orden de llegada… están los críos un poco a rebullón y la fila que se forma, se hace de manera natural. Entonces, como digo, llegamos a la zona donde se depositan a los críos y El Cachorro y yo iniciamos nuestras carantoñas de despedida. “¡Un beso, mamá!”, “¡espera, otro beso!”, y así. En esto que las clases ya han empezado a entrar al cole, y pasa la profe de la suya, seguida de sus compañeritos. Le dice: “Venga, Simón, ven”, y él, en vez de unirse y hacer caso a la invitación de su profe, se queda quieto.

– ¡Pero venga, cariño, entra! – le animo.
– ¡Tengo que ser el último! – me replica – ¡Yo no me cuelo!

¿Habéis visto mayor integridad que esa?

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Vergüenza de madre

¿Pues no bajamos en el cole al patio de los pequeños, donde están las clases de infantil, llevo a Don Bimbas en brazos (mientras pueda cogerlo, le digo que sí, que le cojo, de mil amores, cada vez que me echa los brazos – que no os penséis que son muchas –) y en cuanto nos acercamos a su clase y hay amiguitos merodeando, se me escabulle y me dice: “¡No me cojas!”?

¡Argh! ¡Se avergüenza de mí!

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Qué palo, madre mía. Acostumbrada a El Cachorro, que me colma de besos y de mimos hasta hoy, a tres meses de cumplir ocho años, que a este mico le entre vergüenza porque su mamá le coja, me parte en dos. ¡Maldito crío!

Expresión plástica

Nada más llegar del cole con la chica, Don Bimbas empieza a liarla. Hoy le han dado a El Cachorro en clase de música una flauta, y está encantado. Y el pequeño la quiere perpetrar tocar también. Pero el mayor, propietario del instrumento, no se la quiere dejar. Y hay lloros.

Entonces me pide los patines que son de su hermano y que ayer este rescató del olvido. Los tiene desde hace tres años y ayer fue la segunda vez que se los puso, y con poco éxito, pues los descuajeringó. Su padre los arregló por la noche y Don Bimbas los quiere probar. Pero los quiere ahora. Y yo le digo que ahora, que no son ni las cuatro de la tarde y estoy trabajando, no. Que luego, cuando bajemos al patio. Y llora. Y grita. Exige que ahora. Y yo le digo que como siga por ese camino, ni ahora ni después.

Y se enfada (más).

Así que abre el armario donde tengo cosas de papelería, coge unos rotuladores y dice, enfurruñado: “Te voy a hacer un dibujo”.

Me sorprende que me quiera agasajar con un dibujo, la verdad. Sus enfados no suelen ir aparejados a gestos altruistas de cariño ni a regalos.

Al ratito vuelve y me da su dibujo con sonrisa traviesa.

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Menos mal que su hermano está al lado y me dice de qué se trata, porque yo, sinceramente, lo veo como todos los demás que suele hacer. “Te ha dibujado con pelos de loca”. ¡Ah, que soy yo!

– Fea – amplia Don Bimbas la información. Y se ríe.
– Aaaanda, con que esas tenemos.
– Sí, pelos de loca.

Y se va tan contento, saboreando su venganza.

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“Pelos de loca y fea”. Pero qué malvado, ¿no?