Glotón

Hoy he ido a desayunar a una pastelería de esas modernas que parecen antiguas, romántica y remona, con una vajilla de abuela preciosa y unos dulces de caerse para atrás de la silla.

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El Señor de las Bestias y yo nos hemos pimplado una tartaleta de chocolate blanco con pistacho, una tartaleta de limón con merengue, una tartaleta de fresas con crema pastelera y brownie.

Y hemos comprado para llevar un alfajor de dulce de leche, otra tartaleta de limón con merengue, una tarta red velvet y una palmera.

Yo es que no tengo medida con estas cosas.

Total, que por la noche les digo a los críos que como postre tengo una sorpresa. Saco la red velvet, que es una porción de escándalo, y la parto en cuatro trozos.

Pues bien, Don Bimbas se ha lanzado en plancha y se ha zampado tres del tirón. Ya el último se lo ha metido en la boca como el gumias terrible que es y lo ha tenido que escupir y lo ha dejado en el plato.

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Ahí ya me he enfadado: “Eso está fatal, majico. Ahora no nos podemos comer nadie ese trozaco, tú porque “o tuta” (“no quiero más”) y nosotros porque tiene todas tus baburcias”. Pero eso a él no le ha importado nada. Lo que no sabe es que la próxima vez voy a vigilar y voy a racionar. Esto a mí no me lo repite.

Cuerpos diluidos

Mis hijos han estado ayer y hoy fuera de casa. Por cómo han traído la ropa, deduzco que se lo han pasado de muerte.

A la hora del baño, a El Cachorro se le ha ocurrido colocar la ropa que llevaban puesta él y su hermano en el suelo: “Para que veas bien las manchas”.

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Yo creo que las manchas se pueden ver desde la sonda espacial Voyager. Marraneo total.

A mí lo que me ha gustado es ver cómo El Cachorro, con la excusa, ha compuesto sus cuerpos en el suelo. ¡Parece como si se hubieran desintegrado!

Sin hijos

Sorpresivamente hemos conseguido colocar a nuestros mostrencos por la noche. Así que me he vestido de supermujer…

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… y me he echado a los mundos con el Señor de las Bestias.

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(Ups, no veas si se transparenta).

Nos hemos ido a tomar una michelada a un garito, a cenar en un sitio de moda, hemos vuelto tarde… Muy superguay todo. Pero lo más superguay ha sido lo de después…

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¡Hemos podido dormir seguido, sin nadie que nos despertara!

Lenguaje cinematográfico

Hoy, una pequeña lección sobre el tema audiovisual (en este caso visual solo).

Esto es un plano.

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Y esto, el contraplano.

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Y este figurante es un señor que se había puesto en esa esquina, apartado, pensando que en ese jardín urbano solitario en el que apenas transita gente, iba a estar en paz. Hasta que se han acercado dos chiquillos con energía desbordante, se han puesto a trepar a su vera, el pequeño de ellos, en el fragor de la escalada, sin querer le ha sacudido una patada en la cabeza, y han comenzado a gritar para el otro lado: “¡ESTOY AQUÍÍÍÍÍ!”

Y todo, en general, es un capítulo más de la serie “Madre de El Cachorro y Don Bimbas en apuros”.

Inquietudes artísticas

Nos vamos a una exposición fabulosa en el CaixaForum sobre la competición en la antigua Grecia, con piezas del British Museum, y a mis hijos lo que les viene a hechizar es…

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Asomarse por los bajos y entablar una conversación con alguien que está al otro lado.

Bueno, menos mal que a la salida, su abuelo le ha dejado a El Cachorro su máquina de fotos. Los de alrededor lo han flipado, claro. No tanto como lo podía haber flipado el abuelo si al peque se le llega a caer al suelo. (Por si os preguntáis de dónde sale mi inconsciencia natural).

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El Cachorro se ha empecinado en sacar una paloma al vuelo. Así que se ha dedicado a perseguir a cualquiera que se ponía tiro. Hasta tal punto que cuando ha fichado una e iba hacia ella, se han interpuesto en su camino un padre con sus dos hijos, decididos a espantarla, y cuando él ha visto lo que estaba a punto de suceder, ha gritado “¡No!”, y los que se han espantado han sido ellos. Y él ha podido perseguir a esa paloma en exclusiva para sus propósitos.

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No ha tenido suerte.

Don Bimbas, por su parte, se ha apropiado de mi móvil y ha hecho sus pinitos.

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No vamos a ganar en discos duros para guardar tanto arte incipiente (que hay que guardar, porque cuando luego me inviten a programas como madre de los artistas, tendré que enseñar cómo empezaron…)

Pero es que esto es un no parar. Una vez en casa, mi digno heredero se inclina por otro tipo de instantánea: la autofoto. (Donde el verbo inclinarse se utiliza en toda su plenitud).

madre 10 (5)Esto, señores, es una autofoto en la que el autor ha querido salir inmortalizado junto a su obra.

Como es un artista que cuenta con mucha autocrítica, ha considerado que no le había salido bien del todo, que su creación no se podía admirar en su plenitud, y ha optado por sacrificar su imagen en pos del arte.

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Aun así, también ha querido innovar.

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Si es que es imposible contener su torrente creativo. ¿Os sigue extrañando que vaya guardando todo lo que hacen mis niños? En breve sus obras estarán muy cotizadas y ME VOY A FORRAR.

Y ya sé cómo será mi mansión. Es una que, por supuesto, ya ha diseñado El Cachorro. Estos son los planos:

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Lo del centro es el salón con su sofá. Lo del lateral, las escaleras. Lo de arriba, las habitaciones, que hay hasta cocina con su nevera. Y lo que cuelga, un tobogán que acaba en el agua.

Ha sabido reflejar perfectamente mis gustos.

Despistado al cuadrado (para lo que quiere)

Sí, El Cachorro es un despiste con patas. Le pides algo y lo olvida al segundo. Te viene y te pregunta qué es lo que le habías mandado. Se distrae con una mosca. Y hoy, otra prueba más que confirma su despiste: le digo que se cambie de pantalones y…

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Se los estaba poniendo encima de los que llevaba puestos.

NO HA SIDO ADREDE. No ha sido para hacer la gracia. Ha sido de verdad. Es un caso.

En cambio, no se despista NA-DA en la siguiente situación…

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Quería foto con él. Y zas, a hacer el ganso. Aunque sea a traición, nunca lo pillo normal. Se percata de que se está gestando una foto y pone cara de lelo. Le mola boicotearlas.

Pero ¿¿solo las que salgo yo?? No hay cosa que más me JOROBE que sacar fotos yo al Señor de las Bestias con sus hijos y que sean todas tiernas y molonas. ¿¿Por qué las mías no?? Estoy más quemada que el palo de un churrero.

Alehop

Que me quiere enseñar mi hijo cómo se tira por el tobogán. Así que va, se prepara…

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… y…

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Ea. El nuevo uso del tobogán: SALTARLO ENTERO.

¿Pero qué esperaba, que se sentara y se deslizara? Anda ya.

En cambio, lo que tenga algo de pendiente, automáticamente lo convierte en tobogán.

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Don Bimbas lo lleva a tal extremo que se tira por esta barandilla de cabeza, a lo bruto. Es que hacerlo sentado no tiene tanta gracia.

Es como burrico. En casa, miradlo:

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Echa a correr por el pasillo con calcetines y a punto de resbalarse vencido por el peso del megacasco que lleva puesto. Pues porque lo cogí en volandas. Que, aunque lleve casco, no me apetece que me lo casque.

Que todavía tenga Don Bimbas la crisma intacta me asombra.

Sigo intentando asumir que he parido a unos niños que no pueden evitar hacer el simio.

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Cualquier cosa que tenga un soporte, por mínimo que sea, le sirve a El Cachorro para subirse encima. A veces a sitios que son de susto, y provoca que haya gente que se pare a su lado y le preste su ayuda para bajar de ahí. Y así va por la vida, asustando al personal y dejando a su madre fatal, incitando a que los demás piensen que soy una auténtica irresponsable.

Vamos, que cuanto más alto suben ellos, más baja cae mi reputación como madre. Menos por dentro. Por dentro me inflo y salgo volando hasta la estratosfera.

Descubriendo a mi hijo

Eso de “nadie conoce mejor a mi hijo que yo, que soy su madre”, me parece que no va conmigo. Sí, hay cosas que sé de mis hijos, como que son duros de roer y sus cabezas están hechas de algún tipo de aleación hiperresistente, por la que, aunque les salga un chichón del tamaño de una mandarina, ellos ponen al mal tiempo, buena cara.

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Pero reconozco que yo hay cosas que no conozco de mis hijos.

Es decir, puedo adivinar sus reacciones, saber cómo les sienta una cosa u otra, y también cómo son, qué carácter tienen… Pero hay cosas que no termino de decodificar bien.

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Sostengo siempre que Don Bimbas es de carácter fuerte, que lo es. Y que se tuerce por nada, sin razón aparente. De repente se enfurruña por algo que no le ha caído bien, cualquier nimiedad, y se queda como traspuesto. Parado, con el ceño fruncido, mirando al infinito.

Pero creo estar descubriendo por qué. Gracias a una compañera de trabajo que ha tenido que lidiar con el hijo de su pareja, un niño que tuvo que ser arrebatado con siete años de su madre medio chalada para tener una vida normal, pues el crío estaba sin escolarizar, era abandonado en casa solo mil veces… en fin, un drama. No habiendo aprendido sociabilización básica ni habiendo tenido una relación normal y fluida con sus más próximos, al niño le costaba comportarse bien. Esta compañera ha tenido que aprender de psicología, de gestión de emociones… de todo. Y me empezó a relatar que hay niños que se frustran y no saben cómo manejar situaciones, y tienen reacciones de enfado o de rabia. Y yo lo he extrapolado a mi pequeño y creo que no es que de repente se tuerza, porque sí, es que lo hace porque no sabe de qué manera expresar lo que le ocurre. Y algo le ocurre. Porque cuando “se tuerce”, aunque a veces parezca que es porque sí, sin embargo siempre es porque algo o alguien le ha contrariado y él… se ha avergonzado. ¡Resulta que mi hijo pequeño también es tímido! Otro tipo de timidez, pero lo es. El hecho de que alguien le llame la atención, aunque sea de buenas maneras, ya sea para decirle que tal cosa no se hace o que se ha confundido haciendo algo o que se va a hacer daño si hace tal cosa, le avergüenza. Y se cierra.

Es eso lo que le pasa. Y yo voy y lo descubro a dos meses de que cumpla tres años.

No habla

“Vuestro hijo no habla”, es lo primero que nos suelta la tutora de Don Bimbas a su padre y a mí.

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Reprimiéndome las ganas de soltarle un “¿¡Cómo!? ¿¡Qué habéis hecho con él!? ¡En casa recita a Shakespeare!”, le confirmo que sí, que no habla. Que ya me había percatado. O, bueno, sí que habla, pero en su idioma, que no hay quien entienda. Yo tengo que hacer de intérprete siempre y no de todo lo que dice, pues la mitad no se lo pillo.

Como sabéis quienes me leéis, yo no estaba preocupada en absoluto. Tampoco es que lo esté ahora… mucho. Pero es que su profesora nos lo ha planteado como si fuera un problema. Nuestro hijo de dos años y casi diez meses se expresa como un niño de uno. Nuestro hijo (que es el más pequeño de sus compañeros) es el único que no habla de toda la clase, porque hay una niña que tampoco destaca por su verborrea pero al menos construye frases de dos palabras: verbo y sustantivo, como “quiero agua”, y no solo “ába”, como dice mi hijo.

“Bueno, él también utiliza dos palabras, porque “Inao” significa “he terminado””, intento defenderlo. Pero no ha colado. Así que nos ha encomendado la tarea de obligarle a decir más cosas.

Obligarle. A mi hijo… ¡JA!

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Ahí es cuando su padre y yo le hemos tenido que poner al corriente de cómo es, del carácter que tiene, de lo difícil que nos resulta lidiar con él a pesar de no haber sido unos padres permisivos de los que intentar calmar las rabietas de su retoño dándole lo que está pidiendo a gritos y lloros.

En cualquier caso, yo de todo tomo nota y ya he empezado a trabajar. Don Bimbas me ha soltado un “¿itá?” (¿Dónde está?), yo le he hecho decir “dónde” por un lado (“one”) y “está” por el otro (“etá”), y cuando le pido que repita “dónde está”, ¿qué creéis que ha dicho? Exacto: “¿Itá?” Así, siete veces. Nos va a costar.

(Yo tengo la teoría que el que está alargando esta situación es el propio Bimbín. Creo que ve la cara de bobalicona que pongo cuando lo oigo hablar como habla: “Mammá, éte, atí”, que se pone de un tierno que me arrobo por nanosegundos, que le imito y todo y me lo zampo a besos, y me parece que ha decidido que le compensa no hablar normal para seguir teniéndome derretida ante él como una pava.