Gloria bendita

Ayer leí uno de esos escritos nostálgico-lacrimógenos en el que se hablaba de cuando dejas de oír “mamá, mamá, mamá” todo el rato, de cuando dejas de tropezarte con juguetes por el pasillo, de cuando ya no eres la persona infalible que eras sino una humana llena de defectos, de cuando tus hijos te dejan de necesitar… en fin, de cuando tus hijos crecen, de la putada que es la vida.

Y yo, que sin haber leído nada ya me olía algo así y ya andaba achuchando sin parar a mis retoños, hoy que se me ha introducido Don Bimbas en la cama, ese ser que desgraciadamente va a dejar de ser mi bebé en un cuarto de hora, lo he disfrutado tanto que casi me estalla el corazón. ¿Sabéis de esos momentos en los que, de repente, eres consciente de algo? ¿Y lo valoras y lo disfrutas y lo exprimes? Pues eso me ha pasado.

Dormir con un chiquitico junto a ti, especialmente si el chiquitico es un mimoso de tomo y lomo que normalmente se te pega y se te abraza con fuerza, es GLORIA BENDITA.

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Aunque a veces se me olvida, como cuando quiero ver una película y se me sienta encima y está todo el rato llamando mi atención y es un pesadillas total… 😉

Reflejos de la inteligencia

Hace El Cachorro unas chapas.

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¿No os parecen geniales? La semana pasada tuve tutoría con su maestra. Me dijo que era de los más inteligentes de la clase.

Disculpad, voy a hacer un alto en el relato para secarme la baba.

(…)

Ya.

Le pregunté que en qué se notaba eso. Me dijo que en lo creativo que era. Que cuando pide dibujar o colorear algo, a él siempre se le ocurre una manera distinta al resto, y fantástica.

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Ah, pero no es oro todo lo que reluce. Me dijo que todo lo que tiene de inteligente, lo tiene de despistado. Que no se entera de nada. Que vive en un mundo paralelo. Supongo que se refiere a la Inopia. Es un lugar que yo de siempre he frecuentado mucho.

Bueno, dicen que los grandes genios de la historia fueron también unos despistados de categoría…

De categoría sigue siendo también su estrategia para pedir cosas sin que se note… demasiado. ¿Recordáis que el día 30 de diciembre pasábamos por una tienda de juguetes y El Cachorro nos hizo saber que su hermano quería entrar ahí (cuando no se había pronunciado al respecto ni señalando el escaparate siquiera)? Esa manera indirecta de expresar un deseo, utilizando a su hermano pequeño como escudo humano, ese dejar caer las cosas, como si no fueran con él. Pues hoy ha tenido otra salida de esas.

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Estamos el Señor de las Bestias y yo viendo una peli por la noche. Se acoplan ambos. Pero El Cachorro se aburre. Y a los diez minutos le pregunta a su padre: “¿Por qué no le pones dibujos a Pablo?” Jaajajajaa. Qué morro. Me encanta lo listo que es.

Éte no, éte

Preparo a Don Bimbas para salir a la calle. Le pongo los zapatos. Le pongo la chaqueta. Le pongo el abr… “Noooooo, éteeee”.

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Le quiero colocar uno rojo, pero a él ese rojo no le gusta, le gusta otro rojo, el que se suele poner siempre, el de la marca, fíjate tú por dónde. Está enamorado de él. Así que me monta un pollo. Señala al armario, donde cuelgan todos los abrigos: “¡¡Éte, éte!!”, reclama. Y se lo tengo que poner, al maniático.

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Y le está empezando a ir curri. Este de mayor será de esos que tienen el equivalente a una camiseta de los Hombres G raída y que no hay forma humana de tirarla a la basura… Es decir, este de mayor será como yo, que con la ropa que guardo puedo llenar los cuatro pisos del Primark de Gran Vía.

Una oveja en la ciudad

Es San Antón y los madrileños se acercan a la iglesia de la calle Hortaleza a bendecir a sus mascotas. El Señor de las Bestias ha querido llevar a los críos con un animal. El elegido ha sido esta oveja.

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Se ha encontrado con un amigo que también tiene un hijo y ahí que han ido los tres con la oveja por la calle.

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Luego se han metido en misa. A la salida es cuando llego yo, que les pregunto cómo es que no me han esperado dentro, pues hace un frío que pela, y ya me cuenta el padre: “Se porta mejor la oveja dentro de la iglesia que los críos”.

Y le creo.

Bis, bis

Se mete El Cachorro en la cama. Se mete Don Bimbas. Pide El Cachorro su espada. Don Bimbas su “pa”.

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Tira El Cachorro el dinosaurio de la estantería de un espadazo.

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Lo coloco y le da un mandoble Don Bimbas.

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Esto de que todas las acciones de esta casa tengan eco…

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Pero todas. Y no solo con este par de miembros de la familia. Aquí, de manera habitual, se dan unos “antes y después” de lo más compenetrados.

Dejo a padre e hijo en el sofá viendo la tele. El antes.

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Vuelvo al cuarto de hora y me los encuentro así. El después.

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Jaajajajaja. Vaya tropa tengo en casa.

Cuando educar te hace sentir tan malvada

Entra por la mañana en mi cuarto Don Bimbas pidiendo la “pa”, su espada láser. El inconveniente es que yo estoy en la cama, durmiendo. Así que le digo que ahora no, que cuando me levante. Y se pone a llorar.

Yo le informo, por si no se ha percatado, de que estoy durmiendo y de que se la cogeré después, no ahora, que es cuando se le antoja a él, y encima después de que venga a despertarme. Él, por su parte, continúa llorando.

Me emperro en que no me levanto y no me levanto, hombre ya, aunque ya tampoco pueda dormir, más que nada porque Don Bimbas sigue a berreo limpio en mi oreja. (No puedo dormir ni ahora ni después, porque cuando un hijo te pone de la leche que me está poniendo Don Bimbas, luego soy incapaz de disminuir revoluciones y conciliar el sueño). Le vuelvo a intentar explicar que hay que respetar el sueño de los demás, que no se puede venir a las bravas pidiendo lo que se le ponga en el moño. No me atiende porque está más concentrado en su llanto, que no cesa. Pero a mí no me da la gana de ceder, claro. Vamos, que tiene más posibilidades de que venga Belén Esteban andando desde Paracuellos descalza sin hablar de Jesulín a alcanzarle la espada que de que se la coja yo. Por mis narices, hombre ya. Es más, le digo que ya no se la voy a dar ni cuando me levante.

Y en esto que oigo a El Cachorro desde el salón, donde está desayunando: “¿Qué te pasa? ¿Qué te pasa? Ven, Pablito, ¿qué te pasa?” Con una dulzura, oye, un cariño, una compasión…

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Deben estar confabulados para hacerme sentir mal.

Se va Don Bimbas hacia el salón, momento en el que coge El Cachorro el relevo (el de ir dar la murga a su madre adormilada) y viene para decirme que quiere hacer caca pero que su papá no le deja entrar en el baño (está duchándose, totalmente ajeno a mi calvario). “Pues vete al mío, hijo”. Pero ya me he tenido que levantar.

Ya a la cama no iba a volver (porca miseria). Así que me he asomado al salón y veo a Don Bimbas jugando (no con la espada, que no se la he dado y que no me ha vuelto a exigir). Me acerco donde él y le pido un beso. Y va el otro y me lo da.

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¿Quién les ha enseñado a hacer sentirse tan malvada a su mamá? Vaya par de dos. Son oro puro.

Pilladón

El Cachorro elige el momento en el que estoy luchando con su hermano para que cene, mientras además seco el agua que se ha derramado en la mesa, para empezar a contarme no sé qué de una plastilina de colores que no mancha y que haces así pum, pum, pum y ya.

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Don Bimbas ahí poniéndomelo difícil y yo a El Cachorro en plan: “¿Ah, sí, cariño? Qué guay”, sin enterarme de lo que me estaba contando. Y ha debido de cantar tanto por soleares que estaba a otra cosa y que he contestado por inercia, que me dice El Cachorro:

– Mamá, mama, ¿me has oído, mamá?
– Claro que sí, hijo.
– ¿Ah, sí? ¿Qué te he dicho?

¡¡TOOOMAAAAA!!

Yo ni idea, claro. Pero no he querido dejar pasar la ocasión de felicitarlo: “¡Pero qué inteligente eres!” Le he adulado, he chocado los cinco… pero él ha insistido: “¿Qué te he dicho?”

– Pues que hay una plastilina de colores que no mancha y que haces así pum, pum, pum con ella y ya.

He repetido lo que resonaba como un eco en mi cerebro. Y resulta que he acertado… Menos mal que sus explicaciones son así de imprecisas. Me he salvado por la campana.

Sorpresas

Me monto en el taxi para ir a una reunión de trabajo. Saco mi cuaderno. Meto la mano en el bolso para coger un boli y, uy, ¿esto qué es?

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Son dos Chase de “La Patrulla Canina” y un Ryder. Me los ha debido de introducir Don Bimbas en un descuido. Me hace la Pascua por un lado, porque es un bolso estrecho en el que llevo lo mínimo a costa de dejar cosas en casa que suelo llevar en otros bolsos y que más o menos necesito. Con que que el reñido espacio lo ocupen tres muñecos…

Por otro, obviamente, me ha hecho mucha gracia. Hoy tengo reuniones en varias embajadas, y va a ser muy divertido si a la entrada me piden que vacíe el bolso…

Soy un ogro

A mí los niños se me están desmandando y tengo que empezar a atajar ciertos comportamientos.

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El Cachorro está adquiriendo la mala costumbre de reaccionar a todo lo que hay de cena que no sean espaguetis con un puaj. Hay pollo, puaj, hay brócoli, puaj, hay puré, puaj, hay guisantes, puaj y puaj, y así. Y me pongo mala.

Luego tiene otro hábito, que es hacerme enfadar y, al echarle la charla, mirarme como quien mira el ciclo migratorio de la avutarda en La 2, y seguidamente hacerme algún tipo de burla, que suele consistir en espetarme un “¡ba!”, o un “¡pa!”, lo que sea, en mi cara, en plan gracioso. Y me hace cero gracia.

Hoy ha aunado ambas cosas. Le digo lo que hay de cena, encima con tres cosas a elegir, y él ha determinado que todas son puaj. Me pongo a su altura para mirarle seria a los ojos y explicarle (otrrrrra vez) que la comida no es puaj, que eso no se dice, que a ver de qué va, que hay gente que pasa hambre, para que el señorito diga que lo que hay es puaj, que yo me he molestado en cocinar, después de que me mato a trabajar, que no paro en todo el santo día, para que él me venga con que lo que hay es puaj… y me mira con cara de payaso y me hace “¡ba!” en toda la cara. Mira… ha empezado a subirme la temperatura cosa mala. “Ojo, monicaco, con hacer eso, a ver si te vas a ir a la cama sin cenar”, y el otro… “¡ba!” Again. En una peli yo sería un contador de presión a punto de estallar. “¡No estoy para bromas, como vuelvas a hacer eso, te quedas sin cenar, y se acabaron ya los puaj y las burlas, a ver qué te has creído!” ¿Y qué pensáis que ha hecho? Pues ha hecho: “¡Ba!”

“¡¡SIN CENAR!! ¡¡Venga, a lavar los dientes y a la cama!!” Y entonces ha venido el momento “noooo, nooooo, tengo hambreeeee”. Pero ya era demasiado tarde. Le he dicho que estaba advertido, y que siempre anda pasando de todo, y siempre poniéndonos al límite, y que ahora ya se iba a enterar de qué iba el asunto, y él me ha dicho que no me quería.

Su padre se lo ha llevado al baño para cepillarle los dientes. Él lloraba y lloraba. Le ha debido de decir algo para que se congraciara conmigo. Y en esto que aparece en la cocina, donde yo estaba, con cara de cordero degollado:

“Mamá, perdona por decirte que no te quería”. Sí, muy mono. Le he dado las gracias y le he dado un besito. Pero le he dicho que seguía sin cenar. Y además el enfado no se me ha pasado: “¡Es que no te quedas sin cenar por decirme que no me quieres, te quedas sin cenar porque siempre te parece todo puaj y porque no haces caso y te burlas y se te dice que no lo hagas y lo haces!” Coño, es que no sabe ni por qué está castigado.

Bueno, pues a la cama que se ha ido. Por cierto, que el peque, que ese sí que pasa de lo lindo de mí y hace lo que le sale del pie y, como siempre, no ha querido cenar, también se ha ido a la cama, pero sin biberón: “Porque tú, jamás cenas, y te alimentas de biberón, y no puede ser. El bibe solo después de que hayas cenado algo, al menos tres tenedores de comida con funamento, ya está bien”.

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Tenía a los dos pimpollos sentados en sus camas, mirándome con cara de súplica. Y yo impertérrita.

Me he ido, pero seguidamente se ha sucedido una serie de viajes a su cuarto. Cada dos por tres, El Cachorro, con voz lastimera: “Mamaaaaá, veeeeen”. Iba y es que tenía mucha hambre. Regresaba al salón y me volvía a llamar, e iba y es que no lo iba a volver a hacer.

Por esto, ¡por esto no he levantado el castigo! El Cachorro no sabe que a puntísimo he estado de hacerlo. Aprieta un pelín más y lo consigue. De hecho le he dicho a su padre que me iba a levantar y le iba a dar de cenar. Pero él no me ha animado, “ahora ya, hija…”. Así que me he mantenido. Todas las veces que iba le hablaba con mucho cariño explicándole por qué había sucedido eso. Pero no lo he levantado.

Finalmente se ha dormido. Luego nosotros.

A eso de la tres de la mañana, oigo a El Cachorro desde su habitación, llamándome bajito: “Mamaaaá, mamaaaaá, ¿me oyes, mamá?” Me ha despertado, claro, y le digo: “Sí, hijo, ¿qué quieres?” “Que te quiero”.

Y me he echado a llorar.

Manipular el subconsciente

Se me acerca El Cachorro y me salta así, de la nada:

– ¿Sabes que Dodot es todavía más seco? Los pañales.
– ¿De dónde sacas eso? – ¿Eh? ¿A qué viene? Vamos, me pilla en fuera de juego.
– No sé, está en mi cabeza.

Acto seguido reconoce que lo ha visto en la tele.

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Bueeeno, al menos identifica cómo se originan las voces de su cabeza…

Ojo con cómo manipula la publicidad nuestro subconsciente. La publicidad y lo que no es publicidad, pues existen por ahí verdaderos maestros de la manipulación. Mi chiquitico es un gran exponente.

El poder de convocatoria, el don de gentes y el carisma de Don Bimbas son míticos. Allá donde va llama la atención: paseando por la calle, yendo en metro, estando en el cine o en el supermercado. La gente se le queda mirando. Hoy desayunando también ha tenido su público en la mesa de al lado. Una pareja no le ha perdido de vista. Les hacía una gracia loca, mi pequeño.

Y él… claro, sabe aprovechar la circunstancia. Como es de natural gorrón, les ha sacado jamón del bueno.

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Y lo mejor de todo es que lo hace sin pedirlo, lo hace de una forma en la que el otro cree que la decisión de darle algo sale de él. Pero desde luego ha sido convenientemente (¿o debería decir subconscientemente?) manipulado por Don Bimbas, eso seguro. Porque de verdad que no es normal que el mundo le tenga tan contemplado. No es normal que camine por la calle y un desconocido le regale algo, sin siquiera habérselo pedido, sin siquiera haberle dirigido ni una mirada. De alguna manera este pequeño ha desarrollado la capacidad de doblegar silenciosa y telepáticamente nuestro subconsciente para que su vida sea más amable, más bonita, más fácil.

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A mí también me hace creer que cargar con él es la mayor felicidad que puedo alcanzar en mi existencia…

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Me tiene totalmente convencida de ello. Es demasiado, el tío.