Map of Pamplona

El Cachorro está aprendiendo los mapas; lo que muestran, los diferentes tipos… Y en clase les han dicho que hagan el mapa de algún lugar. Y mi hijo ha elegido…

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… llenándome de alegría. A pesar de que no sepa aún que el río que pasa por Pamplona es el Arga, y el Ebro, que no “Erebro”, es el que atraviesa el sur de Navarra y el que cruzamos de camino a casa de los abuelos.

Me lo ha enseñado tan contento. Sabía la ilusión que me iba a hacer.

Nota

Es que no hay día en el que me diga El Cachorro que no tiene deberes y enterarme a las ocho y media de la noche, por el Whatsapp de padres, de que sí, de que los tiene. Me voy a clases de impro dejando una nota para el hijo y su padre: “¡¡¡Tienes que hacer 11 y 12!!! ¡¡¡¡Y LENGUA!!!!

Vuelvo y me encuentro esto.

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Así no hago carrera.

De verdad que no me explico lo poco que le importa al padre. Sufro y me llevo yo los berrinches y él, tan feliz. ¿Qué? ¿Me planteo hacer lo mismo?

Calvos

Don Bimbas, cada vez que quiere hacerte burla o rabiar, se da la vuelta para ponerse de espaldas, se baja el pantalón, luego el calzoncillo, y te enseña el culillo. Y, a poder ser, se agarra cada cachete y los separa, para que puedas contemplar todo su ojete en su máximo esplendor.

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No sé de dónde ha sacado esa costumbre. ¿Es algo antropológico? Porque no es moderno lo de enseñar el culo para agraviar a alguien. Por ejemplo, lo vemos en la película “Braveheart”. Aunque, por lo que leo, no está claro si fueron ellos o los ingleses quienes lo hicieron.

https://magnet.xataka.com/un-mundo-fascinante/ensenar-el-culo-ha-protagonizado-mas-escandalos-historicos-de-los-que-podrias-imaginarte

Como podéis ver aquí, sin ir más lejos (es el primer link que me ha salido en mi búsqueda), hay varios momentos en la historia en los que se recogen anécdotas similares. Ahora habrá que recoger el “calvo” de mi pequeño…

Impresionando a la novia

Don Bimbas se va a ver por la tarde con su novia, su vecina, con la que ya se ha ido de vacaciones (¡sin mí!) y todo. Se pone ansioso porque también es verdad que su suegra lo invitó ayer a su casa y nosotros no lo llevamos. Nos fuimos de compras. Así que hoy la invitación se ha renovado y él no ve la hora.

– Vamos a casa de Sofía – me dice.
– Sí, cariño, esta tarde.
– ¡No, hoy!

Me troncho con él. Le explico lo de las partes del día. Pero no lo pilla. Insiste en verla ahora mismo. Le convenzo para que sea paciente. No obstante, se pone la ropa que le he preparado y va al baño. Coge el peine y procede:

– Me estoy peinando así para que me diga “qué guapo, Pablo” – me informa.

Y se esmera. “¿A qué estoy muy guapo?”

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No sé por qué, pero resulta que se ve más favorecido con el pelo echado para atrás. Lo malo es que no lo tiene mojado y no se lo puede fijar del todo. Pero sí se despeja el pelo de la cara: “Para que se me vea la frente y no me moleste”. Está hecho un pincel.

Luego pasa de salir a desayunar con su padre porque quiere hacer un dibujo para su amada.

“Mira, he hecho a Sofía y a mí. ¿A que ves un pelo rubio?” Jaaaa, ja, ja.

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Me encanta que lo primero que haga de él mismo sea el pelo. Hay un pelo flotante. ¿Qué niño empieza por el pelo en vez de por la cabeza?

Al final, me enseña el resultado: “Ella es mi novia y yo soy su novio”.

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Anda que como acaben juntos de verdad, van a tener mucho que enmarcar…

Medalla al mérito

Dados los últimos acontecimientos, por lo visto hay algún comportamiento muy malo por parte de algunos críos en clase de tercero de infantil, la profesora ha decidido, previa consulta con la orientadora, que va a dar puntos verdes por buen comportamiento, amarillos por regular, y rojos por inaceptable. Y que los viernes dará una medalla a aquellos que tengan todos los puntos verdes y a los que tengan verdes y, como mucho, dos amarillos. Es el método que se les ha ocurrido para intentar corregir lo mal que se portan los críos que se portan mal.

Como no podía ser de otra manera, algunos padres se han quejado porque dicen que eso estigmatiza. Yo no me había parado a pensarlo de esa manera, la verdad. Pero, si, como nos cuenta la profesora, se ha intentado un montón de métodos, esto lo ha sugerido/aprobado la orientadora y se han comprobado los buenos resultados de este método en otras clases donde se ha aplicado, digo yo que habrá que dar un voto de confianza. Además, como apuntó otra madre, también es importante que a los niños que se comportan de pena, se les llame la atención y se les ponga freno, porque si no siguen igual de cafres y en Primaria es bastante más difícil manejarlos…

Total, todo este rollo para enseñaros que Don Bimbas vino a casa el viernes con la medalla. Se la han hecho ellos mismos. Por un lado, viene su nombre. Pero, por el otro…

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¿Qué narices pone por el otro? Hoy, al dejar al peque en clase, se lo pregunto a su profesora.

– Ah, es que en la pizarra puse varias frases motivadoras, para que pusieran las que quisieran, en plan “soy un campeón” y tal…

Pues mi hijo ha hecho popurrí con todas, está claro.

La influencia del cine

En la cocina, después de desayunar, El Cachorro coge una pizarrita-imán que tenemos en la nevera y se pone a dibujar. Le pide a Don Bimbas que se ponga delante, quieto. Vamos, que lo está haciendo posar. Y el otro, muy obediente, hace caso de su hermano. Y me dice: “Quiero ser como el chico del “Titanic””.

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Vio los retratos de Jack y cómo inmortalizaba a Rose, con el diamante, y ahora le ha dado por ser dibujante. Retrata a Don Bimbas. Cuando termina, se lo enseña. Don Bimbas: “Qué feo”.

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Muy favorecido no ha salido, la verdad sea dicha. Madre mía qué horreur. Es como el Ecce Homo de Borja.

Don Bimbas se venga retratando a su hermano.

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Esto ya es un burruño auténtico.

Pero a mí me ha dado algo de envidia. Así que pongo a El Cachorro delante de mí y lo dibujo. Creo que no hacía un dibujo desde la adolescencia. Por aquel entonces, era bastante buena haciendo dibujos graciosos, sobre todo caricaturas. Era TAN buena, que alguna de mis amigas se enfadó conmigo y todo. Hay que ser más maduro como para apreciar el humor y reírte de ver tus defectos agrandados. La adolescencia no era la mejor época para hacer caricaturas de los demás…

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En cualquier caso, me pongo a ello y esto es lo que sale:

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Bueno, oye, que llevo tres décadas sin coger un lápiz, ¿eh?

Claro que, para qué quieres más.

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El Cachorro me emula y…

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Esta soy yo.

Titanic

Hemos decidido ver “Titanic”. A El Cachorro no sé qué le ha dado últimamente con el barco, que lleva días preguntando por él. Que cómo era de grande, que cómo fue lo del iceberg, que cuántos murieron… La peli es genial para despejar dudas.

Yo no las tenía todas conmigo. Se lo digo: “No sé yo si esa película es para ti”. Pero estamos con una vecina que nos dice que la vio su hijo, que tiene dos años menos que El Cachorro. “Se volvió loco con la escena del retrato de ella desnuda. Como tenía la peli grabada, se la puso varias veces. Le pirran las tetas”.

El Cachorro estaba ilusionado, y él opinaba que sí que era, entonces, una peli para él. No había nada más que hablar.

La cinta es larga, así que a mi chico se le hace eterno el pre-choque. Pero se mete en la historia y va comentando. En lo que Rose baja las escaleras del restaurante ataviada para la cena, con su vestidazo, exclama: “¡Hala, cómo se ha puesto!” Y observa: “Las mujeres se pueden poner lo que quieren y los hombres solo blanco y negro”. Es verdad. Por eso es tan fácil regalarnos cosas en cumples o en Navidad y a ellos nos es un puñetero suplicio.

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El momento retrato sí que lo ve. Este niño ve mis tetas absolutamente todos los días. No ya porque están él y su hermano en el baño mientras me ducho, sino porque tiendo a pasearme por toda la casa como Dios me trajo al mundo. Pero aprovecho a llevármelo a lavarse los dientes en la escena del coche en la bodega, donde los protas tienen más que palabras.

Lo que ocurre acto seguido es que la cosa se empieza a poner chunga…

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Tras el impacto con el iceberg, se suceden secuencias dramáticas y algunas de miedito total. El Cachorro se tapa los ojos, el pobre. Y veo que hasta se le ponen los ojos llorosos. Y me dice: “Tienes razón, esta peli no es para mí”.

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Ja, ja, ja. Qué mono.

Le digo que no hay necesidad de sufrir, que la quito y santas pascuas. Y dice que no. Y remonta el ánimo. Ya no le da tanto miedo…

Una vez terminada la peli, se compadece de ese bebé que ha visto muerto con su madre muerta en el mar. “Pobrecito, no ha vivido casi nada”. Pues porque la peli la he visto unas cuantas veces, pero si no estaría yo llorando a moco tendido, que me conozco…

Carambíbulí carambíbulá

Hoy se organiza en el cole una actividad en la que convierten el gimnasio en un hospital para los niños de Infantil. Los críos entran, se sacan la tarjeta sanitaria, se visten con batas, gorros y patucos, los miden y pesan, pasan por quirófano, por posoperatorio… La verdad es que es divertido y está muy bien. Fui como voluntaria hace tres años, con El Cachorro, y ahora que estoy en paro, vuelvo a apuntarme. Tengo que aprovechar cuando puedo para cuando no puedo.

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Don Bimbas estaba encantado. La lástima es que fue la primera clase que pasó y a mí ya luego no me quedaron muchos alicientes. Yo soy de las que le gustan sus propios hijos, mucho, muchísimo, demasiado, pero que el resto de los niños le dan un poco igual. Y de 9:15 h a 12:30 h, tuve un empacho de niños. Pero he de reconocer que los disfruté.

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Lo que me hizo especial gracia fue esa madre de uno de los mejores amigos de mi hijo, que se me acercó, impresionada: “Ese niño pesa 34 kilos”. No me sorprendí mucho de entrada, porque no sé lo que tienen que pesar los críos. Apenas sé lo que pesan los míos. “¡Que va a clase de nuestros hijos!”, añadió, ante mi falta de reacción, como asustada. Don Bimbas pesa 17 kilos. Y vestido. ¡¡Es justo el doble!! Madre del amor hermoso. 34 kilos no los pesa ni El Cachorro. Y no es que el crío estuviera gordo. Un poco hermoso, sí, pero no gordo. Sino que era grande.

A ver, que es grande es evidente. No me hace falta pesarlo.

Y, de nuevo, la historia se repite. Tengo a los críos más canijos de todo el curso. Ya el propio hijo de la madre que me estaba haciendo este comentario le pasa una cabeza al mío. Pero es verdad que lo de ese niño es impresionante.

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Ahora, ¿qué hago? ¿Tiro del humor y digo algo como: “Se ve que a Infantil algunas llevan adolescentes con pelos en los huevos y otras, niños de teta”? ¿O mejor me lo ahorro y evito follones? Je, je. Quienes me leéis habitualmente sabéis por dónde voy… En septiembre de hace un año, en el post titulado “El WhatsApp de padres”, os contaba el berenjenal que se montó con una entrada en este diario similar, en este caso protagonizada por mi hijo mayor y una niña grandona de su clase. La madre (grandona) de la niña grandona se ofendió de lo lindo y quiso armarla públicamente.

¿Sabéis que es lo que pasa? Que lo que caracteriza a este blog (más un diario que un blog), es que expone las cosas tal cual son. Pensamientos que se tienen en general pero que no se verbalizan más que en círculos cerradísimos de máxima confianza, porque lo que se comparte en público, máxime en estos tiempos, es lo políticamente correcto. Pero resulta que el éxito de esta publicación reside en eso. En que se comparte todo sin censura.

Lo mejor del tema, volviendo a lo que nos ocupa hoy, es lo siguiente: Cuando aquella madre ofendida que la armó y yo nos llevábamos bien, invitó a El Cachorro a una fiesta en su urbanización. Allí conocí a otra madre del cole, que resultó tenía un hijo que iba a clase de Don Bimbas. Además de vecinas se ve que eran buenas amigas. Después de la enganchada que tuvimos, asumí, por extensión, que yo tampoco sería muy santa de la devoción de la otra. Sin embargo, ella demostró tener más clase que la energúmena (y no lo digo porque se ofendiera, sino por sus lamentables formas), y nuestro trato sigue siendo igual de cordial y educado. Es más, últimamente más cercano (a ver, que hemos hablado tres veces, pero bueno). Creo que, en forma de ser y pensar, intuimos que tenemos cosas en común. O es la impresión que tengo.

Y, precisamente, la madre que me hizo el comentario sobre el crío extremadamente grande que convive con nuestros hijos, ¡¡fue esta!!

Jaaajajjaa. Ahora, el intríngulis. ¿Qué creéis, que precisamente me hizo este comentario a mí, ¡a mí!, por lo que pasó con el post de la hija de su amiga, tanto para congraciarse como para quitarle hierro, o quizá para desvincularse de ella (¿habrán peleado?)? ¿O para ver cómo reaccionaba yo? ¿O más bien pensáis que fue puramente espontáneo, sin segundas? ¿Puede que incluso no sepa nada de lo ocurrido? Esto último lo dudo un poco, pues las acólitas de la tipa grande con la hija grande, me consta se dedicaron a abordar a otras madres del cole de mi barrio, en plan: “¿Eres amiga de Amaya Rey? ¿Sabes lo que ha pasado?” Jaaa, ja, ja. Es que algunas son mundiales, de verdad.

Mi opinión: fue un comentario natural, sobre algo evidente, sin maldad y que, casualidades de la vida, me lo hizo a mí.

La vida, que hace estas carambolas. A mí estas carambolas me privan. A ver si algún día os cuento alguna… Bueno, qué narices, tengo tiempo, os cuento.

Tengo de varios tipos. Desde la de ir paseando por Venice Beach, en California, EE.UU. de la mano de mi, por aquel entonces, novio, y toparnos con una de sus ex, hasta la de hacerme muy amiga en la universidad de una catalana, que siempre me hablaba de su mejor amiga de Barcelona, Bárbara, y que un día descubra que era la misma Bárbara que vivía cerca de mi casa en Pamplona, con la que cogía el autobús para ir al cole y que como en 4º o 5º de E.G.B. se fue a Barcelona a vivir.

Una buena fue una vez en la otra punta del mundo, en Borneo, con el Señor de las Bestias, cuando nos dejó un guía en una carreterucha al lado de la selva, en medio de la nada, asegurándonos que por ahí pasaba un autobús que nos llevaría a nuestro siguiente destino. Quedarnos sin rechistar era fe, porque ahí ni había parada de autobús ni una señal ni nada de nada. Por suerte, un poquito alejados vimos a una pareja de occidentales, cuya presencia nos tranquilizó. Seguramente esperaban al mismo autobús. Y, si no aparecía, al menos seríamos cuatro haciendo frente a la adversidad. Total, que una vez que estábamos con las maletas a nuestro lado y se hubo largado el guía, oigo: “¿Amaya? ¿Amaya Rey?” Diantre. ¿Cómo? ¡Era la chica, la que me llamaba!: “No sé si te acuerdas de mí, soy Sara, de “Comando Actualidad”, la amiga de Carla, que quedamos un día nosotras, tú y otra chica a comer en Ciudad de la Imagen…” O-SEA. Yo, en mi línea, no me había quedado con su cara, porque soy un despiste con patas. Además, tampoco veo mucho la tele, con lo que, por muy de “Comando Actualidad” de toda la vida que fuera, tampoco sabía qué reporteros trabajaban en ese programa. Sí recordaba aquella comida, y que nos reímos y que lo pasamos bien. Y resulta que, siguiente vez que la veo, algunos meses después de aquella comida, es perdidos en un lugar indeterminado de Borneo, tócate los pies Maritrini.

Pues, hala, ya os he contado.

Rollazo

Atención al apunte que ha hecho El Cachorro al lado del aviso en su agenda de un examen…

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Qué mal lo lleva, el pobre. Es que le fastidia por encima de lo normal.

A mí me gusta cómo ilustra los comentarios. Así, tipo cómic. El dibujo, bien. Pero la onomatopeya… Eso, más que zetas, parecen esvásticas.

Arf, arf

Cómo no vamos a ir con prisas todas las mañanas si se me ponen a hacer el canelo estos todo lo que pueden y más…

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Justo ayer una vecina me decía que por qué me levantaba tan pronto. Que ella se levantaba media hora más tarde que yo y le daba tiempo hasta a jugar un ratito con su hija antes de ir al cole. Pues será porque le hace caso a la primera, supongo. Estos inventan algo todas las mañanas. Y voy siempre con la lengua fuera…