Artistas con acuarelas

Tengo que trabajar y estoy con mis críos en casa, así que se me ocurre dejarles las acuarelas y que se pongan a pintar.

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Creo que, de esta forma, me dejarán en paz.

¿Pues no vienen cada dos por tres…

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… a enseñarme sus creaciones?

Y resulta que están…

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… ¡de lo más prolíficos!

(Esa cara de mi cachorrito al ver el dibujo de su hermano, pensando…: “No le tangues a mamá, es el mismo dibujo de antes, pero al revés”).

Lo único malo es que todos los colores acaban siendo el mismo, uno grisáceo, porque, sobre todo Don Bimbas, lo de mojar, pintar y ACLARAR para cambiar de color, no lo domina. ¿Y el pincel? Creo que le queda una cerda. De nuevo Don Bimbas, lo aprieta contra el papel como si en vez de pintarlo, quisiera asesinarlo.

Don Bimbas muestra su verdadera cara

Tanto “qué tierno es”, “qué tímido”, “qué bueno” y “qué bien se porta”, que yo ya pensaba que la loca era yo. Que no conocía a Don Bimbas.

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Pero, ¡ja!, voy hoy a llevarlo al cole y me dice su profesora: “Va soltando su carácter”. “Ah, ¿sí?”, replico, con cierta sorna. “Sobre todo en el comedor, me lo dicen”. Y ahí es cuando me sale el ramalazo de madre: “¿Qué os dije? Avisaditas estabais”. Porque cuando una es madre, ejerce con quien sea. El ya-te-lo-dije supone una gran satisfacción.

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Querían hacerme creer que no conocía a mi hijo, que ellas eran capaces de domarlo mejor que yo, que yo era una mala madre… ¡pues hale! Ha tardado en manifestarse, pero por fin ha salido a la luz el peculiar carácter de mi pequeño, y yo ya no me he sentido tan incomprendida.

Es que, de verdad, era descorazonador que, en la tutoría, o a la hora de dejar al crío en el cole, yo hablara de una persona y su profesora me hablara de otra, y las dos refiriéndonos al mismo ser humano. Y esa cara que me ponían de… “pues, hija, no tienes ni idea de cómo es tu hijo de obediente y sumiso, me estás dando una imagen horrible de él que no corresponde con la realidad”. Ea, pues Don Bimbas ya está mostrando lo fierecilla que puede llegar a ser.

Ya lo decía yo… ¡a este lo que le falta es coger confianza!

Ahora, ojito con venirse arriba de ahora en adelante y poner a caldo a mi príncipe…

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… porque no puede ser más tierno. ¡Me lo van a decir a mí, que soy su madre!

Como una patena

Si fuera vosotras, entraría en el baño detrás de mí y mis hijos. Con tal de que no se sienten en una taza salpicada de pis, me casco una limpieza exhaustiva.

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Si no hay un grifo cerca en el que mojar el papel higiénico, escupo en la taza. Y paso el papel por encima. Que a veces El Cachorro me echa en cara: “¡Hala, saliva, qué asco! ¿Por qué escupes?” Y entonces yo le digo que qué prefiere, sentarse sobre gotas de pis de desconocidos o sobre una taza que se ha limpiado con saliva y se ha secado.

Por no hablar de que la saliva, de toda la vida, es el desinfectante natural. Tú te haces una herida contra un suelo lleno de piedrecitas sucias, y ¿qué haces? Chuparte. Y remediado todo. Pues, hale, a ensalivar la taza.

Pero vamos, menudos restregones. Me empleo de lo lindo. Paso y repaso encima y por los bordes, exteriores e interiores. Dudo que me quedara más limpio con lejía y un estropajo. Envidio a las que entran detrás de nosotros, la verdad.

Atrapados

Se lleva a los críos en el “coche verde” el Señor de las Bestias y me manda esta foto.

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En medio del río.

Febrero, un pelete que para qué, y descalzos.

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Atrapados, porque… NO-PUEDEN-SALIR.

Y están en algún lugar indeterminado de la provincia de Guadalajara.

¿En qué momento pensé que tener hijos con el Señor de las Bestias era una buena idea?

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Para mis hijos, estupenda. No paran de vivir aventuras. Luego que en la vida normal se aburren…

Son para verte mejor…

Estoy yo en mi cuarto de estudio y El Cachorro en el salón. Colorea una página en la que a cada color le corresponde una letra.

– Mamá, ¿dónde está la ese?
– Pues búscala tú.
– Jo, no, ven tú qué tienes unos ojos más grandes…

Grandes como un búho se me ponen al ver el otro dibujo que ha hecho…

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¿No es fantástico?

Espera, ¿es un búho o Drácula en modo murciélago?

Este niño dibuja mucho menos de lo que a mí me gustaría. Qué lástima.

Trucos inútiles y hermanos mayores útiles

Es mítica la aversión que tiene Don Bimbas a lavarse los dientes. Yo intento echar mano del truco. Sí, ese que en vez de decirle: “¡Pues te tienes que lavar los dientes!”, le das a elegir: “¿Te cepilla los dientes mamá o lo haces tú?”

Funcionaba con El Cachorro y funciona con casi todos los críos. Menos con mi pequeño. Mi hijo contesta “no” y “no” y se ha acabado lo que se daba.

Yo, claro, insisto.

– ¿Lo hace mamá?
– No.
– ¿Lo quieres hacer tú?
– No.
– Pues mamá, trae.
– No.
– ¿Quién?
– Simón.

Uy, pues si jamás lo ha hecho. “¡Pero si yo no lo he hecho!”, dice El Cachorro. “Venga, va, hazlo tú”, le pido.

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Y ahí que se han apañado los dos.

(Don Bimbas dice que quiere que le cepille los dientes su hermano porque es el que estaba al lado, solo y únicamente por que no me saliera yo con la mía. Llega a estar una avutarda, y hubiera dicho que prefería que le lavase la piñata la avutarda).

Mecagüen el crío

Hace ya… diría que un año o dos, el primo mayor de El Cachorro le regaló una copa trofeo. Una que le dieron por algún acontecimiento deportivo. No tenía su nombre y, como todas las copas, era pesada y un poco fea. Un armatoste.

Estuvo un buen tiempo con nosotros. Al principio El Cachorro le hacía bastante caso. Luego la olvidó.

Era una copa que ocupaba, que no dejaba cerrar el cajón donde se guardaba. Que molestaba. Y que al no tener ni nombre ni nada, me parecía que no tenía casi ningún valor simbólico ni sentimental.

Yo de vez en cuando tiro cosas…

Supongo que sabéis por dónde voy.

Cuando no encontró la copa, El Cachorro estuvo unos días preguntando por ella (vaya, hombre). Y yo contestaba, llena de culpa, y aprovechando que deja las cosas tiradas por ahí, “no sé dónde la habrás metido, hijo”.

Y aquello pasó.

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Hoy, pues como un año o más después, me viene y me salta:

– ¿Dónde está la copa de los primos?
– No sé. Hace tiempo que no la vemos. Yo creo que ha desaparecido.
– No existe la magia. La magia es fantasía.

Me ha pillado con el carrito del helado. ¿Por qué no habrá heredado mi falta de memoria?

Pues os digo que esa copa no se le olvidará nunca. Si lo sé. Esa será mi penitencia.

Emociones a voluntad

Observad la cara de Don Bimbas cuando se enfada (anda, qué extraño) pero le haces reír.

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Jaajaajaja. Ojo con el enfadica. Vaya careto de “Me enfado por fuera y me río por dentro” total. Y más nos vale que le ocurra eso, que le entre la risa, porque, de un plumazo, se olvida del enfado y se troncha.

Porque luego están las veces que le intentas hacer reír y se cabrea por eso mucho más, y grita de la rabia intensa que le da, y se pone rojo y explota. Entonces está inaguantable. Pero el cuco de él controla cuándo ser inaguantable y cuándo ser todo lo contrario. Eso ya lo sabéis mis lectores habituales… Por ejemplo, después de esta performance del cabreo mientras comíamos, nos vamos a una atracción del centro comercial donde nos encontramos. Mientras El Cachorro se pensaba lo de subirse en ella, con algo de temor, el otro, que creo que no tenía permitida la entrada por no llegar a la edad estipulada, pero cualquiera le para los pies, ya se había agenciado una niña mayor desconocida que lo ayuda a subir (al principio, porque enseguida le coge el tranquillo y sabe subir solo perfectamente) hasta el tobogán y luego se tira con él.

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O sea, Don Bimbas quiere algo, elige un siervo para que le ayude, y lo consigue. Vaya arte que tiene mi rubio, ¡vaya arte!