Amores perros

¡Hola Mis Chic@as Molon@s!

Esta ha sido una gran noche, porque ha terminado como a mí me gusta. No con besos robados a ese desconocido que ya no lo es tanto, ni con un polvo maravilloso, ni siquiera con un mensaje del tipo Ya te echo de menos. Mis grandes noches terminan con un desayuno, aunque nunca suene Moon River, ni haya diamantes en el escaparate de al lado, ni sea Nueva York la ciudad que veo amanecer. Da igual dónde. Sólo me importa desayunar, despedir la noche hasta la próxima con una buena conversación y hacerlo en mejor compañía. Un buen pintxo de tortilla o un esponjoso croissant de mantequilla, un café con leche y a dormir.

Son las 9 de la mañana y no he dormido nada. Más que nada porque todavía no me he acostado. Hace menos de cinco minutos que acabo de entrar por la puerta de la casa de la amiga que en estos momentos me aloja. Ya he vuelto de mi viaje, pero sigo dando tumbos, de aquí para allá, de cama en cama, de sofá en sofá. De sueño en sueño. He decidido recogerme que ya es hora. Y aquí me tenéis escribiéndoos. Y es que os echaba de menos. Y es que quiero contaros una historia. Una historia de amores perros, amores robados y amores tóxicos. Tres en uno, por si alguien da más.

Todo ocurrió en una ciudad, una ciudad sin nombre. Todo ocurrió hace unos años, que parecen que fue ayer, que parecen que fue hace miles de millones de años. Tiempos inmemoriales para una historia que terminó. Mal. El tiempo a veces pasa demasiado lento, otras sabe a poco, a muy poco. A veces se hace angustiosamente insoportable.

Todo ocurrió cuando ella menos lo esperaba, cuando bajo la guardia. A ella él le parecía un tipo más, anodino, algo mediocre, simplón, incluso le caía mal. Se conocían pero coincidían poco, porque ella iba con otra gente, salía con otros amigos. Pero el destino quiso que se vieran de vez en cuando. Más de vez que en cuando. Y un día, por arte magia, ella le vio diferente. Le vio con otros ojos.

Estas cosas ocurren, incluso si no crees en ellas. Mi madre siempre cuenta que mi padre le parecía un auténtico capullo cuando eran jóvenes. Tenía fama de mujeriego, de golfo (hablando con él sé que lo fue, pero fue un golfo con principios), incuso de marica (que por aquel entones estaba bastante peor visto que ahora). Pues un buen día, le vio diferente. Si no me caso con este hombre, no me caso con ninguno se dijo a ella misma. Ya os podéis imaginar que mi madre consiguió lo que se propuso, aunque las pasó canutas. No sé yo si estaría dispuesta a tanto por un hombre. Aunque mi padre era un escándalo, uno entre un millón, un ser excepcionalmente excepcional. No creo que haya otro igual.

Pero volvamos a los amores perros. Y a los tóxicos. Y a los robados.

Aquella mágica noche, que muchas veces ella maldice, no pudo controlarse, no quiso controlarse. Sólo quería dormir a su lado, dormir entre sus brazos, respirar su olor tan fuerte y tan profundo que ese olor ya le pertenecería por siempre jamás. Solo quería que él se metiera entre sus piernas, incluso fantaseaba con alguna que otra tórrida escena de sexo sucio no apto para menores y fuertes embestidas. Lo quería dentro de ella. Quería que la hiciera volar, quería volar junto a él.

Esa fue la primera de muchas veces de sexo sin protección, de sexo sin amor. De sexo bañado en lagrimas de alcohol y ceniceros apestando a las cenizas de tabaco barato. Malas costumbres.

Entonces algo ocurrió inesperadamente. Ella luchaba desesperadamente para que aquello no ocurriera, pero ante él se sentía desarmada. Tenía la batalla perdida. Y la guerra también. La chica se dio cuenta de que estaba enamorada de él como nunca lo había estado en su vida. La primera vez que se enamoraba. Pensaba que también sería la última.

Él despertó en ella unos sentimientos que desconocía hasta el momento. Nadie, nunca le había hecho sentirse de ese modo. Ella pensaba que haberle conocido era lo mejor que le había ocurrido, que él era el mayor de sus pecados. Estar junto a él era su única medicina y su compañía era la única que quería. Ay amiga no es amor, lo que tu tienes se llama obsesión.

Esa ciudad ya era él, los días estaban impregnados de su recuerdo, las noches olían a su piel, el viento sabía a sus besos. Su corazón llevaba su nombre. Se levantaba pensando en él, se acostaba pensando en él. Vivía obsesionada con él. Estaba jodida. Estaba jodidamente jodida. Estaba jodidamente enamorada, pero lo que ella no sabía es que él nunca iba a quererla. En realidad sí lo sabía, no era una mujer tonta, pero la pobre estaba ciega de amor.

En cuanto él se alejaba, algo que ocurría más a menudo de lo que a ella le hubiera gustado, ella le echaba de menos a morir. Cuando él no estaba, para ella no quedaba nada. Ni calor, ni calma, ni pasión. No sunshine. Sólo desolación y desamor en estado puro.

Como una yonki del amor, como una adicta al crack después de un chute desmedido, en su caso de amor, sufría los estragos de la sobredosis, el mono, la resaca brutal y la vuelta a una vida sin él, a una cama sin él. Su ausencia se la comía por dentro y todo aquello llegaba a ser casi insoportable.

Entonces la chica empezó a llorar. Lloraba sin parar, era la chica que no paraba de llorar. Sus ojos siempre estaban cubiertos de lágrimas. Y con esas lágrimas el chico se hacía un gin tonic. O un ron. O lo que le viniera en gana beberse.

Cómo la engañaba él, cómo le creía ella. Él era su puta droga, su adicción más bestial, su perdición. ¿Y él? La querría, seguro, aunque a su manera. Mentira. Excusas de quien no quiere y del que no asume que no le quieren. Todo eran palabras, palabras necias, borrachas, palabras de más y de menos, palabras llenas de mentiras y palabras que al día siguiente el viento y la resaca habían hecho trizas. Y al día siguiente ella se sentía como una puta. Mal follada y peor querida.

Ella estaba loca, en el amplio sentido de la palabra.  Estaba loca de atar, una zumbada como la de las pelis con final de todos menos feliz. Estaba loca de amor, loca por sus huesos, loca por él. Le quería. Le amaba de verdad, le amaba como una mujer ama a un hombre. Esa zumbada habría vendido su alma al diablo por él, aquel que a cambio de un amor desmedido e incondicional, a prueba de misiles, le dama migajas de su amor por caridad. Ella estaba enganchada a las cosas que él no le daba, a todo lo que ella esperaba que algún día le diera, aunque él jamás le prometió nada. Pero él no iba a cambiar nunca, ni ella tampoco.

Ella hacía oídos sordos y ojos ciegos a esa puta realidad que se le venía encima. Seguía queriéndole sabiendo que él nunca iba a quererla.La chica que no paraba de llorar y el chico que bebía demasiado. Menuda historia. No iba a funcionar, era una especie de crónica de una muerte anunciada.

¿Por qué queremos a alguien que en el fondo sabemos que nunca va a querernos? Aunque chic@s molon@s, dejadme que os diga que consentir una historia de amor, por llamarlo de alguna manera, de este tipo es ser cómplice de ella. Es ser culpable por igual. Con el tiempo lo he entendido. Es difícil renunciar a alguien a quien quieres y que no te quiere en su vida. Muy difícil. Pero hay que tener un par de huevos o de ovarios, según seas él o ella, como el plebeyo de esta historia que he robado para vosotr@s. ¡Ahí va!

Una bella princesa estaba buscando consorte. Nobles y ricos pretendientes llegaban de todas partes con maravillosos regalos: joyas, tierras, ejércitos, tronos… Entre los candidatos se encontraba un joven plebeyo que no tenía más riqueza que el amor y la perseverancia.

Cuando le llegó el momento de hablar, dijo:
-Princesa, te he amado toda la vida. Como soy un hombre pobre y no tengo tesoros para darte, te ofrezco mi sacrificio como prueba de amor. Estaré cien días sentado bajo tu ventana, sin más alimentos que la lluvia y sin más ropas que las que llevo puestas. Esta será mi dote.

La princesa, conmovida por semejante gesto de amor, decidió aceptar:

-Tendrás tu oportunidad: si pasas esa prueba me desposarás.

Así pasaron las horas y los días. El pretendiente permaneció afuera del palacio, soportando el sol, los vientos, la nieve y las noches heladas. Sin pestañear, con la vista fija en el balcón de su amada, el valiente súbdito siguió firme en su empeño sin desfallecer un momento.

De vez en cuando la cortina de la ventana real dejaba traslucir la esbelta figura de la princesa, que con un noble gesto y una sonrisa aprobaba la faena. Todo iba a las mil maravillas, se hicieron apuestas y algunos optimistas comenzaron a planear los festejos.

Al llegar el día 99, los pobladores de la zona salieron a animar al próximo monarca. Todo era alegría y jolgorio, pero cuando faltaba una hora para cumplirse el plazo, ante la mirada atónita de los asistentes y la perplejidad de la princesa, el joven se levantó y, sin dar explicación alguna, se alejó lentamente del lugar dónde había permanecido cien días.

Unas semanas después, mientras deambulaba por un solitario camino, un niño de la comarca lo alcanzó y le preguntó a quemarropa: -¿Qué te ocurrió? Estabas a un paso de lograr la meta, ¿Por qué perdiste esa oportunidad? ¿Por qué te retiraste? Con profunda consternación y lágrimas mal disimuladas. El plebeyo contestó en voz baja: -La princesa no me ahorró ni un día de sufrimiento, ni siquiera una hora. No merecía mi amor.

¿Pretendes a un príncipe o una princesa así? Aunque a estas alturas de la vida ya debes saber que los príncipes y las princesas no existen, aplícate el cuento y da tu amor a quien lo valore.

¡Feliz Sexo!

Un pensamiento en “Amores perros

  1. Que romantica eres amiga, me gusta mucho los articulos que haces, llevo sigueindo hace poco tiempo pero me gusta lo que pones, es verdad hacer sexo una noche con alguien especial, es al final levantarte con esa persona que lo has pasado en grande y tomarte un gran desayuno, y esstar feliz, sigue asi me gusta lo que pones


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