Street sex, o sexo callejero que me gusta más

¡Hola Mis Chic@s Molon@s!

Empieza el buen tiempo, y con ello, vamos quitándonos los abrigos largos y pesados que acabamos lanzando a cualquier rincón en los garitos. Fuera las botas con el felpudito por dentro, adiós a esos pantalones que cuesta quitárselos más que desforrar un libro y manos a la obra con el cambio de armario primavera-verano. Hay que ponerse a buscar esas bolsas atiborradas de ropa que a estas alturas están como un acordeón, subirse a sillas y escaleras para encontrarlas porque a un año vista, nuestra memoria ya no da de sí. Estragos del alcohol…

Inauguramos la temporada de ropas ligeras, tirantes (no me refiero a los de invierno que dan mucho juego, sino a los que dejan asomar los hombros), sandalias y vestiditos sedosos que dejan entrever nuestras nalgas al andar.

Os confieso que queda inaugurada mi particular temporada de no ponerme bragas. Yo ya voy por la vida en plan comando. Y es que no hay nada más maravilloso que dejar respirar a nuestra fiera y que disfrute de los encantos del sol y la brisa. La pobre pasa todo el invierno encerrada y tiene que liberarse, como el resto del cuerpo. Y una cosa lleva a la otra… Me pregunto si Amy llevaba bragas debajo de su vestido…

El otro día iba paseando sin ese opresor de algodón o demás texturas XS del brazo de alguien que me gusta, y notaba que mis labios inferiores se iban hinchando entre mis piernas. El sol me pone, caminar me pone. Y sentía su brazo en el mío, su aliento  en mi cara cuando se acercaba a hablarme o a comerme el morro. Y empecé a subir en grados Fahrenheit. Es lo que tengo, que paso del 73 (mi base nunca es 0, claro está) al 347 como un cohete. Un roce o una mirada me ponen el clítoris como una pipeta para marcar reses. El calentón me pilló en la calle, así que no podía satisfacerme en ese mismo instante.

Si hubiésemos estado entre cuatro paredes, me hubiese desatado donde me hubiera pillado. Pero es lo que tienen los espacios públicos, que puedes hacer todas las tonterías y maldades posibles, pero follar no. Yo que creía que gritar, fumar, discutir, tirar papeles en la vía pública y contaminar con nuestros coches y motos es lo que tiene que escandalizarnos y lo que debería ser intolerable. Pero bienvenidas a este mundo hipócrita y cruel que no permite que las personas folladoras ocupemos las aceras y calles y gimamos en comunión y nos hagamos mucho más feliz la existencia. PURO Pu ri ta nis mo. Ya sabéis, vivimos en un país libre: puedes hacer lo que te dé la gana (pero que no te vean).

Vamos, me refiero a un momento Spencer Tunick, pero desatado:

Pero lo que no me permiten hacer, lo hago igualmente. Siempre he sido una chica rebelde, no sólo en cuanto a sexo me refiero. Me gusta salirme con la mía y desafiar lo impuesto. Sobre todo, si eso significa un buen orgasmo para mi cuerpecito serrano.

Este animal de mi entrepierna entra en modo hambriento y no espera. No atiende a razones. Imposible calmarla o intentar posponer su ansia. Es mi condena. Así que ni corta ni perezosa, decidí que nos sentábamos en el primer banco que encontramos. Puse encima de nuestros regazos las chaquetas que habíamos cogido por si más tarde refrescaba, cosa muy frecuente en la terreta. Cogí la mano de mi acompañante y la metí sin preámbulos en el lugar más empapado de mi cuerpo. Le susurré:

            -Esto no se puede quedar así, ¿no?

            -No, vámonos a casa.

            -Hoy vamos a probar algo distinto. Vamos a buscar una esquina, un portal, un hueco ciego en alguna calle…

 Y se le pusieron los ojos en llamas.

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            Nos pusimos a caminar como llevados por el mismísimo demonio. El calor era aplastante. Cuando pega en mi ciudad, es insoportable. Nos asomábamos a las calles, apresurados, buscando el lugar idóneo. En algunas hicimos ensayo-error. Nos poníamos a la faena y de repente parábamos porque veíamos un balcón demasiado dirigido hacia nosotros o porque la calle era más transitada de lo que pensábamos y no teníamos visión panorámica para poder controlarlo todo. Estábamos que nos subíamos por las paredes, a punto de encerrarnos en casa como bonobos enjaulados.

Pero de repente encontramos una calle solitaria, donde habían aparcados dos coches que nos dejaban hueco para poder colocarnos. Veíamos la calle, teníamos toda la perspectiva por si se acercaba alguien y poder parar y apresurarnos para que pareciera que ahí nada estaba pasando. Por eso es esencial que en el sexo callejero os quitéis la menor ropa posible, por si hay sorpresas.

Así que, escoltados por un Citroën y un Audi, allí nos pusimos dale que te pego. Corría el viento, el cielo estaba abierto. Yo era feliz, muy feliz de poder hacer sexo al aire libre. Metió su cabeza en mi entrepierna. Llevaba un vestido que no me quité. Empezó a lamerme mientras yo miraba la calle, desierta. Así que bajé a mojar su sexo. Le bajé los pantalones hasta los tobillos. Me di la vuelta, apoyada sobre los cristales de la ventana trasera y entró, entró como si no hubiera mañana. Y en ese momento, a los dos nos importaba una mierda que lo hubiera. Y me susurró al oído que le pongo muy cachondo. Me lo dijo una y otra vez mientras notaba su sexo como el mármol entre mis nalgas. Mirábamos los dos hacia la calle, y creo que en algún momento antes de gemir lo más discretamente posible, los dos imaginamos que alguien nos miraba.

Pero eso ya es otro capítulo.

¡Feliz Sexo!

Un pensamiento en “Street sex, o sexo callejero que me gusta más

  1. Buffff!!! Que envidia cochina!! suerte que hubo un hueco, sino os veo a la carrera pa casa!!!Jajaja.
    PD: Tan fresquita sin bragas por la calle no me veo, me levantan el vestido y ya ves la gracia!


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