No me quieras tanto, quiéreme mejor

¡Hola Mis Chic@s Molon@s!

Una vez alguien me dijo que los aeropuertos no tienen carisma. En esta ocasión no me corresponde discutirlo, pero estar en el aire es otra cosa. Ahí arriba, entre nubes que parecen de algodón, en tierra de nadie, siempre me estremezco. Y me enternezco. Hace un par de semanas volaba yo de camino a casa y pensaba que mi madre es, cómo no, la mejor mamá del mundo y que no puedo querer más a esas dos personitas preciosas que para vosotr@s serán dos números más en este condenado planeta, pero que es lo que más amo en este mundo, por encima de todo y de tod@s.  Aunque debería aprender a quererlas mejor y no tanto. Y eso vale para tod@s vosotr@s y para todos los tipos de amor.

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Que espero como agua de mayo a mi sobrina Manuela Miravet, la futura heredera de mis pepitadas y del particular mundo en el que vivimos mis hermanas y yo. Siempre alzando la voz, siempre peleadas, siempre defendiéndonos, siempre protegiéndonos, siempre queriéndonos por encima de todo. Que me muero de ganas de ver su carita, que temo enamorarme de ella, por por primera vez, y temo quererla demasiado. Tanto que me duela.

Que mi padre me ha dejado el listón de hombres a los que amar demasiado alto. Y aunque era un golfo muy serio no encuentro golfo con el tamaño de su corazón.

Que quiero seguir perdiéndome por el mundo en un velero, o una autocaravana, o un triciclo o una moto, incluso a nado, con ese pedazo de hombre que sigue sin aparecer. O sola.

Que a pesar de ser más malas que un dolor de muelas me gustan a rabiar las películas americanas, esas que van de superarse a si mismo, de aprender a quererse y aceptarse. Esas películas en las que la pringada/looser, llamadla como queráis, cobra toda la confianza que le hicieron trizas en el colegio y con un par de ovarios se liga al buenazo buenorro del instituto y él acaba locamente enamorado de ella.

Lo confieso, cada vez que veo esta escena se parte el corazón. Sí, soy una puta moñas. Pero sólo a veces.

O cuando alguien tiene el interés de ver más allá de la piel que nos cubre y descubre la belleza en el interior de un cuerpo anodino.

O cuando alguien que después de muchísimo esfuerzo por fin consigue sus sueños.

Y lloro y me emociono seguramente porque en la vida real esas cosas no ocurren. Eso solo pasa en las películas. Pura mentira. Los americanos serán unos gilipollas, en general lo son, pero son soberbios creando sueños.

En la vida real, en el barrio, la fea siempre se sentirá fea, siempre habrá algún capullo que se lo recuerde. El pobre siempre lo tendrá jodidísimo para dejar de serlo, el emprendedor con talento y ganas pero sin un puto duro verá su gozo empresarial en un pozo.

Y que a veces deseo locamente que se pare el mundo. Porque no me va su rollo.

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¡Feliz Sexo!

NO CREO EN LA CIENCIA, SÓLO EN EL AMOR, LA MÚSICA Y EL SEXO. P.D.:Y EN TODOS SUS COMPAÑEROS DE VIAJES

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