La última comida del verano

¡Hola, Mis Chicxs Molonxs!

Me absorbió entera durante casi una semana. Nunca sabía por dónde iba a empezar, siempre me ha resultado impredecible. Fuera y dentro de la cama. A veces notaba su aliento en mi frente, pero de repente su saliva estaba en mi rodilla izquierda. Como si fuese capaz de recorrer mi cuerpo sin centímetros, como si las medidas mundanas tampoco entrasen en nuestra cama. Cada movimiento era excitante, cada vez que la sábana cedía hacia un lado y yo ya no sabía dónde estaba. Hacía magia. Nos revolcábamos como si no quedase ningún lugar en el mundo donde hacerlo, como si aparte de ese espacio cuadrado sólo hubiese un acantilado peligroso e insulso que carecía de interés. Y nos comíamos las manos, el cuello, las piernas, los sexos. Sin parar. Las treguas eran absurdas y no las necesitábamos. Gemíamos como si nos estuviesen chutando sobredosis de extrema felicidad.

Nuestros ojos se encendían, la piel explotaba y cedía a cada mordisco. El sudor iba rellenando nuestros huecos más pequeños y vacíos. Sus axilas eran mi poper particular, pasaba de 0 a 1.000 cuando me acercaba, y me las cedía sin que le importase que olisquease ese lugar tan poco frecuentado. A veces hasta parecía que fuésemos a matarnos de toda la locura y fuerza, de todas las ganas acumuladas, del deseo guardado en una especie de chistera o cajón o bolsillo que a veces aparecía cerrado o fuera de servicio por causas ajenas. Cuánto lo quise, joder. Cuánto lo quiero, mierda. Creo que él nunca lo supo. Quizás yo no supe decírselo, quizás él también era algo incrédulo. Creo que nunca fue consciente de que le di lo mejor de mí, la parte más amable y salvaje. La parte estomacal, mi ímpetu, mis sonrisas estrenadas. Y mi culo, le regalé mi culo y ya nunca volverá a ser de nadie. Y le ahorré toda mi complejidad, todos mis días malos abrazada al vacío, toda mi tristeza de últimamente, mis noches de ausencia, mi miedo a la normalidad.

Follábamos como si no hubiera mañana, como si el mundo girase encima de su sofá desvencijado, en cualquier sitio donde nos pillábamos y nos medio aniquilábamos. A mí me faltaba el aliento a veces, se apoderaba de mí una ninfómana preciosa. Entonces lo empujaba para que se alejase porque podíamos acabar en un estado lamentable o enganchados como los perros cuando consiguen hacer bola y se dan la espalda y es imposible separarlos.

No sé si se sació. Yo nunca tenía bastante de él. I can’t get no satisfaction. Me abandonaba y me corría en sus ojos. Me hundía en su hombro, me apoyaba en sus clavículas como si fueran el último asidero. Me pregunto si hay alguna parte de su cuerpo por la que no pasé, que no lamí. Él me ocupa entera, a veces huelo a su champú o a su suavizante o a lo que sea que huele eso que me excita tanto y que sigue impregnando alguna de mis bragas. Me comió entera y después me dejó. Maldito cabrón. Fue la última comida del verano.

¡Feliz Sexo!
NO CREO EN LA CIENCIA, SÓLO EN EL AMOR, LA MÚSICA Y EL SEXO. P.D.:Y EN TODOS SUS COMPAÑEROS DE VIAJES
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