La coleccionista de historias

Ayer fue 4 de febrero. Para muchos fue un día cualquiera. Quizás para la mayoría fue un día más, pero ayer fue el Día Mundial contra el Cáncer. Por eso no empezaré como siempre, no hoy por ayer.

Hace algo más de seis años conocí a alguien que cambió mi forma de ver la vida. Más que la forma de ver la vida, la forma de vivirla. Se llamaba Marie, una francesa que no sólo quería comerse el mundo, es que se lo comía con los dedos y sin servilleta. No tenía miedo a nada ni a nadie, nunca pedía permiso. Marie y yo nos conocimos en la estación de Saint Pancras de Londres. Yo esperaba con paciencia inglesa mi turno para comprarme un billete de última ahora rumbo a cualquier parte. Ella esperaba a un antiguo compañero de colegio y apaño sexual de los últimos meses. Hacían buena pareja, esas cosas se ven enseguida.

Marie y yo nos hicimos muy amigas enseguida. Desde el principio hubo eso que se llama feeling y aunque cada una vivía en un país, hicimos lo imposible por coincidir. Madrid, Lisboa, Casablanca, Nueva York, Donosti. Hacía bastante que no nos veíamos y hace dos años me llamó por teléfono. No sonaba feliz como siempre, no era la Marie que conocí en Saint Pancras aquella lluviosa tarde de febrero, ni la que se ponía las botas a pinchos en la Cuchara de San Telmo, ni la que gritaba como una loca en el estadio de los Nicks. No era la misma.

“Pepita, estoy jodida. Muy jodida. Se me ha acabado el chollo. Tengo cáncer. Me quedan seis meses como mucho, quizás tres meses. Quizás menos. Hay que joderse.”

 

A Marie le habia tocado la lotería, esa que nadie quiere que le toque. Puto cáncer. La metástasis invadió todo su cuerpo y se encargó de arruinar su vida en un tiempo récord. Un mes. De paso, se encargó de joder la vida de todos los que la conociamos. Daños colaterales.

Marie se volvió a Francia a vivir el tiempo que le quedaba o a morirse. Esto es como ver la botella medio llena o medio vacía. No pude visitarla en el hospital mientras estuvo ingresada, pero la llamaba a diario. Pensé que llegaría a tiempo para verla. La semana que viene, el próximo fin de semana, del mes que viene no pasa… Pero ya veis. Desde entonces intento no dejar las cosas que me importan para mañana. Sólo las lágrimas por quien no las merece.

Un día Marie me dijo: “No quiero coleccionar bombones que no me comeré, ni flores que se acabaran marchitando, ni regalos que jamas disfrutaré. Quiero historias, quiero que la gente me cuente historias. Historias es lo que quiero coleccionar. Aunque el tabaco y el vino siempre son bienvenidos.” La muy viciosilla.

Marie, nunca pude darte una historia, nunca te regalé una historia de esas que tanto te gustan para que la añadieras a tu colección de historias. Aunque ya no estés aquí y ahora vivas en ese lugar que llamamos cielo sin saber a ciencia cierta si existe o es un consuelo de tontos, espero que te guste esta historia póstuma. Sin duda, si existe el cielo, tú tienes que estar ahí, Por cierto, ya que estás y como imagino que por ahí arriba, en el otro mundo, andaréis todos juntos y revueltos, si ves a mi padre dile que ya le he perdonado por haberse marchado a la francesa. Ya que estás, dile también que no hay un solo día que no se pasee por mi memoria y que me sigo acordando de aquello que me decía de “Hija, estoy enamorado de ti. Si no fueras mi hija, me casaria contigo.” Pero que la que parece que no le perdona es la mamá. No se acostumbra a un mundo sin él, no le gusta su vida sin él.

Querida Marie, por fin escapé, hasta las ratas lo hacen. Por fin me atreví a huir. Hace un año y medio me compré un billete de ída a las Antipodas y para allá que me fui volando. De que otra forma si no.

En Australia me acosté con varios hombres. Me besé con otros tantos pero ninguno me llegó al corazón. Hace mucho tiempo que ninguno me toca las entrañas. Trabajé para una empresa australiana intentando abrir mercado en países de Sudamérica. También limpié un par de casas, que daban asco y pena antes de que llegara. Pero, una que es muy limpia y aseada, las dejó como los chorros del oro. Currículum en mano fui de bar a bar, de restaurante en restaurante pidiendo trabajo. Por fin me dieron una oportunidad. Casi le doy un achucho a la manager (así lo llaman por esas latitudes) de aquel restaurante en Darling Harbour cuando me dijo que el trabajo era mío.

Pero Australia no me quería, y en el fondo yo a ella tampoco. Problemas con el visado, así que ese trabajo se me escapó. Seguí intentándolo, te lo prometo, pero Australia seguía sin quererme y yo a ella hacía ya tiempo que había dejado de intentar quererla. No me llenaba, no me sorprendía. Mi relación con Australia fue desde el principio una especie de crónica de una muerte anunciada. Pero no quería tirar la toalla, no tan pronto. Así que decidí mudarme de ciudad.

Recorrí la costa este trabajando a cambio de alojamiento y comida. De Byron Bay a Cairns. De sur a norte. Limpié cabañas en un resort de lujo gestionado por una panda de hippies desorganizados y más vagos que la chaqueta de un guardia. También hice algunos trabajos de jardinería. Puedes reírte, era nefasta quitando hierbajos y podando cipreses. Limpié en un motel de mala muerte en Cairns, donde también hacía las veces de recepcionista. Seguía sin verlo claro. Por aquel entonces estaba hasta la pichereta de Australia. Lo siento Australia, no me has gustado nada. No me busquéis ahí, que no me encontraréis.

Una retirada a tiempo es una victoria, así que decidí poner punto y final a mi aventura australiana e iniciar el viaje de vuelta a casa. Pero no sin antes dejarme caer por el sudeste asiático. A lo tonto a lo tonto, he conocido Indonesia, Vietnam, Camboya, Laos, Filipinas, Myanmar, Malasya y Singapur, y he redescubierto Tailandia. Pero eso es otra historia…Por esas latitudes, aún me queda pendiente Hong Kong, que mi amigo Yago dice que es una ciudad flipante. Y Japón, donde está mejor sushi del mundo. Dónde si no.

El mundo no es suficiente. Pero como decíamos, – El mundo es nuestro. 

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Desde entonces ha llovido mucho. He visto tantos sitios Marie, no podrías creerlo. He conocido a gente de todo el mundo, venida de todos los rincones de la tierra. Me he dado cuenta de que la gente es buena. Marie, hay que confiar en el ser humano, aunque a veces nos lo ponga dificil. Los malos son los menos, lo que pasa es que los muy cabrones hacen mucho ruido. Pero a pesar de toda la gente que he conocido, casi nadie es como tú. Nadie es como tú.

Esta es la historia de ese viaje que planeamos hacer juntas algún día. ¿Algún día? A la mierda algún día. Algún día es como no decir nada. Por eso, desde que te conocí para perderte, cuando quiero hacer algo lo hago ahora porque puede ser que algún día nunca llege, puede ser que algún dia sea demasiado tarde. Ahora o nunca. Ahora o nunca toca ser feliz.

Mientras te cuento mi historia que es la tuya, la nuestra, te imagino sentada en el sillón de esa aséptica habitación de hospital porque decías que la cama era un monstruo que te engullía. Sonrío mientras te imagino bebiendo a morro de la botella de vino tinto y fumando cigarros, cuando te dejaban, como si fueras la mala de la película o un capo de la Mafia Italiana.

No sabes cuánto te quiero, lo muchísimo que te sigo queriendo y cuánto te echo de menos. Ojalá hubiéramos podido recorrer el mundo juntas y revueltas. Ojalá no te hubieras ido, ojalá no te hubieras marchado sin haberte dado uno de esos besos que te dejan marca. Ojalá te hubieras despertado. Ojalá no te hubiera tocado.

Creo firmemente que la vida no hay que tomársela demasiado en serio. Creo a pies juntillas que las cosas que importan son las que no importan, aparentemente. No hay que ser muy listo para saber que no saldremos vivos de esta, pero mientras tanto, ganémosle todas las batallas. Somos unos ignorantes pretenciosos, quizás ese sea el motivo por el que no apreciamos la vida hasta que sentimos que la perdemos. Que se nos escapa. Que se va para no volver.

Well you only need the light when it’s burning low
Only miss the sun when it starts to snow
Only know you love her when you let her go

Mejor que os la cante él.

El cáncer no nos provoca miedo sino que nos acojona. Y es porque es un desconocido, no sabemos mucho de él. Por eso, te dedico este post a ti amiga. Y a toda la gente valiente a la que le ha tocado vivir en carnes propias o de cerca ese monstruo llamado cáncer. Y a los demás, dejémonos de chorradas.

¡Salud!


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