¿Es niño o niña?

¡Hola mis Chic@s Molon@s!

Acabo de tener una sobrinita, Manuela. Preciosa, qué os voy a decir. Esto de ser tía es maravilloso. No sólo porque estrenas un amor absolutamente nuevo y desinteresado, sino porque cuando estás ya al límite del cansancio y el aburrimiento, no tienes que llevártela a casa. Así que disfrutas de la criatura cuando quieres y le das la parte más relajada y zen de ti misma.

Pero mis reflexiones no van por aquí. No, no… Hoy quiero contaros mis conclusiones respecto a las vivencias tempranas con la pequeña Manuela. El mundo bebé es vastísimo y cuando empiezas a consumir ropa, juguetes y demás complementos, vuelve a confirmarse hasta qué punto sigue arraigado el patriarcado y los modelos tradicionales. Para entender todo esto, vamos a partir de una base incontestable, que es la frase-cuna de casi todos los feminismos: la mujer no nace, se hace. Es decir: no se nace mujer, sino que se deviene (te devienen, mejor dicho).

Para empezar, a las niñas les taladran las orejitas al poco de nacer (venga, llamémoslo políticamente correctamente “le pusieron pendientes”). Es decir, desde que es bebé, se le impone que lleve pendientes. Y sospecho que si en lugar de sobrina, se tiene sobrino, esta imposición no se daría. Y no hablo de Manuela ehh. Ella no lleva porque no le hacen falta.

Antes de nacer, y sin preguntar, se le asigna un color, un color que va a definir sus sueños, sus anhelos y su imaginario. Bienvenida al rosa. A su delicadeza, a su discreción, a que con tus pendientitos te va a sentar de maravilla. La niña ya tiene su habitación monocromática y su ropa a juego para que no tenga dudas sobre lo que es. Es una mujer. La mujer rosa. Ella aún no lo sabe, pero esto le afectará tanto, que seguramente quiera el vestido de princesa y su primera bicicleta, boli o libreta del mismo color.

Os cuento una anécdota curiosa que me aconteció una semana antes de que naciera. Me encantan los patucos, y quise comprarle los primeros. Entré a una tienda de ropa de bebés, y le pedí a la dependienta que me enseñase los que tenía. Y me preguntó si eran para un niño o una niña. Y claro, le pregunté, estupefacta: “Ah, ¿que tienen los pies distintos?” Su cara era un poema, lo que significa que seguramente nadie se lo había cuestionado nunca. ¿Algún planeta al que pueda mudarme? Se aceptan sugerencias. Porque esté me tiene hasta los ovarios.

Así que las distinciones empiezan a edades muy tempranas. La imposición de la definición se da desde que nacen. Todo esto que he descrito hasta ahora puede parecer inocente, pero no lo es. Va calando y va gestando una personalidad y unos gustos. La cosa se pone peor más adelante, obvio.

Manuela empezará a crecer, y empezarán los regalos. Los regalos de niña, por supuesto. No hay nada como coger un catálogo de unos grandes almacenes para darse cuenta de que seguimos en el puñetero Pleistoceno. No seré yo la que le regale cosas de niñas. O sí, pero porque las quiera, no por imposición.

Y si intenta salirse del redil y pide una ametralladora por su cumple o por Reyes, seguramente se le aleccione que eso no es apropiado para ella (no porque sea un juego violento, que ojalá). Ella no debe ser contestataria, ni agresiva, ni jugar a cosas de chicos. Sus gustos deberían tender a cocinitas, peluches y cajas con hilos para hacer trenzas. Porque una niña debe mantener la compostura y no hacer el bruto, sentarse de forma basta o abrirse de piernas jugando a pillar o gritar como una salvaje. Debe aprender mucho de contención, que será lo que va a primar en su vida en los años venideros.

Después vendrá su sexualidad. Ay, pobreta meua, aquí empieza lo más traumático… En las escuela, la gente, las malas lenguas la introducirán en el redil de la heterosexualidad, por supuesto. Y la sexualizarán a una edad muy temprana, teniendo acceso a vídeos de mujeres despampanantes moviéndose ante un macho cabrío, a series y dibujos de mujeres que complacen. ¿La vestirán con lazos, con falditas y aquí ya ella solita empezará a volar sola y a cambiarse de pendientes según la ocasión? ¿El engranaje empieza a funcionar?

Y sus abuelos y tíos y tías siempre le harán la misma pregunta cuando empiece el colegio: “¿Tienes novio? ¿Tienes novio? ¿Tienes novio?…” Y así infinidad de veces. Claro, a esas alturas, a la niña ya le ha quedado clarísimo que tener novio es absolutamente fundamental para su vida y para quienes la rodean.

Si antes de los 14 años no le atrae nadie y vive ajena a toda esa parafernalia o no entiende nada de la pregunta, que se joda, ya es mayor para enterarse. Y si resulta que en un momento dado se fija en su compañera de pupitre, que se prepare porque nadie nunca ha contemplado esa posibilidad ni le ha hablado remotamente de ella. Aquí la cosa empieza a doler más. Porque empiezas a sentirte diferente, porque eres un bicho raro, porque esto no entraba en los planes de lo que debe ser una niña.

Y ya ni te cuento si decides sacar el rosa de tu vida, quitarte los pendientes, cortarte el pelo y dejártelo largo en las partes que no toca… L’enfer c’est les autres…

¡Con la inversión que ha hecho la sociedad por los siglos de los siglos y tus padres y tu entorno para convertirte en la mujer ideal, y tú vas y de repente sientes cosas extrañas, raras, pecaminosas! Hasta malvadas. Si tienes suerte, no te llevarán a un psicólogo parar rencauzarte en lo que se supone que toca. Pero seguramente te hagan la vida imposible durante un tiempo o se lamentarán en el fondo de sí mismos de la persona en la que te has convertido. Pero no te preocupes, por suerte vivimos en un país libre…

Yo te querré como seas. Me gustaría que fueras buena, libre y feliz. Pero quién soy yo para pedirte algo que me está costando la vida.

¡Feliz Sexo!

NO CREO EN LA CIENCIA, SÓLO EN EL AMOR, LA MÚSICA Y EL SEXO. P.D.:Y EN TODOS SUS COMPAÑEROS DE VIAJES

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