Servidora (sobre) vivió a un club swinger

!Hola Mis Chic@s Molon@s!

Agarraos a los machos, que vienen cuervas. El viernes pasado, Wine & Tequila, dos de las componentes de la nueva rock ‘n roll band más canalla y sexy de los escenarios, fuimos de parranda a ver que se cocía por la noche madrileña. La tercera en discordia, Beer, nos abandonó. Para que os quedéis con la copla, nos llamamos Wine, Beer & Tequila. Y somos unas viciosas. Tres mujeres: Wine a la guitarra clásica, Beer a la guitarra eléctrica y Tequila a la guitarra acústica. Un destino: formar una banda.

Pero volvamos a la noche del viernes. No os equivoquéis, no fue una parranda cualquiera. Aquella noche ya tenía nombre. Liberal. Fuimos a un club swinger. Tú con ella y yo con él. Relaciones a tres y a cuatro bandas. O todos con todos. ¿No suena delicioso? Pues vivirlo, os aseguro, que es mucho mejor. Si os atrevéis.

Intercambio de parejas y orgías

Estos experimentos, aunque no sean de laboratorio, son una alternativa a esa cosa tan soez y maligna llamada infidelidad y en las que algunos matrimonios y parejas son perfectos consumados. Hay más de 50 clubes de intercambio en España. Los yankis y los ingleses lo llaman swing. Significa oscilar, balancearse, columpiarse. Sublime palabra. Así es el estilo de vida ‘swinger’.

Aparcamos el coche y nos adentramos en la calle una calle en una exclusiva zona de Madrid. Pocos metros nos separaban ya de nuestro destino, el número 10. Estábamos excitadas, nerviosas y un colosal morbo azotaba nuestras pasiones más bajas. A primera vista era un local como otro cualquiera. Con su portero, su puerta de entrada, su servicio de guardarropía y su barra. Vamos, el pafeto de toda la vida.

Pero sólo había que investigar un poco más, cruzar al otro lado, correr cortinas o abrir puertas para darse cuenta de que estábamos en otro mundo. Se cocía sexo en estado puro, deseos incontrolables, gemidos colosales, sudor a chorros, y cuerpos y carne a borbotones. Empezábamos a intuir que aquello era parte de un mundo diferente, el estilo de vida swinger.

Que quede clara una cosita. Así lo desean los swingers. Son mentes y cuerpos liberales y abiertos. Nada que ver tienen con mentes depravadas, sexópatas, enfermos sexuales, ninfómanas descontroladas o sátiros que bamban por sórdidos tugurios como loc@s para meter la bragueta en cualquier agujero. Y tampoco son zumbados que organizan orgías de órdago para sobrevivir al fin del mundo. Que parece que es día sí, día también.

El gerente del local nos dio un tour por aquel lugar hasta ahora desconocido para nosotras. Intentaré reproducirlo.

Mientras nos adentrábamos en la primera sala, nos explicaba los entresijos de todo aquello. Las parejas pagan 50 euros con cuatro copas incluidas. Los hombres no pueden ir solos, siempre deben ir acompañados de otra mujer. Las mujeres, sin embargo, sí pueden ir solas y pagan 10 euros cada una, incluida una copa.

Esta habitación, que ahora contempláis vacía, estaba habitada por tres parejas. Dos de ellas practicaban sexo y o no se percataron de nuestra existencia o les trajo sin cuidado. Creo que ocurrió lo segundo. Mientras nosotras mirábamos, varios espectadores hacían lo mismo. Los terceros en discrodia hacían un perfecto 69. Las tres parejas prácticamente se tocaban, formaban parte de un mismo amasijo de carnes, pero cada una estaba a lo suyo. Juntos pero no revueltos.

Llegamos a una cortina. Para atravesarla es necesario ir semi desnudo, basta con quitarse algo de ropa. Nuestro guía bromeo – Elegid la prenda que queréis quitaros. Era una broma, pero yo tiré mano de mi camiseta para deshacerme de ella.  Había un jacuzzi y varios sillones-camas. De nuevo, cuerpos desnudos practicando sexo. Un hombre haciéndole un cunnilingus a su pareja, otro hombre, de pie, se tocaba el pene mientras conversaba con una chica. Algunos atrevidos se habían colado completamente vestidos, quizás eran visitantes primerizos como nosotras que no se atrevían a posar semidesnudos ante los otros.

De ahí fuimos al cuarto escuro. En ese momento estaba vacío así que no vimos nada. Y de ahí, nos dirigimos a las mazmorras. Como cualquier mazmorra, había que descender por unas escaleras, en las que nos cruzamos con gente desnuda. Olía a sudor, a sexo, y a sexos, para qué vamos a engañarnos. De nuevo nos quedamos mirando a cuatro parejas. Los gemidos eran altos y claros. De nuevo cada loco estaba con su tema.

¿Qué se hace aquí?

Las actividades que por estos lares se pueden llevar a cabo son variaditas y para todos los gustos:

1. Observar cómo otros se relacionan sexualmente. Vamos, lo que viene siendo el mirón de toda la vida. O voyeur, que es lo mismo, pero suena más chic.

Voyeur

2. Si alguien mira, otros tienen que ser observados. Por lo que otra opción es follar con tu pareja mientras eres observado por un tercero desconocido.

3. Besar, acariciar o dar/recibir sexo oral con una tercera persona. Esto se considera intercambio suave o Soft Swing.

4. Tener penetración sexual con otra persona distinta a tu pareja, lo que ya supone lo más de lo más. Es el intercambio total o Full Swap.

5. Follar con tu pareja en la misma habitación o lugar en el que otras parejas.

¿Quién pululaba por ahí?

Los prejuicios y los sueños, a veces, nos juegan malas pasadas. ¿Pensáis que aquello estaba habitado por personajes de Torrente o de cine de serie B (que para el caso es lo mismo) ¿Depravados, viejos verdes, jóvenes salidos, gente fea? ¿Quizás permitís que vuestras mentes vuelen más alto y os imagináis una descomunal orgía al más puro estilo Stanley Kubrick con Tom y Nicole como pareja de intercambio? Tampoco flipéis.

De todo había, como en la viña del señor. Cuerpos Danone, magníficas siluetas luciendo envidiables abdominales y firmes glúteos. Pero también carnes trémulas, barrigas flácidas y pellejos colgando. Una mujer rubia, de unos 50 años, de piel firme y piernas larguísimas, lucía un corsé negro y unas bragas a juego. Iba acompañada de su pareja, que después de darle un trago a su copa, decidió quitarse la toalla blanca que le cubría un pene modesto. Y flácido.

Dresscode

Como en toda fiesta que se precie, hay una etiqueta. Las juergas sexuales por parejas u orgiásticas tienen un estricto decálogo de conducta. Estos golfos tienen principios. Podríamos resumir las normas swinger en tres reglas básicas: respeto, higiene y discreción.

trio

Respeto: La regla principal es muy simple. “No” significa “no”. El rechazo a una proposición indecente no exige ninguna justificación y siempre, me habéis oído, siempre, debe ser respetada. Las proposiciones o acercamientos se realizan mediante leves caricias en zonas no erógenas. No son necesarias las palabras Si te dan luz verde, se entiende el consentimiento tácito para continuar. Si te apartan la mano o dicen “no”, se ha acabado el juego, al menos con esta pareja.

Higiene: El uso de preservativos es obligatorio en estas jaranas de alto voltaje. Ante todo, protección para prevenir enfermedades de transmisión sexual, que no está el horno para bollos.

Y discreciónLo que pasa en Las Vegas se queda en Las Vegas.

Después del tour nos invitaron a unas copas, buenísimas por cierto. Sentada con Tequila en aquella barra sentí como de nuevo nos devolvían a la normalidad de un local nocturno cualquiera. Hasta que vi como una chica preciosa, sólo con un sujetador de lencería, cabalgaba a lomos de un negro de anatomía atlética. Estaban pegando un polvo salvaje que tenía una pinta brutal.

Una pareja entrada en años estaba a nuestro lado. Nos sonrieron y se acercaron. Francisco y Eva. Francisco lucía una oronda barriga y un torso hinchado. Tenía poco más de 40 años pero el pobre había envejecido muy mal. Eva parecía una monja, vestida con pantalón largo y suéter de manga larga y cuello cisne. Con el caloret que hacía ahí dentro. Parecía una estricta institutriz o una beata profesora de catecismo. Eran amigos y amantes, cada uno estaba casad@ con otra persona. Él la había traído a traición a aquel lugar porque a ella llevaba meses rondándole por la cabecita la idea de tener una experiencia con una mujer. Amablemente declinamos la oferta. No insistieron y seguimos hablando tranquilamente de otros menesteres.

Nos sentamos para comentar lo vivido mientras nos fumábamos unos cigarrillos y escudriñábamos el ambiento con ojos ávidos de más. A nuestro lados unos se besaban semi desnudos, mientras una pareja echaba un polvo discreto. Ahí sentadas, quizás algun@ pensó que éramos dos mojigatas en medio de un guateque sixties, que en vez de a bailar, esperábamos a que nos sacaran a follar.

Ninguna de las dos íbamos cerradas a nada, ni dispuestas a abrir las piernas si no nos apetecía. No sentimos esa conexión que hace falta para practicar sexo con un desconocido. Quizás todavía no sea tan liberal y siga teniendo…¿prejuicios?. Pero sin duda repetiré, me quedé con la miel en los labios. A la segunda, o a la tercera, va la vencida. Tiempo al tiempo.

¡Feliz Sexo!


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