Mi folloagenda, mi tesoro

En un pasado no muy lejano tenía una follagenda. Preciosa por su contenido y su continente, estampado de camuflaje y formato bolsillo.  Cuando cumplí los 29, bueno los 30, bueno los 31, decidí deshacerme de ella. A ciertas horas de la madrugada, con copas de más, móvil y agenda en mano era más peligrosa que una kamikaze a bordo de un Boeing 777. Ahora, en ocasiones me arrepiento de haber destruido aquel tesoro, con lo que me gusta a mí tirar de agenda. Pero al día siguiente siempre me siento aliviada. Siempre.

¡Follagenda y alcohol mezcla fatal!

Folloagenda

Hace dos años conocí a un teenager adorable. Nos hicimos follamigos, no había alternativa. Yo por entonces no tenía el coño pa fiestas ni el chichi pa farolillos, ni el humor ni las ganas de coquetear con Cupido. Cada uno tiene su ice moment. Me criogenicé en vida, me disfracé de Superwoman, me arranqué el corazón, lo metí en una caja de alta seguridad, la enterré a miles de kilómetros bajo tierra y tiré las llaves al Mediterráneo. Sólo quería alguien con quien pasar el rato. Sin más. Sin más pretensiones, sin más complicaciones. Sin compromisos. Sin sentimientos. Muy femme fatale, esa que Nietzsche nunca tuvo.

Chica fumando

Él todavía estaba estudiando la carrera, tercer año. ¡Tan tierno! Nos  veíamos de vez en cuando, poco, por que tenía que estudiar y trabajaba de noche como entrenador de futbol. Y sí, estaba tremendo. Tremendo cuerpo, tremendos músculos, tremendo culo. Para mojar pan y lo que no es pan.

Para más INRI, sólo hablábamos por Facebook. De vez en cuando nos mandábamos algún SMS, alguna llamada telefónica, pero poca cosa.

Nuestras follacitas fueron pintorescas y se prolongaron durante varios meses. Siempre horas intempestivas para planes indecentes. Sólo había sexo, a todas horas… ¿Y mientras? Mientras escuchábamos música que él me descubría. Era un auténtico melómano de quien aprendí que hay mucha más música que los temazos comerciales que pinchan en los 40.

Cuando pienso en él me acuerdo de los no recuerdo cuántos polvos que echamos mientras cantábamos a los Rollling Stones, imitábamos a los Led Zeppelin, me susurraba al odio palabras de Nacho Vegas, bailábamos desnudos Love of Lesbian o me tocaba algo del Sr. Chinarro, y yo me desnudaba al ritmo de Arcade Fire. La música nunca dejaba de sonar y nosotros nunca dejábamos de follar, sin amor. Me gustó mientras duró.

Y sus manos, grandes, decididas y suaves, me hacían volar, volar y bailar. Mar adentro, más adentro.

Nos amábamos en el portal, en las escaleras, en la calle, en el coche, en la playa, en la privacidad de la leonera de mi casa cuando mi madre por fin cumplía su incansable amenaza de “A que cojo el montante y me voy y no me veis más el pelo en una larga temporada”. En todas partes.

Sexo

Los encuentros en el portal eran muy excitantes y altamente peligrosos. Me viene a la memoria una mañana de domingo que yo volvía en autobús de una boda y quedamos en la parada. Encantador gentleman, siempre lo fue, vino a recogerme y fuimos paseando hasta mi portal. No nos aguantábamos las ganas: un poco (más bien un mucho) de magreo y masturbaciones en ambas direcciones en las escaleras, a oscuras, con el morbo de que alguien bajara en el ritual dominical de recoger el periódico o comprar el pan y nos pillara in fraganti o con las manos en la masa, que para el caso es lo mismo.

Efectivamente así ocurrió. Fue mi elegantísima, tradicional y octogenaria vecina la que nos pilló. En esos momentos de Tierra Trágame intenté salir los más airosa posible. Podría haber sido peor, en esta ocasión estaba completamente vestida.

Pensé en soltarle el típico Vecina, no es lo que parece, pero no me pareció ni apropiado ni creíble. Afortunadamente no montó ningún escándalo y la cosa quedó ahí. Al cabo de dos semanas mi querida vecina me contactó vía el conserje para hablar conmigo. La llamé y este fue el panorama:

Alguien, para ser más precisos, un chico de veintitantos años, no perteneciente a la comunidad de vecinos, ha entrado de noche y a hurtadillas en el portal, sin zapatos y muy ebrio, dejando la puerta de  la entrada abierta de par en par y poniendo la seguridad de los vecinos en peligro.

Siguió narrando una rocambolesca historia, sin pies ni cabeza. Mi vecina estaba literalmente señalando a mi follamigo como principal sospechoso de la fechoría. Me vi en una tensa tesitura que no le deseo ni a mi peor enemigo cuando en nuestra conversación recordó como en su momento me pilló haciendo cositas varias en las escaleras con él y recordaba su cara perfectamente. ¡Cuán poderosa es la imaginación! Efemérides…

Batman y Robin se quieren

Enzarzada en aquella mini disputa típica intravecinal que ya la quisieran los guionistas de Aquí No Hay Quien Viva, de repente mi cinematográfica mente recordó aquella escena en la que la joven Jennifer Grey, en el brillante papel de la ingenua y virginal Baby, defiende a capa y espada a Johny Castle, bailarín con culo de morirse, estomago-tableta de chocolate de infarto y macarra consumado en esto de las artes amatoria sexuales.

No soy muy de plagiar, cada una tiene su estilo, pero en esta ocasión plagié con orgullo y satisfacción esa impagable escena de Dirty Dancing. Me hacía mucha ilusión ser una heroína, una super girl que salva la reputación de su super follamigo de las garras de una sanguinaria abuelita.

A modo de flashback, os recuerdo la escena.

Baile sexual

Para defenderle de un robo del que es completamente inocente, en un más que solidario acto de heroicidad para con su amado el bailongo de Johny, Baby confiesa al gerente del hotel y en presencia de su estrictísimo padre (Baby, Ole Tú, por que tu padre, en la vida real, te mataaaaaaaaaaaaa):

“Sé que Johny no fue. Lo sé por que pasé toda la noche con él.”

Eso mismo dije yo, sin alterar ni una coma, sólo sustituyendo el nombre de Johny por el de mi follamigo, Antonio.

A cambio de mi defensa, Antonio como muestra de agradecimiento me hizo el salto de Dirty Dancing que llevaba meses pidiéndole.

Sólo de recordarlo me emociono. Y tras esta breve apostilla, volvamos a mi follamigo.

Antonio hablábamos de música, viajes, planes de futuro profesionales o un concierto al que ir juntos (y al que nunca fuimos, ni juntos ni revueltos). Pero jamás hablamos de nosotros ni de nuestros sentimientos, y básicamente nunca hablamos de sentimientos por que no había.

Ese hombre, mejor dicho ese teenager, es el amante que incomparable e indudablemente más placer me ha dado entre las sábanas. Era pura potencia, pura adrenalina, pura juventud, pura entrega. Puro Sexo. Pero yo no tenía ningún otro tipo de sentimiento hacia él, ni él hacia mí, imagino. Aunque no lo sé, jamás le pregunté. Así que la historia se terminó pronto.

Fin de la cita

Y para terminar me pongo seria.

Los follamigos, que se consideran guays, modernos y especiales, no tienen novi@ ni compromisos ni pareja ni amantes y tiran incansables de esas frases de manual que no se las tragan ni ellos del típico tópico tipo Estoy en esos momentos de la vida en los que no busco más, Por que yo, Por que tú... BLA BLA BLA. Parole parole parole.

Ellos no lo saben, pero lo que les pasa a estas criaturas es que no tienen ni pajolera idea de lo que quieren y viven, más bien sobreviven, auto encasillados en un estado caótico-sentimental de película de terror. Y esto es como todo, cada día que pasa mayor batiburrillo emocional e inseguridades múltiples. Con el tiempo, el rollo Sodoma y Gomorra aburre, aunque no lo creáis.

Para hombres y mujeres que salen pitando y que pasan palabra cuando huelen C O M P R O M I S O, que antes muertos que escuchar ese término prohibido que parece que suponga el fin de sus vidas a todos los niveles posibles, un follamigo es PERFECTO. De hecho ellos mismos son follamigos perfectos.

Chica

Para aquellos a los que no les afecta demasiado esa palabra, una relación follamistosa es demasiado insulsa, demasiado simple, demasiado vacía de todo, demasiado poco.

Como NO A LAS DROGAS, yo digo  NO A LOS FOLLAMIGOS. Para mí, el sexo siempre implica sentimientos, sensaciones y deseo. SIEMPRE. Negarlo es negar el sexo en si. Y ante un calentón que desee satisfacer, prefiero un interesante ligue de una noche, un atractivo aquí te pillo aquí te mato o un poco de onanismo y dulces sueños…

¡Feliz Sexo!


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