De boda en boda y (me lo) tiro porque me toca

El sábado pasado me vestí para matar, me calcé los tacones más altos de todo mi armario, me puse mi gloss (ese que siempre llevo, hasta para la manifestación a favor de la República, porque creo que hay que manifestarse con glamour) y me fui de bodorrio.

Las bodas son un mundo aparte, una especie de microcosmos con su microclima particular. Aunque afuera esté cayendo la del pulpo, sigan los desahucios, la crisis empeore, por mucho que Marianico diga lo contrario, y el rey Juan Carlos abdique, en las bodas la gente está feliz. Ja ja ja, ji ji ji, risas por aquí, sonrisas por allá. Todo el mundo luce sus mejores galas, todo el mundo está guapo, salvo alguna que otra que mete la pata con su estilismo y la prima lejana del pueblo por parte de la novia que la pobre, se ponga lo que se ponga, es difícil de mirar.

Hace años que me ha dejado de hacer ilusión hacerme con el ramo de la novia mientras me bato en duelo con el resto de candidatas para ser la próxima en encontrar a mi príncipe azul, casarme de blanco y por la Iglesia (aunque no sea virgen), ser feliz para siempre, tener una larga descendencia de hijos guapos, rubios y con ojos azules, y comer perdices hasta que la muerte nos separe.

Antes sí me hacía ilusión, pero eso era antes. Antes de descubrir las que para mí son las tres grandes verdades que me han sido reveladas, o las tres grandes mentiras de la Humanidad. Desde que sé que los Reyes Magos de Oriente son los padres (menudo trauma tuve durante años por culpa del exótico Baltasar, el falso rey negro que era el que más me gustaba de todos ;), que el Ratoncito Pérez también son los puñeteros padres y que los niños no vienen de París, porque lo que papá metía en mamá no era la semillita sino tó el tronco, dejé de ser una niña para convertirme en una mujer.

Ahora hay cosas que ya no me trago.

Ahora lo que me hace ilusión es ligar en una boda. Misión imposible.

Y es que las bodas ya no son lo que eran. Lamentablemente. Hablo en lo que respecta al tema de pillar cacho, de mojar. Anda que no he ligado yo en las bodas, cuando mi estado civil era de soltera claro. No me gustan los cuernos. Creo que no ha habido una en la que no haya triunfado como la Coca Cola. Bueno, salvo en la de mis hermanas, que una estaba muy metida en el papel de hermana de la novia y no era plan de hacer o ser la comidilla de la boda.

Dejádme que os cuente…

En la boda de mi amigo Manuel, más negro que Baltasar, ligué con Juan Bravo, como la calle esa pija de Madrid. La verdad es que el susodicho prometía mucho, pero desafortunadamente no estuvo a la altura ni de las circunstancias ni de mis necesidades básicas. Si el difunto Abraham Maslow, el de la pirámide, levantara la cabeza, la palmaba de nuevo. Juan no me duró un asalto, no me dio lo mío. Mucho traje, mucha corbata, mucho mocasín con borlas, pero poco pene dispuesto.

Juan, no mereces tu apellido.

Recuerdo también la boda de una ex compañera de trabajo, en la que establecí inmediata amistad con un miembro del Cuerpo Nacional de Policía, del Departamento de Estupefacientes. Él se quedó estupefacto conmigo y yo borracha de sus besos. Nos quedamos prendados el uno del otro. El agente Francisco, para mí “mi Paco” a secas, no tuvo más remedio que detenerme por desataco y distracción a la autoridad y llevarme esposada a su particular prisión. Ahí cumplí condena como buena ciudadana que soy.

En otra boda, la de mi mejor amiga, ligué con el jovenzuelo Jorge, del que ya os hablé en Coqueteando con teenagers. Os recuerdo que Jorge quería hacerme suya entre los matorrales, pero no pudo ser porque esa noche me pasé yendo de estrecha. Así que Jorge, tenemos un polvo pendiente.

Pero la mejor de todas fue la boda de mi prima. Fue en diciembre, en el Parador de Segovia. Yo salí afuera, con un par, para disfrutar casi en estado de congelación del precioso Acueducto. Los fumadores es lo que tenemos, que en pleno mes de diciembre, nos apetece fumarnos el cigarrito de después del café. Sergio también salió a tomar el fresco poco después que yo. Hablamos lo que duró el piti y volvimos adentro, no sin antes pedirme que le prometiera unos dancings. ¿Bailamos? os preguntaréis curios@s. Y tanto que bailamos. Toda la noche nos la tiramos bailando, en horizontal, en vertical, en la ducha y en el recibidor de la suite nupcial. Habéis oído bien.

Aquellos maravillosos años en los que una boda era el campo de batalla ideal para pillar cacho, era un campo de nabos ideal para solteras. Recuerdo aquellos maravillosos años de bodas en las que los casados y padres de hoy estaban más salidos que el pico de una mesa. Los casados y los padres de hoy, ayer lo daban todo en la pista de baile y venían con la testosterona a tope y los huevos llenos de amor.

En la iglesia…

Incluso antes de entrar en la iglesia, ellos ya tenían el radar puesto fichando a las amigas solteras de la novia. La soltera, por su parte, ya en la Iglesia era consciente de que la estaban mirando de arriba abajo, e iba recta como si le hubieran metido un palo por el culete. Recta, bien recta. Pero nosotras hacíamos como si nada, estábamos pendientes de que no se nos marcara el michelín, metiendo tripa y sacando pechuga.

En el bus…

Ya nos íbamos fijando en ellos. Subíamos las escaleras del bus, y pasando del conductor que no nos interesaba, fichábamos con disimulo a todo el ganao. Y de repente veías como de tu boca salían lindeces como El del paquetón to pa mí, Al del chaleco rojo, que se la cojo, Antonio, te voy a hacer un traje de saliva. El bus era clave para tantear el terreno.

En el cocktail…

He aquí el que era el momento clave de la noche. El cocktail era donde nos marcábamos el o los objetivos. Eso sí, siempre antes de empezar a beber. Es decir, antes de ir borracha como un lemur, pues una tiene un nivel del que no hay que bajar aunque vayas a cuatro patas.

En el baile…

Era el momento de entrar a matar.

En el baile reinaba la ley de la jungla, y como en toda jungla, había una fauna variopinta.

El buitre: Ese ave carroñera que iba a muerte y le tiraba a todo lo que se meneaba. Además no era capaz de pronunciar su nombre sin balbucear, porque se había bebido hasta el agua de los floreros, y a la 1 de la noche ya llevaba la corbata en la cabeza y bailaba la conga él solito con absoluta descoordinación y como si no hubiera un mañana.

El farras: Este tipo era el más divertido, el más bailongo y también le tiraba a todo lo que se meneaba, pero con mucho arte.

El rey de la selva, el león: Este espécimen era el más guapo de toda la boda, todas nos habíamos fijado en él. Algunas veces pillé con el león, otras no. Pero en el fondo no me importaba demasiado, porque lo importante no era ganar, sino participar.

Y luego están el resto, que obviamente también querían pillar, pero no se caracterizan por nada en especial. Al menos a primera vista.

Aaayyy que morriña me está entrando de aquellos maravillosos años. Aquellos maravillosos años en los que ligar era fácil, estaba chupado y se te amontonaban la faena y los pretendientes.

Ahora la cosa está fatal. Ahora las bodas empiezan a dar un poco de pena, si tu objetivo es pasar un buen rato con un apuesto caballero. O sin el apuesto, que la cosa está muy jodida chic@s.

Ahora soy la soltera de oro. De oro, de plata y de diamantes, porque prácticamente soy la única soltera de las bodas. Menos por el norte, que a las vascas no se las conquista fácilmente.

Competencia, al menos tengo poca. Más bien prácticamente ninguna, porque todas están ennoviadas, casadas o incluso madres de unos, dos o tres hijos.

Os pongo en escena.

Copa en mano, aun con los tacones puestos, el vestido impecablemente en su sitio, el pintalabios aun sin correr y toda la noche por delante, le pregunto a la oreja al amigo de turno.

-¿El de la corbata roja quién es?

-Se llama Antonio y es amigo del novio.

-Pues Antonio está como un tren.

-Pues Antonio tiene novia.

Manda huevos.

-¿Y el de la corbata verde?

-Ese es Paco, primo de la novia.

-¿Y tiene novia, claro?

-No, está casado y tiene dos hijos. Esos que la han liado parda en la Iglesia.

Manda huevos.

-¿Y el del chaleco?

-Se llama Martín. Ese está disponible. Está divorciado. Su mujer le dejó por otro y lleva más cuernos que la ganadería de Sepúlveda. Pobre, lo está pasando fatal. No le llega ni para papel del wáter porque encima tiene que pasarle a su ex la pensión de las trillizas. Pero está disponible ehh.

-Pues a ese no le toco ni con un palo.

Manda huevos. De Guatemala a Guatepeor.

Así que yo sigo erre que erre, de boda en boda, tirando porque me toca y sin comerme un rosco.

¿Me invitáis a vuestra boda? ¿Y a la de vuestr@s hij@s?

!Feliz Sexo!

2 pensamientos en “De boda en boda y (me lo) tiro porque me toca

  1. Ay! aun recuerdo la última boda a la que fui en estado de soltería! Prometía mucho, mi amiga y yo en la boda de una tercera que se casaba con un italiano, pero…la cosa fue degenerando a pasos agigantados y solo nos quedó aprovecharnos de la barra libre y agarrar una moña como un castillo de grande! http://www.sexcoolshop.com


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