Confesiones de una sex blogger en apuros: No sin mi Oscar

¡Hola Mis Chic@s Molon@s!

Soy sex blogger, hablo de sexo y no tengo pelos en la lengua, ni los quiero. Tengo ese vicio tan humano y tan exquisito. En mi mesita de noche, además de cosas varias guardo un pequeño pero letal vibrador.

Salt n Pepa

Mujeres que habitáis la faz de la tierra, tenéis que saber que el inventor de este bendito juguetito fue el médico británico Joseph Mortimer Granville. Allá por la época victoriana existía una enfermedad llamada HISTERIA FEMENINA. Antes del vibrador, el tratamiento consistía en que el propio médico  acariciaba a la paciente hasta que alcanzaba el orgasmo y curaba así la histeria. Quizás porque no quería andar todo el día con las manos en la masa, porque a su esposa no le haría ni puñetera gracia que se pasara el día dando orgasmos a todas menos a ella y metiendo los dedos en las vaginas de media ciudad, el bueno del médico inventó el primer vibrador a pilas con fines puramente terapéuticos, sustituyendo las manos del médico por una auténtica bomba.

¿Y qué pasó después del vibrador? Placer. Orgasmos. Histeria.

Esta mañana estoy más feliz que una perdiz. Aunque hoy he dormido sola, esta mañana he salido folladita de casa. Os cuento…

Ayer por la tarde recibí un enorme paquete en la oficina. Enorme, no por su tamaño, sino por su incalculable valor. Llevaba casi dos semanas sin noticias de Oscar. Permitidme que os presente. Chicas Molonas, Oscar-mi consolador, mi insaciable fuente de placer onanista.

Según cuentan las malas lenguas, mi apetito, insaciable, dejó sin fuerzas al alcalino Oscar, y tras casi un año de intensa relación y perfectos y sublimes orgasmos, he de confesar que Oscar dejó de rendir de forma sobresaliente como venía haciendo hasta entonces. Una especie de gatillazo electrónico interrumpía constantemente mi orgasmo en el momento justo. No hace falta que os diga lo mucho que me tocaba la peineta quedarme a medias. Indignadísima llamé a mi juguetería sexual particular y exigí la inmediata sustitución de mi querido Oscar por un clon, pero que rindiera. A estas alturas de la vida no quiero penes, aunque sean de plástico, que no rindan, no estén a la altura de las circunstancias y tengan gatillazos. Bastante tenemos con algunos penes de carne y hueso. No demasiados, gracias a Dios y gracias a la excelente predisposición de algunos dueños de penes y digo yo que a la Viagra y otras sustancias psicotrópicas.

Tras llamadas y mails solicitando un nuevo Oscar, la espera ya resultaba exasperante, recibí aquel paquete con la ilusión de una niña con zapatos nuevos. Se trataba de un intercambio, al más puro estilo mafia. Un mensajero desconocido me entregaría el nuevo Oscar a cambio del que había sido hasta entonces el primer y único Oscar de mi vida. Tampoco fue ningún drama, esto es como los amantes. A rey muerto, rey puesto.

Así ocurrió y aunque insisto en que no fui una Drama Queen, aunque algo romancera sí me confieso (como las folclóricas o las protagonistas de aquellas interminables telenovelas de los 90) he de reconocer que sentí profunda pena al deshacerme de él. Pero decidí ver el lado positivo: él pasaba a una vida mejor. No sé a cuál exactamente, pero ya poco hacía medio abandonado en mi cajón, funcionando a medio gas. Y a mí, el nuevo Oscar iba a colmarme de placer y de orgasmos infinitos, de nuevo. Una vez intercambiadas las mercancías, desconocidas para aquel mensajero, atesoradas para mí, firmé el albarán de entrega y me encerré en el baño apresuradamente.

Os recuerdo, just in case habíais olvidado este pequeño detalle, que estaba currando. Estaréis de acuerdo conmigo en que no se trata de ir con Oscar por ahí como si fuera un paquete más, un paquete cualquiera, uno más del montón. Abrí la caja y por fin, ahí estaba Oscar. Calladito, nunca ha sido muy escandaloso, metido en su cajita color plata. Y sentí como fuegos artificiales. La emoción me embriagaba y me excité al instante. Alguna lágrima cayó, pero de cocodrilo.

llorar

Ante todo, una es una profesional y tenía que volver a mis quehaceres laborales, así que salí del baño, con una sonrisa entre pícara y malvada, volví a mi puesto de trabajo y guardé a Oscar (dentro de su caja de color plata, que ya os veo pensando que llevaba a Oscar en la mano como si fuera un chupa chups) en el cajón de mi mesa. Entre manos llevaba mi «petite mort» envuelta para regalo. Estaba deseando llegar a casa y pasar la tarde conmigo y con Oscar y disfrutar del placer del onanismo, lo que viene siendo el noble arte de tocarse a uno mismo por todas partes. Pero no tocarse así por encima, NO.

Puse un disco de Sade, encendí mis velas especiales (que me regaló una tarde un chileno muy sinvergüenza y muy divertido), apagué el móvil y decidí quererme a mí misma hasta que yo, pues Oscar nunca se cansa, acabara agotada y saciada de amor propio.

¿Cómo es Oscar? Ante todo Oscar tiene algo especial, se nota que no es humano.

consoladores

No soy ingeniera, ni falta que me hace, lo único que sé es que funciona con un cargador que lo pone o a 100 en cuestión de nanosegundos, casi tan rápido como me enciendo yo cuando Oscar se aproxima a mí. Tiene tropecientas velocidades, bueno sólo 7 creo recordar, y las últimas imitan la intermitencia del ritmo de la penetración. Para enloquecer, sudar, gritar…1, 2, 3, 4, 5. Y no estoy hablando de minutos, segundos ni unidades de millar, sino de orgasmos. Seguidos. Uno detrás de otro. Y reales. Y no es broma.

Aunque no es demasiado grande, nos las apañamos a las mil maravillas para hacerme gozar hasta el infinito. A propósito de los tamaños, nunca he creído eso de Caballo grande ande o no ande o El hombre como el oso, cuanto más peludo más hermoso, aunque para ser sincera El Tamaño SÍ importa. Ante todo honestidad. Realmente nunca había probado nada igual entre esa especie formada por dildos, vibradores  y consoladores. Oscar me lo hace tan bien, que después, cuando termino, le doy su duchita bien merecida y a veces le echo perfume, para que se sienta especial. Esto sí es broma.

Obviamente no dormimos abrazados, ni nos fumamos el cigarrito a medias. Entre otras cosas, estoy intentando dejar de fumar y además significaría que se me va la olla y soy un poco borderline. Y no es el caso. Os animo encarecidamente, aunque no doy consejos, que lo probéis, que os deis un capricho y os hagáis ya mismo con vuestro Oscar particular. No tengáis prejuicios con la comunidad de vibradores, consoladores y demás sex toys. No se trata de sustituir al pene y al hombre por un juguete sexual. Jamás. Es un complemento, un suma, un más, para mí un must  en la cama.

¿Y qué pasa con los hombres?

Los hombres siempre son distintos. Ante la noticia de que ella tiene un vibrador, la mayoría se sienten amenazados. Suelen pensar equivocadamente que con su pene es más que suficiente y que en la cama tres son multitud, aunque ese tercero no sea de carne y hueso. Supone un ataque a su ego sexual, su imagen de macho man, de latin lover. Pero damas y caballeros, esto no es una pelea, no es el hombre vs el vibrador, es un juego de placer y auto amor infinitos.

Elegid vuestro momento y tocaos y amaos, tocaos y amaos hasta el infinito. A solas o en pareja. Once you go black…? You never come back.

¡Feliz Sexo!

2 pensamientos en “Confesiones de una sex blogger en apuros: No sin mi Oscar

  1. Pingback: Los mejores amantes… | Blog de Sexo Pepita la Nuit


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