Bésame mucho

Cámara de fotos con un beso

Besar es humano, y divino. Es cosa de reyes, herederos, mendigos, parientes, artistas y no tan artistas.
Los besos, tanto en el amor como en el sexo, son un MUST. Y no hablo de esos besos cualquiera, que vienen de cualquiera. Hablo de esos besos épicos, eternos, de película. No abundan, pero los hay, es casi tan difícil como buscar una aguja en el pajar, como que un rico entre en el mundo de los cielos, como que te toque la lotería. Pero a veces, ocurre, que tras besar a cientos de ranas…

Beso gays

Para mí, el primer beso es un momento muy esperado. Expectación, ilusión, ansia, angustia y placer es lo que me corre por las venas. ¿Una nueva rana? Sé que no será un príncipe, tampoco lo busco, sólo quiero un hombre que me bese a lo Lo que el viento se llevó.

Los besos a mí me despiertan el sexo, la vida, las ganas y la pasión. Besar es como hacer el amor con la lengua, los labios. Aspirando el aliento del otro, uniendo las lenguas, comerse mutuamente. Las manos mientras no pueden quedarse quietas. Los ojos, siempre cerrados.

Una advertencia, no os fieis de alguien que besa con los ojos abiertos, como no puedes fiarte de un hombre cotilla o de una mujer a la que no le gusten Los Smiths.

A mí me encantan Los Smiths, por eso siempre cierro los ojos, me muerdo los labios, los humedezco y saboreo al máximo a ese hombre que espero me bese como si fuera la última vez, que es como yo siempre beso.

La primera vez que besé, que me besaron, que nos besamos, yo tenía veinte años. Sí, a buenas horas mangas verdes, pero más vale tarde que nunca. El afortunado que me robó mi virginidad, besualmente hablando, era belga. Bélgica, un país que no me seduce lo más mínimo. Aparte de la plaza mayor, el Atomium, las cervezas, las patatas fritas de la Place Jourdan y los mejillones, sólo hay cielos grises, días grises, lluvias incesantes y belgas, belgas por todas partes. Mi primer beso fue con ese joven muchacho Erasmus, guapo y rubio, de hormonas alteradísimas.

Ese primer beso pasó sin pena ni gloria. No fue ni bueno ni malo, ni agrio ni dulce, ni fu ni fa. Fue bastante anodino, nada extraordinario, de hecho ni siquiera me acuerdo del nombre de ese joven desconocido que en un intento fallido quiso enseñarme a besar.

Ojalá hubiera tenido la buena fortuna de haber encontrado a aquel mítico viajero de la estación de tren de Austerlitz. ¿Se llamaba Alain Delon no?

Mi escenario fue mucho menos excitante y muy típico: una noche de fin de semana, en medio de la pista de baile de una discoteca cualquiera de una ciudad cualquiera. Lo que sí recuerdo son esas tímidas notas de piano a las que sucedía esa mítica voz, ronca, rasgada y cascada, de la rubísima Bonnie Tyler, esa heroína de masas ochentera. De ella sí me acuerdo, y de esa preciosa canción tantísimas veces versionada, Total Ecipse of the Heart.

Desde entonces han pasado casi diez años, unos años besando más, otros besando menos. Besando a veces a mujeres, pero sobre todo a hombres. Hombres más jóvenes que yo, hombres más mayores, hombres a las puertas del altar (para casarse con otras, no conmigo), hombres cibernéticos, hombres de una noche, de dos, hombres que después desprecié, hombres que después me despreciaron.

Nací en el mediterráneo, por eso soy de sangre y actitud caliente. Me encanta besar, a todos, a todas. Así he conocido besos castos, con lengua, besos infinitos y gloriosos, besos de esos que acaban con un mordisco en los labios, besos de tornillo, besos que me han puesto a cien, besos demasiado calientes y besos que jamás repetiría.

Cartel: Bésame estúpido

Besos con sabor a ron, a vino, a wiski, otros a resaca, a cenicero, a mentiras. Esos son los peores. Besos mojados, en el agua, en el asiento trasero de un coche destartalado, en un mirador con vistas a una preciosa cala del mediterráneo, besos a escondidas en el aseo de caballeros, besos mañaneros, besos de despedida, con lágrimas, que saben a final triste y besos de bienvenida.

Hasta que llegó EL BESO, el mejor beso, el más intenso de todos. Por fin ha llegado el momento en el que puedo hablar de eso hombre llamado JONATHAN. Y no, no el Jonathan, amigo de Kevin, primo de la Debo o de la Vane. No mis chic@s molon@s, mi Jonathan era israelí, de Tel Avivi y cocinero de sushi en un afamado restaurante del país semita. Sin palabras, loca, así me dejó. Nos conocimos el verano de 2009 en una idílica playa de Ko Phangan, en la lejana y exótica Tailandia. Eso sí era un hombre. Realmente no tengo palabras para describirle, pero lo intentaré.

Beso

Imaginaos una noche de verano, la cálida brisa, a orillas del mar. Una beach party de agarra y no te menees. Increíble, cientos de personas en la playa, música de la buena a toda pastilla, y o mejor de todo, toda la noche por delante. Y de repente aparece un grupo de cinco varones. Realmente todos bellísimos, de potente mirada, rasgos marcados, pero eso sí, una pinta de golfos y canallas (siendo políticamente correcta) que ni os cuento. Seguramente los cinco coquetearían además de con el alcohol, con las drogas e incluso la prostitución. Unas joyas…Pero bueno, ignorando este pequeño detalle, eran increíblemente seductores. Seguramente mi ojo avizor, que donde pone el ojo pone la bala, se fijó en el más desgraciado de todos, pero eso sí, el más guapo, que para el caso, es lo importante. O al menos eso pensé en ese momento.

Beso de película

Inmediatamente me convertí en una Matahari de altos vuelos, y con mi estilismo playero, poca tela llevaba he de decir, localicé a mi presa y me acerqué a él. Fue fácil, he de confesar, y en breve estábamos bailando, conociéndonos, coqueteando, como a mí me gusta. Entre dancing y dancing le regalé el collar de flores que llevaba puesto y él, a cambio, y para demostrar su valía y su hombría, como caballero andante que se bate en duelo por su amada, se dirigió a la atracción principal de la beach party, y comenzó a saltar a la comba.

Pero no una comba con las que jugábamos las niñas en aquellos maravillosos años en los que aun éramos ingenuas e inocentes (aunque yo lo sigo siendo a mis 33, casi 34 años), sino una sujetada a cada lado por dos tailandeses, cada cual más borracho que el otro, y envuelta en llamas.

Beso de película

¡Mi hombre estaba arriesgando su vida por conquistarme! Eso fue la gota que colmó el vaso y recuerdo como viéndole saltar a esa gigante cuerda en llamas, yo también me puse on fire. Cuando terminó de dar los saltitos inflamables, se dirigió a mí y yo le besé apasionadamente como recompensa por sus agallas. Él me invito a darme un baño con él y yo acepte gustosa. Así fui cabalgando con mi apuesto caballero hasta la orilla del mar, donde obviamente me despojé de toda la ropa que me sobraba y me quedé en top less. Recordad, menos es más, mejor insinuar que enseñar. En ese momento, y sabiendo el lugar que ocupamos cada una, me sentí como la Diosa de La Dolce Vita con mi Marcelo particular entregadísimo a la causa.

Recuerdo que sonaba Cold Play y cogidos de la mano nos adentramos en el mar bajo la luna y esa noche estrellada que prometía ser larga, dulce y rebosante de sexo. ¡Qué romántico todo! Bañándonos en las aguas calientes de ese océano en calma que bordeaba las costas de la pequeña isla tailandesa, nos acercamos, lentos pero firmes, nos tocamos, nos apretamos el uno contra el otro y nos besamos. Con los ojos, con las manos, mordiéndonos la boca. Sólo de recordarlo me mareo.

Beso

Pero no todas mis historias han sido iguales. No siempre va a ser llegar y besar el santo, aunque muchos quisieran. Como buena española, un beso de amor no se lo doy a cualquiera. Y con esta frase termino por hoy y os dejo con una versión cañí de ese gran tema llamado EL BESO DE ESPAÑA. Lo siento, es que estoy un poco nostálgica. !Va por ti Canelita!

¡Feliz sexo!


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