Fue la penúltima (en el sexo y con un ex, casi siempre lo es)

¡Hola Mis Chic@s Molon@s!

No, aquello no acabó ahí. No fue la última comida del verano. Ya se encargó él de volver, de encontrarme en el hoyo donde me había escondido para olvidarme a qué sabía, a qué olía y de cómo me trepaba por dentro.

Se encargó bien de enviarme Whattsaps que yo por supuesto no contesté. Es el punto uno del manual de recuperación: no contestar aunque te vaya la vida en ello y te pases un día entero sin hacer ninguna de las comidas y te alimentes a base de vino y caladas tontas.

Después probó con el correo electrónico. Primero su tono era sexual, hambriento. Después viró al casi chantaje hablándome de su morriña, de su dolor, de todo lo que habíamos compartido y que nunca recuperaríamos. Tampoco contesté, me mantuve firme con los ojos desorbitados y el estómago hecho papilla. Dejando pasar un tren que de repente se volvía a parar ante mis pies. Yo podía intuir adónde me llevaría ese tren, pero realmente nunca tenemos la certeza y la duda es insoportable muchas veces.

Pero yo tenía que despedirme sin mirar hacia atrás. A veces hay que tomar estas decisiones, aunque te vaya (de nuevo) la vida en ello y doblegues la voluntad hasta puntos insospechados. Un corte radical es lo más sano del mundo. Pero no me dejó. Ese cabrón me encontró. Del todo, hasta el fondo.

Hace una semana. Un sol abrasador. Salí de casa de mi madre, que muchas veces es mi ofi, escopeteada, quería aprovechar los últimos días de calor para irme al mar y surfear un poco. Ese día caminaba ligera, flotaba un poco. Estaba teniendo una buena semana y apenas me había acordado de él. Y, bajando la calle, vi sus pies, sus piernas apoyadas contra la pared. Podría no haber levantado la vista, hubiese seguido siendo él igualmente. Y sólo esa visión me mojó entera, me revolucionó la piel, los poros, las puntas del pelo.

Y ahí estaba con su media sonrisa, burlona hasta la médula. Y yo ya me había dado por follada. Hay fuerzas superiores a nosotras que aplastan nuestra voluntad. Y mira que fui firme en no contestar, en desaparecer. Entonces le miré y le sonreí, y nos volvimos a conectar como si nada hubiese pasado, como si un tiempo antes no me hubiese roto el corazón y las bragas. Entonces sentí un deseo imparable de que me empotrase en algún sitio, que todo ese dolor saliese con él en forma de jadeos y flujos y mordiscos. Y él venía a los mismo, porque lo conocía ya un tiempo y era imposible que no estuviese ahí para otra cosa. Monos de drogas varias.

Tomé la iniciativa y me acerqué y no nos besamos. Él me cogió de la mano y me acarició un poco la nuca.

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– ¿Tienes las llaves de tu oficina?
– Sí, pero aún hay gente.
Podemos bajar al garaje.

No era la primera vez que bajábamos al garaje. Muchas mañanas en las que quedábamos para desayunar, en lugar de tomar ese café bajábamos diez minutos a corrernos antes de empezar el día. A veces nos vestíamos deprisa por las mañanas y nos conteníamos en su casa o donde estuviésemos porque estábamos deseando explotar ahí. Era un trámite rápido y necesario. Te liberaba y contentaba para el resto del día. Él quería vaciarse dentro, yo quería intentar llenarme un poco. Y alimentar todo el vacío que estaba dejando.

Y mientras follábamos contra una de las columnas, pensaba en que tendría que haber seguido andando, haberle ignorado. Porque sabía que ese polvo va a costarme unos meses de recuperación jodidos. Así que me corrí proporcionalmente a todo el dolor que se me viene encima para estos meses de frío y largo invierno.

¡Feliz Sexo!

NO CREO EN LA CIENCIA, SÓLO EN EL AMOR, LA MÚSICA Y EL SEXO. P.D.:Y EN TODOS SUS COMPAÑEROS DE VIAJES

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