28 horas con Ethan

¡Hola Mis Chic@s Molonas!

Ando emocionada y más incendiaria que un chocolate con churros con la historia que hoy vengo a relataros. 28 horas con Ethan. 28 horas de temazos, dancings, incursiones en el la sección de verduras del Hipercor, paseos soleados, botellas de vino, copas perdidas, pintxos, sexo, cama sin sexo, abrazos, alguna bronquitis que otra sin ser nada, reconciliaciones frente al mar, besos que saben tan bien y a tan poco y despedidas lo suficientemente tristes como para girarte mientras te alejas.

Pero vayamos por partes, como dijo aquel villano sanguinario. Imaginaos la escena. Ethan y yo en su terraza. Pongamos que hablo de Santander. Bebiendo vino blanco fresquito y fumando a medias con sones cubanos sonando de fondo.

¿Who the fuck is Ethan? Pues Ethan es un ingeniero de mente científica y corazón humanista. ¿Y de dónde sale? De Adoptauntio. Ethan y yo nos habíamos intercambiado un par de mensajes en cosa de tres semanas. Justo antes de montarme en el avión de Valencia a Santander (gracias Ryanair), me metí en la aplicación y contesté a un mensaje de Ethan de hace una semana. Me respondió raudo y veloz. Insinuó un intercambio de teléfonos, le di el mío y a los 30 segundos sonó un ring ring.

-¿Si?

-Hola. Me acabas de dar tu teléfono.

-¿Ethan? ¿Qué sopresa? ¿Qué rapidez?

-Me pillas en el aeropuerto. Estoy a punto de coger un avión

-¿Adónde vas?

-A Bilbao, pero vuelo a Santander y de ahí blabacar o bus a Bilbao. Sobre la marcha.

-¿Que dices?¿Yo soy de Santander? ¿A qué hora llegas? Te recojo.

Me gustó esa seguridad- que sólo tienen los malos de las películas- con la que me planteó aquella aventura. Un tipo rápido, espabilado, con actitud. Estoy hasta el higo de panolis y de la gente que tiene horchata en las venas, es lo que hay. Así es cómo un aterrizaje anodino con el sonido de las manidas trompetas al que tan bien acostumbrados nos tiene la compañía aérea se convirtió en una maniobra de lo más emocionante. Hasta aplaudí (cosa que nunca hago) cuando el resto de pasajeros celebraban haber llegado a destino sanos y salvos.

Salí a la calle algo nerviosa y pocos minutos después una furgo negra se detuvo ante mí. Hola Ethan. Pepa, encantada. En cuanto me subí le dije que menuda locura, que aquello no lo había hecho yo nunca, que si patatim, que si patatam. Y entonces Ethan me dijo que sin más (ni que fuera vasco), que nos tomábamos algo y que si no pues que me dejaba en la estación de buses. Aquello me sonó a flipado y pensé, será gilipollas el Ethan este. Pero bueno, Pepita, relájate. Nos tomamos algo y en un par de horas te pillas tu blablacar, pa Bilbo y listo.

Ethan, que me da a mí que es todavía más listo de lo que me ha demostrado ser por méritos propios, venía con el bañador mojado, o eso decía él, porque yo nunca se lo toqué y no tengo yo muy claro si aquello era cierto o puro teatro y formaba parte de la estrategia principal de su plan follador. Me dijo que necesitaba ir a casa para cambiarse. Que sabía que aquello podía parecer raro, pero que era la verdad. Me advirtió que tenia una terraza molongui en la que pasar la tarde, vino, musiquita. Accedí al plan casero.

A todo esto, le pedí, en caso de ser descuartizada y que mis restos acabaran diluyéndose en las aguas del Cantábrico, que me diera la matricula de su coche. Me la dio, además de su nombre completo, número DNI, dirección que inmediatamente pasé por whatssap a mi amiga Marta. Por si las moscas. Sólo le faltó darme sus medidas. Pero tranquilas nenas que ya lo he comprobado por mí misma. Altura: 1´75. Y el paquete, que sois unas marranotas y es lo que os interesa, está por encima de la media. Bastante por encima de la media. Dicen que se encuentra en los 12. A él le mide 5 CENTÍMETROS MÁS. Hagan sus cálculos señoritas. Un ejemplar digno de aparecer en el pequeño libro de los grandes penes. Para que os hagáis una idea, una cosa como el muchacho de la foto de la derecha.

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Antes de liarme la manta a la cabeza me había prometido a mí misma que por mis santos ovarios que yo me iba a dormir a Bilbao. Nenas, dejemos de prometernos cosas para internar demostrarnos no-sé-exactamente-el-qué porque siempre acabamos incumpliéndolas. Ethan y yo hablamos, nos mirábamos, nos tocábamos como quien no quiere la cosa. Y hubo un momento, un punto de no retorno, en el que fui consciente de que me moría de ganas porque me robara un beso. Pero quería retrasar ese primer beso lo más posible, porque las primeras cosas de toda pasan solo una vez en la vida que ocurren en un pestañeo y la nostalgia de su recuerdo permanece para siempre. Que fuera lento. Y aunque la Julieta es más moñas que los enamorados en San Valentín y mola más el rollo de la La Mala, tiene razón con lo de frenar el ritmo.

Esas cosas no pasan demasiado, sólo cuando estás con alguien agustini, cuando eres tú misma porque no tienes miedo de que te juzguen, cuando a pesar de haberte encontrado con mil y un capullos en la cama y fuera de ella, cuando menos lo esperas aparece uno molongui. Hasta que llegó un punto de la noche en el que ni blablacar, ni estación de autobuses ni promesas que hacía horas que se las había llevado el viento. Un momento en el que lo mejor que podíamos hacer era faltarnos el respeto. Tampoco en plan más marrano que el agua de fregar, pero hicimos nuestros pinitos.

Suelo tener pocos escrúpulos para contar con pelos y señales las tórridas escenas de mis encuentros sexuales, pero esta vez va a ser que no. Voy a respetarlo. Lo que sí sé es que al día siguiente me dolía el chichi. Aún hoy me sigue doliendo;).

Mientras me escoltaba el sol crepuscular de camino a Bilbao iba dejando atrás esas 28 horas con Ethan. Dejaba atrás El Sardinero, los graffitis del majete de Okuda que nunca llegamos a ver, el palacio de la Magdalena, los leones marinos espatarrados en la arena como chupópteros solares, un entrañable pinguino que cojeaba roca arriba, el rico vino de coco del Chupi, la playa de los Peligros, un dilapidario barco en alta mar que escupía agua a borbotones, un mojito de melón y una piña colada a medias frente al mar, algo dentro de mí me dice que Ethan me gusta. Porque es un duro con alma. Porque creo que debajo de ese hombre sigue intacta la ilusión del niño que fue. Porque es un tío difícil. Porque tiene la misma pedrada que yo. Porque no respira a medio pulmón ni pasa por la vida de puntillas. Porque me enternece, porque me inquieta, porque  me pone nerviosa, porque me excita, porque a veces me toca los huevos (metafóricamente hablando). Y porque tiene un par de pelotas además de una polla preciosa.

Querido Ethan, por si me estás leyendo: Gracias por mostrarme tus luces y tus sombras. Gracias por aguantar mis sombras y valorar mis luces. Una pena que te me vayas a vivir lejos en busca de islas paradisíacas, pieles tostadas y corazones y temperaturas más calientes. Pero bueno, siempre nos quedará Santander.

O Valencia, o Finisterre. Dicen que es fin del mundo.

¡Feliz Sexo!

NO CREO EN LA CIENCIA, SÓLO EN EL AMOR, LA MÚSICA Y EL SEXO. P.D.:Y EN TODOS SUS COMPAÑEROS DE VIAJES

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