Amores karmales

¡Namaste Mis Chic@s Molon@s!

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En nepalés, saludo a lo divino que tienes dentro. Nepal, sólo con su nombre me tiene ganada. Según los locales, Nepal es el acrónimo de Never ending peace and love. Para l@s que ni papa de inglés, paz y amor eternos. Por estas latitudes me encuentro en estos momentos y a pesar de amar locamente mi Euskadi, estoy encanta de la vida. La majestuosa cordillera del Himalaya al amanecer, las mil y una delicias, picantes eso sí, de la gastronomía nepalí, la sonrisa y amabilidad de su gente, el buen rollismo que rezuma el budismo y comprender, al fin, el significado del mantra Om mani padme hum, mola. Y estos hombres sagrados también.

NEPAL

Me moló también y mucho Sam, un guía remajo y guapetón que nos acompañó a mí y a mis ocho compañeros de viaje en nuestro recorrido a pie por Patán, ciudad de las bellas artes sita en el valle de Katmandú. He de reconocer que desde el primer momento me sentí implacablemente atraída por su persona.

Tenía unos profundos ojos negros que irradiaban bondad y una sonrisa amplia y generosa. De vez en cuando envolvía su discurso de un halo de misterio que me atrapaba. Ataviado con su gorra de los Nicks, se desenvolvía a las mil maravillas en la lengua de Shakespeare. Mi curiosidad infinita floreció de inmediato en mi <interior. No pude contenerme y le pregunté si estaba casado. Asintió y le pedí que me contara su historia de amor, esa que pido que me cuente, si es que tiene, a todo el que conozco. Algún día publicaré el libro de las historias de amor más bonitas del mundo. Ya veréis. Bueno, el Sam. Me contó sonriente que tenía dos hijos, que estaba casado y que era feliz. Le dije que me alegraba y enseguida resopló diciéndome que no siempre había sido así, que había tragedia en su historia. Le pedí disculpas por ser tan cotilla y entrometida, pero el estaba decidido a relatarme su historia.

Hace ochos años estuvo casado con una mujer con la que tuvo a su primera hija. En cuanto la vio supo que era para ella. Sarita le robó el corazón cuando él apenas era un niño y la amó desde el primer día. Estas cosas pasan aunque no lo creáis. Hay gente que enseguida sabe reconocer lo bueno, lo que le hace feliz, lo que quiere.

Desde entonces nunca dejó de ser su mejor amiga. Vivieron felicísimos cuatro preciosos años años de casados en los que vieron crecer sana y fuerte a su preciosa hija Menika. Hasta que a su esposa le detectaron un cáncer. Se sucedieron infernales sesiones de quimioterapia, visitas constantes al hospital y tratamientos médicos que a punto estuvieron de desterrarles en la ruina más absoluta. Por desgracia, Sarita no pudo ganarle la guerra al cáncer y murió. El pensaba que iba a morir de amor. O de pena. O de las dos cosas.

Lo bueno, o lo malo, es que hoy ya nadie se muere de amor. Años después conoció a su actual esposa con la que actualmente tiene un hijo de cuatro meses. Le pregunté si su corazón se había recuperado y aliviado me dijo que ahora sí. Me dijo una frase que no he podido olvidar.

La quiero tanto como quería a mi primera esposa. 

Sí. Sí se pueden querer dos mujeres a la vez. Y no estar loco.

Para qué negaros lo evidente, para qué. Sam me gustó a rabiar. Su delicadeza, su bondad, su emoción contenida me enternecieron. Y me excitaron también. Pero aquel amor pasajero no era posible. Esta vez no hubo flirteo ni nada que se le parezca. Shiva me libre. Sólo yo mirándole de reojo, observándole furtivamente como un niño agazapado tras una ventana. Admirándolo, deseándole en silencio. Amores imposibles lo llaman algunos. Amores karmales los llamo yo.

¿Qué le vamos a hacer? Khe garne? dicen en Nepal.

¡Feliz Sexo! Y buen karma amig@s.

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