Sexo en Nueva York

¡Hola Mis Chic@s Molon@s!

Jamás he pretendido ser Carrie Bradshaw. Primero porque me parece una pava y una superficial, la menos interesante de las cuatro chicas. Yo siempre seré  muy de Samantha. Es divina. A pesar de no haber seguido nunca sus pasos, por fin puedo decir aquello de que he tenido Sexo en Nueva York. En Brooklyn para ser más exactos.

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Hace unas semanas volé de Chicago a Nueva York. Mi aeropuerto de destino fue La Guardia y pude sobrevolar junto al resto de pasajeros la isla de Manhattan. Fue impresionante ver aquella ciudad que no se parece a ninguna y a la que ninguna se le parece, porque Nueva York es única. Pegada como una ventosa a la ventanilla me sentí insignificante ante aquel inabarcable Monopoly de cemento y hormigón.

En el momento que pisé NYC me sentí como en casa. Uno se siente como en casa en Nueva York porque la ha oído mentar en tantas canciones, la ha disfrutado como un personaje más en tantísimas pelis molonas. No mencionaré ninguna por no dejarme ninguna en el tintero. Aunque me hice – me hicieron más bien- una foto en la emblemática Times Square.

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En cuanto aterricé me fui en Lyft hasta Brooklyn donde me vería con mi amigo Lolo y otros colegas. Había una pareja española recién mudada a la isla y un amigo de Lolo, mi querid@ Nico. Hicimos migas enseguida, nos caímos estupendamente y sin que nos dieramos cuenta inmediatamente nos contamos nuestras vidas. Como putas por rastrojo.

Esa noche fue memorable. Cenamos en un argentino delicioso donde el vino rodaba en jarras como si de una bacanal se tratara. De ahí nos dirigimos, ya un tanto piripis a un bar de contraseña en el que tocaba un afamado DJ neoyorquino. Cuando la fiesta se hubo terminado fuimos al rooftop del hotel de Lolo, donde disfrutamos por nuestra cara bonita del imponente skyline que custodia orgulloso la isla de Manhattan. De noche.

skyline

A las cinco de la madrugada me despedí de mis amigos y cogí un taxi hasta mi hotel. El más infame en los que me he alojado hasta el momento. Central Park West Hotel. No vayáis jamás de los jamases. Personal intratable, paredes mohosas, baños cochambrosos y sin agua, ambiente cargado y precio excesivamente ostentoso para la mierda que era todo aquello. Lo único que se salvaba era la ubicación, justo al oeste de Central Park. Dormí unas horas y esa misma mañana me dediqué a descubrir los recovecos de la Gran Manzana. Me creéis si os digo que lloré. Sentía que estaba en el centro del puto universo, donde ocurren las mejores cosas. Y las peores también. En el hipotético caso de que el mundo se encogiera y tuviera que atropellarse en un único lugar, sin duda ese sería, ese es, Nueva York.

Después de recorrer buena parte de los barrios étnicos y más chics de la ciudad me encontré de nuevo con mis amigos. De ahí iríamos a una boatparty de agárrate los machos. Anduvimos hasta el puerto y nos embarcamos, nosotros tres y otras 300 personas, en un barco que nos llevaría de travesía durante cinco horas por las aguas en las que se acurruca la isla de Manhattan.

Cinco horas que se pasaron volando. Palabrita del niño Jesús que la fiesta fue uno de los mejores saraos a los que he ido en mi vida. No os voy a mentir, la gente iba algo intoxicada, no sé si de drogas, de alcohol o de ambas dos. Pero a todos los presentes se le veía envidiablemente felices y llenos de alegría. Yo no quise pasarme de la raya porque no quería perderme nada. Saludamos a la estatua de la Libertad desde más cerca de lo que podéis imaginaros y navegamos por debajo de los puentes de Brooklyn y Manhattan. Qué bueno nen@s, qué bueno.

Sentía que empezaba a cumplir uno de mis grandes sueños que es vivir en Nueva York y casarme con un magnate bien majo y dotado que me quiera mucho y para toda la vida. Y yo a él. De nuevo lloré, pero no como una descosida. No podía permitirme el lujo de que se me corriera el maquillaje. Había pillado. No solo con uno, sino con dos. Un vasco y un sevillano. Aquellos eran dos hombres con un mismo destino aquella preciosa noche de verano: servidora en cueros en su cama.

Al final la balanza de la pasión se decantó por el vasco. Morenazo, de brazos fuertes, espaldas anchas y era un embaucador muy muy romancero. Le rogué que dejara de intentar engatusarme con frasecitas de manual, que íbamos a follar de todas formas. Es que no puedo con ellas. Que si No eres tú soy yo, que si No sé qué me pasa que no puedo dejar de mirarte, que si Solo quiero besarte. Memeces.

Pero hubo feeling y el muchacho tenía un culo para partir nueces. Para más INRI No me dejaba sola ni a sol ni a sombra. Aunque su interés solo fuera acostarse conmigo, mostraba mucho interés. Y por el interés me decanté por él.

Terminó la fiesta y nosotros nos montamos la nuestra propia. El vasco era bastante besucón y no dábamos cinco pasos sin que nos comiéramos a besos. No pude evitar meterle mano por debajo del pantalón e inmediatamente advertí que el misil que ostentaba en la entrepierna estaba a punto de estallar.

Paseamos por Central Park hasta llegar a la Quinta Avenida. Desayunar un café y un croissant frente a Tiffany´s hubiera sido demasiado cinematográfico y muy poco original, así que nos pillamos dos porciones de la pizza más barata y más rica que jamás he probado. Lo de la pizza tampoco es muy genuino, pero no nos llegaba para más. Dicen que la comida de Nueva York es fantástica. No puedo hacer otra cosa que ratificarlo. Y seguimos paseando a la luz de la luna más distinguida que jamás han visto mis ojos.

No sé si era porque estaba en Nueva York, pero en ese momento me sentí la reina del mundo, como Rose cuando está en la proa del Titanic con Joe arrimándole la cebolleta por detrás como quien no quiere la cosa. Está claro que el vasco no iba a dar su vida por mí, ni falta que hace, pero esa noche lo iba a dar todo.

Nos quitamos la ropa y no apagamos la luz. El muy sin vergüenza me tocó por todas partes con un arte que cualquiera hubiera dicho que el sevillano era él. El vasco, sin entrar en detalles, era un auténtico empotrador de los que ya no quedan y solo se ven en las películas. Mientras me follaba me cantaba No sé qué tienen tus ojitos que me vuelven loco, muy poquito a poco. Y mientras me cantaba la letra de esa rumbita salerosa, una nueva embestida que me sabía a pura gloria bendita. A tocinito de cielo. Qué barbaridad nenas, qué barbaridad. Aquella no fue una frase de manual y por original me bajé al pilón y le hice la que creo que fue la mejor mamada de su vida. Al menos eso me decía muy agradecido. Yo lo di todo, aún tengo agujetas en la lengua….en las rodillas. Estaba ante un autentico Hoochie Coochie Man.

¿Suena de puta madre verdad?. Pues así es como sonó nuestro polvo. Con acordes que casi dolían, acomodándose en mí de manera magistral. Follamos como animales, como puros animales. No sé vosotr@s, pero yo a veces follo con más decoro, no me vuelvo loca ni me rasgo ni me rasgan las vestiduras, es como un polvo contenido y modesto. Pero esa noche con él a mi lado me sentí deseada, me sentí poderosa, segura de mi misma y me la sudaba todo. Sudamos tanto que nos resbalábamos el uno sobre la piel del otro, lo hicimos tan salvajemente que hasta nos caímos de la cama. Dos veces. Tal y como un antiguo follamigo me deseó una noche mientras echábamos un patético polvo sobre el suelo del baño de una habitación de hotel compartida, goce como una perra. Como una perra en celo, que es cuando más perra puede estar una perra.

Y sí, la tenía muy grande. Y realmente preciosa. Como uno de esos penes que aparecen en el Pequeño libro de los Penes Grandes.

Todavía era de noche y antes de quedarnos profundamente dormidos me hizo de DJ en cueros. Todo muy sexy. Para mi sorpresa, esta fue la primera canción que sonó. La letra es en euskera y es preciosa. Dice así:

Dile a la lluvia que no caiga más,
dile a la soledad que hoy no venga.

Eres la cuerda que me sujeta y me aprieta,
la que me hizo soñar
y la que destruye mis sueños.

La luna para ti cada noche robaria
y tú estas ciego para ver su luz,
sonriendo,
y luego sufriendo, me has hecho llorar,
pero ya se ha apagado mi fuego,
no eres la única estrella de la noche, ¡no lo eres!

Dime que lo que siento no es verdad,
para creer por un momento todo lo que no somos.

Me sentí tan lejos y tan cerca a la vez de mi querida Euskadi que de nuevo me puse a llorar. Poquito, que no quería cortarle el rollo al vasco y pensara que yacía junto a una chiflada de campeonato y un coyote ugly. No quería fastidiar lo que quedaba de noche con mis moñadas, esas que me traicionan cuando menos me lo espero. Malditas inoportunas.

Amanecimos desnudos y enredados. Yo tenía que marcharme y él tenía que seguir con su vida, sea lo que sea que eso quiera decir. Ya somos adultos y a estas alturas del cuento nadie se cree que lo que se sentía el uno por el otro la noche de los hechos sobreviva a la borrachera y a la resaca de la mañana siguiente. Vamos que el vasco tampoco es el mío. Ni yo soy la suya.

Hasta que encuentre al mío, yo a lo mío. A follar a follar que el mundo se va a acabar.

¡Feliz Sexo!

NO CREO EN LA CIENCIA, SÓLO EN EL AMOR, LA MÚSICA Y EL SEXO. P.D.:Y EN TODOS SUS COMPAÑEROS DE VIAJES

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