La noche de Paellas que conocí al Rey del Mambo

¡Hola Mis Chicas Molon@s!

Si la semana pasada compartí un polvo pasado por agua, con el majete de José Luis, el sábado pasado con Rafael se me ha amontonado la faena y los polvos. Os pongo en situación…

El viernes pasado cogí uno de mis Blablacars habituales rumbo al norte. Sería un viaje express porque salía el viernes por la tarde y el domingo a las 17 horas tenía que estar trabajando en los Madriles. Pero merecía la pena el esfuerzo. Eran fiestas de Paellas y por otra parte, conocería a Rafael, para vosotr@s el rey del mambo. Aunque eso yo no lo sabía.

El sábado fui con unas amigas a dar un paseo por la abrupta y hermosísima costa vizcaína. De ahí nos dimos un chombo en la piscina y luego a la cervecera a comer, que había que recuperar fuerzas. Una vez bien comidas y mejor bebidas, nos fuimos a Paellas.

Paellas consiste una enorme esplanada en la que con meses de antelación las cuadrillas delimitan sus espacios y unos días antes montan su tinglado a base de plásticos y maderas. Luego hay comida y priva para aburrir y musicote, según el gusto de cada cual. Y sonó esa canción que me chifla más que salir los jueves.

Aquí es donde conocí a Rafael. Obviamente no se llama Rafael. Le he cambiado el nombre como hacen en las películas. Cualquier parecido con la realidad es pura concidencia. Bueno, y de paso evitar también que se corra demasiado la voz y alguna listilla se arrime más de la cuenta. Ya sabéis que en Euskadi está complicado pillar.

En cuanto vi a Rafael me pareció mono. Bastante mono. ¿Qué os puedo contar sobre él? Era alto, nariz aguileña, ojos marrones y un poco calvo. Se ve que no le hizo mucho caso a los curas cuando le decían que si se hacía pajas se quedaría calvo. Ahh… y era del rollo fofisano. O gordiflaco o lorzalamero, como prefiráis. No me molan nada los productos hechos en el gimnasio.

Sé que yo también le atraje ipsofacto, vamos desde el primer momento, porque enseguida se puso a bailar a mi lado y empezó a darme palique. Creo que ya no nos separamos en toda la noche. No recuerdo de qué hablamos antes de pasar a los muerdos y ósculos, pero sí me acuerdo que bailamos mucho. A mí me flipa bailar en las barras y él me sorprendió cuando se animó a pegarse unos dancings conmigo desde las aturas.

Rafael y yo desaparecimos a propósito hasta en dos ocasiones. Utilicé entonces la estrategia de la mano, que nunca falla. Dar la mano no compromete a nada y no es como que te hagan una cobra, que a estas alturas de la vida yo paso olímpicamente. Le di la mano a Rafael para conducirle entre la muchedumbre de las Paellas y se dejó llevar. Ahí me quedó claro que esa noche iba a trasnochar y que dormiría en una cama ajena.

Bebimos kalimotxo en botellín de cerveza y nos volvimos subimos a bailar al podium sobre el que nos besamos con locura. Yo empezaba a querer cambiar de aires y le propuse irnos de bares y entrar en calor.

Fuimos en metro hasta su casa, donde supuestamente cogería las llaves del coche y nos iríamos al bar de turno. Pero Rafael, que era muy listo, me besó a traición y me metió en su habitación. Y yo entré encantada. Y él siguió besándome con ansias. Y yo a él. Y me lanzó sobre su cama. Y luego se avalanzó sobre mí. Me desvistió con prisas y yo le desvestí a él. Y así fue cómo todo empezó. Así fue como empezamos a contonear nuestro body al ritmo de la noche.

Llegados a este punto he de revelaros una verdad absoluta, tanto a vosotros como a vosotras. Muchos hombres suelen presumir de pene, incluso los que apenas tienen uno. Lo siento, es la verdad. Como anillo al dedo me viene ahora soltar eso de Dime de lo que presumes y te diré de lo que careces. Pues bien, Rafael estaba muyyyyyyyyyyy pero que muyyyyyyyyyy bien dotado, pero no se daba importancia. Cuando le vi en todo su esplendor me quedé atónita. Se me quedó la cara como el emotico de whatsapp. A ver si adivináis cual…

Desde lo de Cuba, no había visto nada igual. Pues como propietario, amo y señor de ese pene, sorprendentemente no se flipó en ningún momento. Insisto en que tenía un pollón de esos que son difíciles de ver. Y de olvidar. Todo muy aseado, sí señor.

A veces padezco el síndrome de Dora La Exploradora y me da por conocer los entresijos de las cosas. Le pegunté que, como ya teníamos bien catada su minúscula cama, si podíamos investigar otras estancias de la casa. Y me dijo que sí. Así que, en peloticas y cogiditos de la mano, como si no hubiéramos roto nunca un plato, nos fuimos de tour por el resto de estancias. Pensamos en la terraza, desde donde, según me aseguró el mismo Rafael, nadie nos vería. Pero hacía un fresco de pelotas, así que optamos por otra estancia: una pequeña salita. Esa seria la próxima escena del crimen.

bragas

Así pues el sofá de aquella salita fue testigo ocular de nuestras fechorías sexuales. El sillón molaba, daba mucho morbo, pero era algo incómodo porque se me hundía el culete entre los cojines. Así que después de innovar un poco, volvimos a la cama, donde lo teníamos todo mucho mejor controlado. Eso sí, me quedé con ganas de hacerlo en la terraza. Y en la cocina. Y en la ducha.

No miento si os digo que nos tiramos toda la noche follando. Dale que te pego, toma que te doy. Aunque esto aún no lo he comentado con él así de tú a tú, hubo mucha compenetración sexual. Olía bien, besaba más que decentemente y congeniábamos muy bien cuando tocaba cambiar de postura. Y lo más importante, ella y él se acoplaban a las mil maravillas. Eso hizo que yo me sintiera como pez en el agua, completamente deshinibida. Tanto que en algún momento de la noche incluso me atreví a ponerme a hacer estiramientos como una loca.

No sé, me sentía como en mi casa, aunque esa fuera la primera noche que me dejaba caer por aquella casa. Le dije Oye, tú no ganas para preservativos eh. Resulta que el chico tiene barra de libre de gomitas, intuyo yo que de ahí viene la cosa.

Aquella noche me puse un poco en peligro, pues mi soplo en el  corazón se vio algo resentido después de tanta actividad sexual. No sé si os lo había contado ya, pero nací con un problema de corazón y estuvieron a punto de operarme a corazón abierto. A mi madre casi le da un patatús y desde entonces no ha vuelto a ser la misma. Eso dicen.

El maldito despertador sonó a las ocho y media de la mañana. Ese era el toque de queda. Yo tenía un poco de miedo porque sabía que con los rayos del sol y el nuevo día desperezándose, mi amante también se desperezarían y él y su maxipene querrían volver a la faena. Y efectivamente así fue. Yo estaba agotada, pero soy facilona en ese sentido y no hizo falta mucho para convencerme. Echamos ese polvo mañanero que fue incluso mejor que los seis anteriores. El efecto de las copas de más ya no estaban, hubo más ronroneo, fue más cálido, más íntimo y sin la resaca de por medio, mucho más placentero que los coitos nocturnos.

Nos dieron las nueve y tocaba partir. Nos duchamos y me llevó a casa de la amiga donde dormía para recoger mi capazo con mis bártulos. De ahí fuimos hasta el punto donde cogería un nuevo coche de vuelta a Madrid.

Por si no os lo había contado ya, yo no suelo repetir nunca salvo en casos extremos en los que el polvo ha sido nefasto, el chico me cae bien y me sabe mal quedarme a medias. Más que nada, por eso de dar una segunda oportunidad. O una tercera. Incluso he llegado a dar una cuarta. Pero este no ha sido el caso, que me he ido yo más a gusto que en brazos. Rafael va un poco malote y dice que él tampoco repite. Ja. Pero para no querer repetir, nos estamos whatsappeando desde el domingo. Así que Rafael, si me estás leyendo, que sé que sí, habla ahora o calla para siempre.

¡Feliz Sexo!

NO CREO EN LA CIENCIA, SÓLO EN EL AMOR, LA MÚSICA Y EL SEXO. P.D.:Y EN TODOS SUS COMPAÑEROS DE VIAJES

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