Polvos pendientes

¡Hola Mis Chicas Molonas!

Hace un par de noches en compañía de dos amigas muy sinvergüenzas y amantes, al igual que yo, de los tugurios más indecente de la ciudad, este trío calavera nos tomábamos esa primera copa conocida como “la mítica sólo una y nos vamos a casa”. Y en algún momento de la conversación surgió la siguiente pregunta.

¿Con cuántas personas tenéis un polvo pendiente? Y se abrió la veda. Tras un rato de cotilleos y confidencias por parte de mis amigas, llegó mi turno. Y les conté la historia que ahora comparto con vosotr@s.

Hace años cuando coqueteaba por internet con algún que otro personaje cibernético, bajo el pseudónimo de nakedwoman (mujer desnuda) conocí a Fernando, el de los huevos colgando (Fernando, hanging eggs). Fernando y yo empezamos a mantener una relación ciber epistolar. Nos mandábamos emails casi a diario y por las noches, antes de irnos a la cama, muchas de las veces he de reconocer que con un calentón monumental, chateábamos un ratito.

Sin prisa pero sin pausa, nuestras conversaciones iban adquiriendo un tono cada vez más picante y juguetón. Y así como quien no quiere la cosa terminamos diciéndonos auténticas guarradas. Por supuesto intercambiamos fotos subiditas de tono que a día de hoy reconozco que todavía miro con premeditación y alevosía cuando la soledad me pilla en la cama.

Ay Fernando Fernando, cómo me toco en tu verga pensando.

Pero nuestros intercambios no se quedaron sólo en fotos y palabras, sino que terminaron siendo fluidos, muy fluidos. Un día Fernando me propuso conocernos a través de la cámara. Yo acepté, aunque la vergüenza me echaba algo para atrás. Así que me mostré ante él ataviada con una mascara veneciana y el mejor de mis conjuntos. De ropa interior, claro. Un picardías carísimo que me quedaba de escándalo.

Fernando apareció en la soledad de su habitación inundando mi pantalla.

Oh Fernando, Fernando no tengo palabras. Lo que ocurrió después os lo podéis imaginar. Sólo puedo deciros que desde aquel momento no pensaba en otra cosa que volver a casa, encender el ordenador y verme a solas con mi Fernando. Tal era mi enganche que infinitas fueron las veces que me descubría mojando mis braguitas en los viajes en metro, en el supermercado, de camino al trabajo. A todas horas, a cualquier hora. Siempre recordándole.

Esta relación se prolongó durante ocho meses, hasta que los dos necesitábamos más y por fin nos vimos sin cámaras de por medio. Quedamos una noche muy calurosa en el chiringuito de la playa. Muy pícara de mí escogí para aquella primera cita un vestido blanco que dejaba ver la silueta de mi cuerpo al trasluz. Sé que elegí bien. Lo supe en cuanto vi su cara.

Me cogió de la mano y me arrastro a una mesita frente al mar. Pedimos una botella de vino blanco y dos copas, aunque yo sólo pensaba en beber de su boca. Fernando me tenía hipnotizada, esos ojos negros que me miraban con deseo, esas manos grandes que me rozaban y ese paquete al que al parecer también le había gustado mi vestido blanco.

Con la luna como testigo empezamos a besarnos como si no hubiera mañana. Pero esa noche la suerte no estaría de nuestro lado. El móvil de Fernando sonó. Era su madre. Fernando debía volver a casa, algo había ocurrido. No me pudo dar muchas explicaciones. Me dio un beso y me susurró al oido.

– Te prometo que volveremos a vernos.

Y ahí me quedé yo con la luna, la botella de vino y mi vestido blanco. Sóla pero con el dulce recuerdo de su promesa.

Parece que la mala suerte no sólo iba a acompañarnos esa noche. A Fernando y a mi nos había mirado un tuerto. A él se le complicaba cada vez más su situación familiar y a mi me ofrecían una beca para irme a trabajar al extranjero. Era una oportunidad que no podía rechazar. Y así fue como nuestros caminos se separaron.

Ya han pasado cuatro años desde aquel prometedor encuentro que terminó en tragedia. Hemos hablado alguna vez, nos hemos intercambiado algún email que otro y todavía nos prometemos firmemente que algun día zanjaremos esta tensión sexual no resuelta.

En la vida se pueden tener muchas cosas pendientes. Países que visitar, libros que leer, idiomas que aprender y un largo etcétera que no vienen a cuento. Pero, chicas molonas, polvos pendientes…jamás.

Fernando, en cuanto te pille te mato.

¡Feliz Sexo!

Pepita La Nuit