SEB y la primera vez

sexo

Érase una vez tres amigas. Eran muy distintas entre si, pero las tres se adoraban. Se siguen adorando. Se admiraban, se seguirán admirando. Fieles a las buenas costumbres, se reunían cada jueves noche en el SEB, un restaurante más que especial para ellas. No era especial por el menú, ni por el vino, si no porque ahí fue donde empezó a fraguarse su amistad. Sólida, verdadera y duradera. Siempre frente a una botella de vino tinto, y otra botella de vino tinto, y otra… Se tiraban horas y horas charlando de lo humano y de lo divino hasta que el dueño las invitaba amablemente a abandonar el local.

Cada loca con su tema, fumando sin parar y arreglando el mundo. Al menos intentándolo. La una que si tenían que montar un negocio, da igual el que fuera, con tal de que lo montaran las tres juntas. La otra que si se iba a vivir con el novio o no, que si lo mandaba todo a hacer puñetas y se cambiaba de planeta. Y la de más allá que no encontraba ni a su media naranja ni a su medio limón, y que su cabeza sólo pensaba en viajar por el mundo sin más equipaje que una mochila cargadita de sueños.

Aquello era como un club, como el club de la buena suerte o el club de los poetas muertos. Ahí no podía entrar cualquiera, ni mucho menos. Sólo eran ellas tres, no les hacía falta nadie más. Ese club no quería más miembros, ni los aceptaba.

Y entre copa de vino y calada de cigarro, entre ataques de risas de esos que al día siguiente tienes agujetas, se contaban sus cosas. Cosas de chicas, de mujeres, historias de amor, frustraciones, deseos y muchos secretos inconfesables que sólo se contaban entre ellas. Y de sexo, claro.

Una que si le encantaba el sexo anal, la otra que si eso era una cochinada y la de más allá que si estaba harta de sexo sin amor y de amor sin sexo. Y de la primera vez.

No os voy a contar la primera vez de mis amigas, eso ni muerta. Hacer eso sería traicionar a mis amigas, creo que uno de los peores actos que se pueden cometer en la vida. Si me dieran a elegir entre traicionar a una amiga o robar, robaría. Si me dieran a elegir entre traicionar a una amiga y mentir, mentiría. Si me dieran a elegir entre traicionar a una amiga y defraudar a Hacienda, defraudaría a Hacienda. Así de importantes son para mí mis amigas. Jamás de los jamases las traicionaría. Pero si me permitís os voy a contar la mía, que para eso hemos venido.

En esto de perder la virginidad fui muy tradicional. Por aquel entonces todavía creía en cosas en las que ya no creo. Llamadlo madurez, llamadlo pérdida de la inocencia, aunque yo simplemente lo definiría como cosas que pasan.

Mi primera vez fue con mi primer novio, un par de años más joven que yo. Pablo y yo nos conocimos en clase. Una noche de fallas, en una fiesta de un compañero, empezamos a tontear. Y bailamos, cómo bailamos. Pegados, sueltos, a lo loco…Y de repente el DJ puso Alegría. Os pongo la canción para que sintáis, como yo, cómo empezó todo.

Nos cogimos de la mano mientras bailábamos y sentí un calambre. El miso que sintió él. Primero en los dedos de las manos, luego se extendió a todo el cuerpo. Esa noche la pasamos juntos en su casa. Sólo dormimos. Al día siguiente me fui pitando a mi casa, porque mi madre estaba que trinaba y echaba humo a la vez, y me dijo que hiciera el favor de volver a casa que no eran horas de estar por ahí. A saber lo que estaría haciendo a esas horas de la mañana.

Pablo y yo nos veíamos cada día en clase y por las tardes quedábamos tres o cuatro veces a la semana. Y una noche en un bar muy íntimo se decidió a atacar. Nos besamos locamente y mientras me acompañaba a casa me dijo aquello de ¿Quieres salir conmigo?

Le dije – Sí quiero.

Desde ese Sí quiero pasaron tres semanas. Y a la tercera semana fue la vencida.

Desde ese Sí quiero pasaron tres semanas. Y a la tercera semana fue la vencida.

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Todo pasó en mi casa, un fin de semana que mis padres no estaban. Ni mis padres ni mis queridas hermanas, así que la aproveché al máximo. Le cité a las 9 de la noche. Pablo llamó puntual a la puerta y le abrí casi como Dio me trajo a este mundo cruel. Llevaba los pechos descubiertos y una minifalda de encaje sin ropa interior debajo. Me lo llevé a la cocina, lo cual me costó, porque él quería ir directamente al catre.

No, no, no no.

Ya en la cocina le invité a que tomara asiento, mientras yo me ponía el delantal, me recogía el pelo en dos trenzas a lo Pocahontas y terminaba de cocinar su plato preferido.

-Caballero, aquí tiene su cena. Conejo al ajillo.

Después de cenar nos lavamos los dientes y nos dirigimos a mis aposentos. Entre nosotr@s, estaba bastante asustada con todos aquellos mitos que existen en torno a la pérdida de la virginidad. Primero, pensaba que iba a dolerme cuando el pene de mi novio se introdujera en mi virgen e intacta vagina. Luego estaba el tema de sangrar a destajo y dejar las sábanas como las gitanas cuando las desvirgan. Y por último y no por ello menos importante, la paranoia de que al no saber de qué iba todo aquello, por un movimiento en falso, se pudiera romper el condón y quedarme embarazada. Demasiada presión para la primera vez.

Y bien…¿Qué ocurrió?

Mi primera vez fue bonita, fue muy bonita. Recuerdo esa sensación morbosa y pícara de estar haciendo algo por primera vez. Parecía que no existiera más mundo que esas cuatro paredes y nosotros dos. Sin ascos, sin límites, haciendo nuestro el olor, el sudor, la saliva y el sexo del otro.

La verdad es que aquella noche fue un no parar de follar y de hacer el amor. Unas veces follábamos, otras hacíamos el amor. Es muy distinto, no nos engañemos. No recuerdo cuantos polvos echamos a diestro y siniestro, pero nos acabamos toda la cajita de preservativos. Parece mentira, cuando empiezas no hay quien te pare y piensas que tendrías que haber empezado mucho antes. Pero las cosas ocurren cuando ocurren.

Ni me dolió en exceso, ni sangré a lo loco (sólo unas gotas), ni se nos rompió el condón de tanto usarlo, ni nos quedemos embarazados… Menos mal.

Eso sí, no he podido olvidarme de la primera vez, ¿Quién puede? No porque fuera la mejor de todas, ni siquiera la más especial o la más intensa, si no porque fue la primera vez y las primeras veces nunca se olvidan. Para bien o para mal.

Y no sólo hay una primera vez para el sexo o el amor. Hay una primera vez para tantas cosas que podría redactar una lista interminable y no terminar nunca. Se me pasan porla cabeza unas cuantas:

La primera vez que te emborrachas, la primera vez que le das una calada a un cigarro.
La primera vez que ves llorar a tus padres, la primera vez que el mundo te decepciona.
La primera vez que pierdes a alguien.
La primera vez que ves la nieve o te zambulles en el mar.
Ese primer día de colegio, el primero de Universidad.
La primera vez que te rompen el corazón.

No se olvida la primera vez. ¿Nunca?

Para terminar volvamos a mi primera vez y al día después de la primera vez. La curiosidad mató al gato cuando le cotilleé a mi novio el móvil y vi en la bandeja de salida el siguiente mensaje.

“¡Tío, ya he follado!”

Me hizo gracia aquel mensaje comunicando a su mejor colega que por fin había desvirgado a su novia. Así que me di por follada. Bien follada, por supuesto.

¡Feliz Sexo!