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Psicología

¿Mi media naranja?, ¿cómo funciona el amor?

Todo sobre el amor verdadero

A pesar de ser una vivencia bastante común la de enamorarse una o millones de veces a lo largo de la vida, seguimos sin tener ni repajolera idea respecto a este extraño suceso.
Podemos hablar de los múltiples efectos del flechazo en cuerpo y coco pero a saber por qué pasamos de ese estado hipnótico al rechazo o a la búsqueda de un repuesto que nos haga volver a las mariposas en el estómago.

El verano es el momento idóneo para enamorarnos, será porque estamos de vacaciones, porque morenos estamos más guapos o vete tú a saber.

Somos un manojo de hormonas y fluídos, segregamos de todo a tutiplén. 
La dopamina es un neurotransmisor fundamental en el amor; nos hace sociables, curiosos y charlatanes. Las endorfinas también aparecen por ahí como respuesta a las caricias y a las sensaciones agradables. La tetosterona juega un papel determinante en todo este fenómeno del enamoramiento por ser la responsable del deseo sexual.

No hay que darle muchas más vueltas para entender por qué nos volvemos locos los unos por los otros y sólo pensamos en acoplarnos.
Las mujeres enamoradas generamos tetosterona por lo que estamos super dispuestas a la cópula, con preliminares o incluso sin ellos y los hombres segregan dopamina, así que les da por hablar por los codos, contarnos su vida y ser entrañables.
Por si esto no fuera suficiente, ambos sentimos fuegos artificiales sólo con rozarnos gracias a esas endorfinas tan majas que mencionamos antes. Nada más que añadir.

No vamos a echarles la culpa de todo a las hormonas, nos encanta gustar y eso nos lleva a mostrar nuestra mejor versión. 
Nos ponemos divinos hasta para dormir, abusamos de cremas y colonias y no nos mostramos despeinados jamás.


Además sonreímos todo el rato porque estamos en el limbo y no podemos remediar ese subidón de adrenalina.

Y como la pareja es nueva, tenemos muchas cosas que contarle. Nos esforzamos en mostrar todo nuestro abanico de bondades y, por supuesto, no hay ni un atisbo del lado oscuro.
Es maravillosa esta primera etapa, la del verano loco, la de los bailes, el sexo y las risas. La de ser ideales, simpáticos, empáticos y muy aparentes.

Aflojamos un poco en septiembre, con la llegada de la inevitable rutina y compromisos varios pero seguimos en nuestra nube particular. ¿Cuelgas tú o cuelgo yo?, los WhatsApp a primera hora con un “buenos días mi amor” o los de la noche echándonos de menos después de habernos despedido hace apenas cinco minutos. 

Así de bonito es el amor, al principio. Luego tanta euforia cansa, nos vamos centrando en nuestras cosas, asomamos algún defectillo, bajamos la guardia y empezamos a olernos que no es oro todo lo que reluce.
Llegado este punto, hay quien encuentra el acomodo adecuado y se permite relajarse un poco, no ser tan brillante y seguir admirando al que tiene al lado.
Otros continúan adelante por pura inercia, dando por hecho que hay que aguantarse con la elección tomada aunque ya no nos diga nada de nada.

Siempre está quien prefiere volver a la pantalla anterior, esa tan emocionante, y comienza a jugar de nuevo. Otra vez primeras veces, otra vez sexo y otra vez ser el mejor. Esta podría ser una buena opción si no fuera por el estrés que genera estar siempre en el punto de mira, metiendo tripa y sonriendo. Agotador.


Tal vez es interesante plantearse que no somos la mitad de nada ni falta que nos hace. Que vivir en pareja puede ser maravilloso o un increíble sopor.
Olvidemos el estereotipo de que ser soltera es vivir amargada rodeada de gatos y sin vida social. 
Apartemos también la idea de que nuestra felicidad depende de otra persona.
Puede que un día descubramos que el de al lado es anodino y no nos aporta nada. Ojito que igual ha sido la convivencia con nosotros lo que ha facilitado esta situación. 
Descubrir que nos aburrimos a tiempo es una suerte, nos permite optar por reavivar las cenizas o por salir huyendo.

Lo que sucede es que abandonar nos cuesta, tenemos pavor a la soledad de enfrentarnos a nosotros mismos y, en ocasiones, sólo nos largamos cuando tenemos otro clavo al que agarrarnos. Mucha precaución con esto, antes del cambio examinemos con esmero la calidad del recambio.

En fin, que ni hay que pasarlo todo por el filtro de la razón ni necesariamente dejarnos llevar sólo por el corazón. 
Empecemos por querernos mucho, perdonarnos y aceptarnos, que no resignarnos. Cuestionémonos la creencia de que necesitamos una media naranja para alcanzar el nirvana y evitemos en lo posible equivocamos y llevamos a casa el medio limón.


Ingrid Pistono
Ingrid Pistono, licenciada en Psicología con Máster en Psicoterapia del Bienestar Emocional.


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