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Psicología

Coronavirus, epidemia del miedo

La evolución del miedo por el coronavirus

El coronavirus comenzó siendo aquello que pasaba en China, allá a lo lejos y que nos afectaba lo mismo que la hambruna en África, más bien poco.

De repente es cercano, nos ocurre a nosotros, a la raza “noble”, a los blancos preparados y bien alimentados, a los europeos, al primer mundo. Y entramos en pánico, también porque el bombardeo de información y desinformación se propaga más rápido que el virus gracias, o no, a las redes sociales. Nos creemos todo, cuesta mantenerse al margen de tanto estímulo, el temor nos arrastra. La emoción de miedo es primaria, innata y necesaria para nuestra supervivencia.


Cuando campábamos a nuestras anchas por la selva, salir despavoridos a ocultarnos o subirnos a un árbol, nos salvaba de ser devorados por un león.

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El miedo nos lleva a ser precavidos, entrar en pánico, nos lleva a la locura. Es complicado no dejarse llevar por la marea ¿Quien se queda en casa tan tranquilo cuando ve que todos sus vecinos han echado a correr al supermercado a llenar sus carros de comida? Y, una vez allí, si todos arrasan con el papel higiénico, mejor llevarnos unos rollos también, por si las moscas. La histeria colectiva nos lleva a protegernos, probablemente sabemos que son medidas ridículas pero repetir el comportamiento de otros, nos da sensación de protección. Al menos “estamos haciendo algo”.

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Son múltiples las consecuencias nefastas del COVID-19, en primer lugar, por supuesto, las muertes y después las situaciones complicadas que viven el personal sanitario, las personas sin recursos y el resto de la población en más o menos medida.
Hay otras secuelas, menos graves pero también relevantes que ponen de manifiesto la crisis personal que teníamos ya antes del dichoso virus. El gran problema para los jóvenes y sanos, los ajenos a todo este barullo hasta hace cuatro días es otro. Nos piden que bajemos el ritmo, que dejemos nuestra vida social y laboral y que nos quedemos en casa.

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Menudo miedo, ¿qué hago yo encerrado todo el día aguantando a mi pareja? Ya veremos cuántas demandas de divorcio son consecuencia de esta medida. ¿Y los niños?, con lo bien que están “guardados” en sus coles, ahora toca entretenerlos. Hemos perdido la capacidad de convivir y de comunicarnos, necesitamos estar ocupados todo el día y eso les hemos transmitido también a nuestros retoños.

¡Qué horror!, ¿qué vamos a hacer sin hacer nada? Nos vamos a aburrir, igual descubrimos que hasta tiene su punto. Quedarnos solos con nosotros mismos nos produce pavor. Imagina que te da por pensar en tus miserias, con lo sencillo que resulta estar todo el día ocupado para evitarlo.

Es cierto que las circunstancias no invitan a la calma, esta situación de alerta nos genera incertidumbre, malestar e irritabilidad. Una cosa es ser precavido, consecuente y cívico y otra dejarnos llevar por la epidemia de histeria y arrasar en las tiendas donde, curiosamente, se vacían los lineales de pasta, arroz y papel higiénico pero no los de jabón de manos.

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Buen momento para reflexionar, para ordenar nuestra cabeza, nuestro entorno y nuestra casa. De repente nos han regalado tiempo y nos estresa no saber qué hacer con él. Ya no hay excusa para ordenar los cacharros de la cocina, el trastero o hacer limpieza de armario. Ahora podemos leer todo eso que tenemos atrasado o tirarnos a la bartola y mirar al techo. Aprender a cocinar, a hacer punto de cruz, a practicar yoga o, simplemente, a escuchar. ¿Recuerdas ese libro que querías empezar o terminar de escribir? Tal vez, a falta de disculpas para no hacer, encontremos motivos para hacer.

Un mundo extraño estamos concibiendo si nos cuesta pararnos a pensar en nosotros y dedicar tiempo a mimarnos o descansar.

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Si te aburres contigo, plantéate por qué. Si se te ponen los pelos como escarpias pensando en convivir veinticuatro horas con tu familia, plantéate por qué. Si no sabes en qué ocupar tu tiempo y estás deseando que te devuelvan pronto a tu rutina, plantéate por qué.

Este varapalo puede ser un buen momento para escucharnos, cuidarnos, coger fuerzas y buscar la dirección adecuada. Esa de la que a veces nos desviamos por las prisas, el miedo a pensar en nosotros y todas esas excusas que nos ponemos con tal de no parar.


Ingrid Pistono
Ingrid Pistono, licenciada en Psicología con Máster en Psicoterapia del Bienestar Emocional.


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