Yoda cuando era pequeño

En mi casa estamos tan sumidos en el mundo Star Wars (mea culpa), que ahora está todo relacionado. Le pones una toalla al pequeño, y ya no te queda más que aceptar que lo único que le pega llevar es una espada láser.

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El Cachorro está obsesionado. Todos los días quiere ver una de Star Wars. Y, si no, vamos en el coche y me pide que le cuente un “cuento de Star Wars”. Y me veis rememorando escenas, la de los Ewoks y C3PO haciendo de dios telekinético, la de la destrucción de la Estrella de la Muerte, la de la congelación en carbonita de Han Solo…, narrándolas como si fueran cuentos independientes. Y él, tan feliz.

El niño crece

El Cachorro ya está desarrollando su personalidad, dejando claros sus gustos. Le voy a poner una camiseta que le trajeron sus abuelos desde Tailandia, y que ya ha estrenado. Pero se niega: “No me gustan los elefantitos, son de bebé, no me lo quiero poner”. Me cuesta convencerlo, pero con un: “Anda ya, ¿qué va a ser de bebé? ¿No ves que no es la talla de un bebé?”, lo consigo.

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Más tarde, intenta llamar la atención de su padre, que como de costumbre está pegado a su móvil, con un cacharrito que bota: “Papá, mira cómo bota”. El otro, sordo perdido. “Papaaaaaaá”. Nada. “PAPAAAAAAÁ”. No hay respuesta. Y salta: “Aish, me estoy poniendo nervioso”. Ya somos dos, hijo, ya somos dos.

Es como un mayor.

Partes del cuerpo con vida propia

– ¿Me dejas el móvil? – me pide El Cachorro.
– Está cargando – le informo.
– ¿Me lo coges?
– ¡Cógelo tú! – (¡No te jiba, el señorito!)

Pero, atentos a la excusa:

– Mi mano está cansada de coger tablets.

Jaaaaja. Hale, tócate los pies con la mano cansada. Cualquiera diría, además, que lo tenemos con una pantalla delante todo el día… Nada más lejos. Pero, vaya, que no nos vayamos a pensar que el vago es él. Que él lo haría tranquilamente. Iría, lo cogería y trajinaría con el móvil tan feliz. Pero es que es la mano, que se niega…

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La pela es la pela

Se encuentra El Cachorro una moneda. “¿De quién es?”, me pregunta. “Una de dos, o de papá o de mamá”, le contesto. Y como no es cuco ni nada, me contradice: “No, solo huele a moneda”. ¡Huele a moneda, tú, no a mí o a su padre! “La voy a meter en mi cerdo”, determina.

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Menudo truqui, el tío. No se lo he podido impedir ni nada.

Resumen del año

He aquí un dibujo que ha hecho motu proprio El Cachorro y que resulta que comprende prácticamente todo lo que ha dado durante el curso.

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El primer trimestre, estuvieron con el Proyecto de las Emociones. Hete ahí. Con sus colores ad hoc (amarillo-alegría, rojo-enfado, verde-asco…). Y también las sumas, con su particular manera de escribir los números en espejo. Ah, y luego está su puntito de creatividad. Soles que son corazones, o un corazón que es sol. Magnífica asociación, corazón centro de la persona, sol, centro del Universo.

Me gusta la mente de mi hijo.

Sinceridad, aunque duela

Ha estado el Señor de las Bestias tres días y dos noches fuera de casa. Cuando vuelve, me pregunta “¿me has echado de menos?”, y le digo, “pues no, la verdad”. Porque he estado muy entretenida, todo hay que decirlo.

Sin embargo, lo peor ha venido después. Se despierta El Cachorro de la siesta, se lleva la sorpresa de que está su padre en casa, se pone contento, pero cuando le pregunta “¿me has echado de menos?”, salta el peque: “No”. Jaaajaja. Otro. Y porque el rubio no habla. Anda que menudo recibimiento ha tenido.

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¡Dice sí!

Que yo decía… “Vaya niño negativo que nos ha salido, que solo sabe decir que no”. Porque Don Bimbas, con la cabeza, solo dice no. Incluso aunque quiera decir que sí.

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Pues hoy ha hecho un amago de movimiento de cabeza con lo que parece ser un sí. Estamos todos emocionados en casa. A ver si desterramos tanta negatividad de una vez.

Tú no y tú sí

Mi pequeño ha sido siempre muy rabudo para comer. Quienes seguís el blog, ya estáis al tanto del veranito que nos hizo pasar el año pasado.

Ahora come mucho mejor, dónde va a parar. Aunque tenemos el problema de que sigue dependiendo del biberón para alimentarse bien. De lo demás, come, prueba, se relame, pero de manera anecdótica.

La historia es que es tan independiente, que si te quieres asegurar de que coma o de que la comida llegue a su boca y no se cae por el camino, dándosela tú, te monta unos pollos del quince. Se enfada, da manotazos al plato, el contenido sale volando, yo me cabreo y tenemos montado el Belén. Entonces hay que dejarle a él el cubierto y confiar en que un 20 por ciento de lo que hay en el plato, llegue a su estómago.

A mis padres, que están de visita, les cuento esto cuando el abuelo se presta a darle él de comer. Estoy poniendo a parir a mi hijo, cuando el cabrito de él abre la boca tan campante a la cucharada que le da mi padre.

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¿Pero esto qué es? ¿Qué significa? Comento que es porque le ha pillado desprevenido, y aviso de que esté todo el mundo preparado para la rabieta. Pero, no, vuelve a abrir la boca tan contento a la segunda cucharada que le acerca mi padre. O sea. ¿De qué va?

Pues nada, que hoy ha comido más o menos bien, el jodío, con este “dador de comida permitido” que se ha feriado.

En los postres o cuando come dulces no necesita ayuda para hacer gala de lo onomatopéyico que me ha salido. Cada vez que sacude un lametazo al chupachups (y lo hace también con otras cosas, sobre todo si son guarrerías), hace “mmmmmMMMmmmm” y “mammmm” y “ñiamm”…

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Parece que quiere dejar claro que de eso, sí, mucho y más. No es listo ni nada. Ahora, da verdadero gusto verlo (y oírlo) comer así, disfrutando. Te partes de risa. Es mi vivo retrato.

Somos cinco

Mientras se hace el puré del pequeño, propone mi madre dar una vuelta ella, mi padre y El Cachorro con Sila, el perro. “Nos vamos los tres”, me dice mi madre, mientras yo me quedo en la cocina.
En esto que El Cachorro, que lo oye, se queda como extrañado. Viene a la cocina:

– ¿Por qué dice “labuela” que somos tres, si somos cinco? Mira: uno, mamá…
– (¡Bien, en primer lugar!) – pienso.
– Dos, labuela, tres, elabuelo, cuatro, Sila, y cinco, Simón (él).
– ¿Y Pablo?
– Ah, bueno, entonces seis.

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No solo pone al perro por delante de su hermano, sino que lo ha desplazado del todo. A ver si ahora, cuando se vuelvan los abuelos, les hace el cambiazo y se llevan a Don Bimbas mientras nos quedamos con el peludo… Qué tío.

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