La lagartija humana

Dormir a Don Bimbas en la teta, acostarlo en su cuna y que no se despierte a los veinte segundos es más difícil que colocar una vajilla de cristal de Murano en el lomo de uno de los toros que corren el encierro y que no se rompa, más que transportar plutonio sobre patines en un vaso de plástico y que no explosione, más que apagar el Windsor con un escupitajo.

Que se esté quieto tampoco es moco de pavo. Mi bebé es como una lagartija. Es esclavo de su curiosidad. No se quiere perder nada, así que si algo ocurre, pongamos, a espalda suya, se disloca el cuello si es preciso para verlo.

bebé

Qué manera de complicarse la vida. ¿Tanto le costará mover el resto de su cuerpecillo? Vaya colección de posturitas que se me gasta.

Menos lobos, caperucito

¿Y que cada día que pasamos por aquí me pregunte que si esto es un bosque y si hay lobos?

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Pues no falla. A diario la misma cantinela.

– ¿Aquí hay lobos?
– No es un bosque, es un parque con arbolitos. Para ser un bosque tiene que ser más espeso, tener más árboles y estar en el monte o en el campo – le explico (oooootra vez, como ayer, antes de ayer…)
– ¿Pero hay lobos?

Señor, dame paciencia.

No sé qué perra le ha entrado con los lobos. Otro día, mientras se lavaba los dientes antes de acostarse, me comenta que tiene miedo del monstruo. Le digo que no hay monstruos. Y me pregunta: “¿En el bosque?” Le digo que sí, que en el bosque sí. Y él continúa: “El bosque con sus lobos, sus leones, sus brujas…” Y su canesú, le faltó decir.

Y ya, por fin, fuimos a un bosque de verdad. Nos aventuramos a adentrarnos en él con el carrito del bebé a cuestas. Anda que no somos animados. Sobre todo cuando, para más INRI, se pone a llover.

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El sendero con barro tenía mala pinta. Así que El Cachorro, que también lo ve chungo, me ordena: “Tú no. Vete, vete con ‘lermanito’. Que se lo comen los lobos”. Me ordenó quedarme con el carrito… ¡¡Me echó!!

Pero como tiene una madre navarra, ergo cabezota, y a la que no le gusta que le digan que esto o aquello no se puede hacer, me quedé. Y el paseo transcurrió como se ve en la imagen. Que no se nos descalabró el pequeñito de milagro. No sé de qué tildarnos, si de atrevidos o animados, o de inconscientes. Solo nos faltó que nos saliera el lobo…

Alarmista

Es una gozada que mi crío haya aprendido a entretenerse sin necesitar a nadie. En el mundo que imagina, esto debe de ser… ¿Un barco? ¿Un castillo?… No sé. Pero anda por ahí hablando solo y, cuando se va a tirar por el tobogán, se pone boca abajo y empieza a gritar: “¡¡Ayudaaaaaaaaa!!” Se casi descuelga, vuelve a trepar, vuelve a dejarse medio caer, vuelve a gritar…

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Y, claro, yo porque me lo sé, pero cualquiera que se asome y vea que un niño de tres años pide ayuda “desesperadamente” y su madre lo observa sin alterarse lo más mínimo, lo debe flipar.

Alubias verdes

No, si lo mismo que un rojo tiene un hijo cura, un homófono a una lesbiana o un empresario a un anarquista, yo, la zampabollos universal, yo, la que lo único verde que como es el guacamole, yo, que me ventilo todo lo que tenga más grasa y esté más churruscado, he ido a tener a un crudivegano. Tócate los pies.

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Me pongo a pelar alubias verdes (en mi tierra se llaman así), y con El Cachorro he ido jugando mientras a que él las cocinaba, a luchar con ellas porque eran espadas, a jugar a los juegos de palabras (“¡lluvia de alubia!”)… Hasta que se las ha empezado a comer con fruición. Así, tal cual. ¡Crudas! Es que no doy crédito.

Todo se come

Le regala El Cachorro a Don Bimbas uno de sus coches.

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El pequeño enseguida se lo lleva a la boca, que es la forma que tiene de hacer aprecio. Y su hermano mayor le avisa: “¡No ez para comer! ¡Ez para correr!” Jaajajaja.

“Bueno”, debió pensar mi bebé, “pues me jalo otra cosa”.

bebé

Que se lleve algo a la boca es señal de que le fascina. Por eso sé también que he acertado con mi nuevo esmalte de uñas…

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¿Y el respeto a los mayores?

Le dice el abuelo a El Cachorro: “Mañana ya nos vamos, volvemos a Pamplona porque tengo que trabajar”. Yo, añado: “El abuelo es médico”. Y salta el canijo: “¿¡ETE EZ MÉDICO?!”

Jaaajaja. Como diciendo “¿¡será posible?!” Mención especial tiene el “este”. Tratar al abuelo como “este”, se las trae.

Claro que mucha pinta de médico no le debe parecer que tiene, cuando lo que aprende de él es a tocarse la nariz con la lengua.

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Vaya par de dos.

El niño invisible

“Mamá, di dónde etá Zimón”, y se esconde. Porque le encanta que yo haga como que no lo veo y me preocupe. Le chifla que vaya por la casa preguntando en alto “¡Pero bueno! ¿Dónde está Simón?”, y si lo aderezo con mi proverbial teatro, mejor que mejor: “¡Con el cariño que le había cogido a ese niño! ¡Y ya no está! ¡Menudo fastidio! ¿Qué voy a hacer sin él? Menos mal que tengo otro”. Él se parte. De hecho, el ritual suele consistir en que yo me extrañe de escuchar una risa y haga como que descubro que proviene de él.

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Qué ternura me produce esta inocencia que les hace creer que si ellos no te ven, tú a ellos tampoco. Aunque se hayan escondido delante de tus narices. Se deben creer que desaparecen de verdad, que son invisibles hasta que vuelven a establecer contacto visual.

Monday Night fever

Desde la una de la madrugada lleva el peque quejándose y llorando, con picos altos de desgañite agudo. Son casi las cuatro y, después de haberlo probado todo (cambio de pañal, teta, distintas posturas, limpieza nasal…), se ha conseguido dormir (supongo que de agotamiento) encima de mí. No me atrevo ni a mover un párpado. Y eso que me gustaría, al menos para cerrarlos y dormir a mi vez.

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Bonita forma de empezar la semana.

La maldición

Pues sí, porque tener como padre al Señor de las Bestias y desarrollar tan pronto alergia a los gatos…

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¡Ya es mala pata! Y la cosa es hereditaria, porque el día que su padre tiene que estar con el tigre, vuelve malo a casa. Tal para cual.

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