Hambre, pero no tanta

Lo entiendo perrrrrfectamente.

Después de la siesta El Cachorro se ha despertado con hambre. Y yo le digo: “Ah, muy bien, pues te voy a dar fruta, que no la has tomado en la comida”. Y me réplica: “Nooooo, fruta noooooo. No tengo hambre de fruta”.

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Y es que es verdad. Hay hambre de cosas específicas. Hay hambre que no es de cualquier cosa. A mí me ha sucedido esto tooooda la vida. Llegar a casa del cole con un agujero en el estómago, dispuesta a comerme la mesa a bocados, y quitárseme de cuajo al ver que me esperaban unas acelgas. Y al revés, encontrarme los fabulosos tallarines al horno de mi madre y repetir tres veces.

A día de hoy me pasa igual. Para el queso derretido, fundido, en salsa… siempre tengo hambre. He aquí un primor gastronómico según mi punto de vista.

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Hamburguesa mezclada con queso, con loncha de queso y salsa de queso. Aún la hubiera gratinado, fijaos lo que os digo. Y para cosas así, no tengo fondo.

A mí me entra el hambre a media mañana pero nunca de una manzana, sino de un donuts. No me parece que las manzanas tengan la facultad de saciar a nadie. “No tengo hambre de fruta” de mi hijo se me antoja lo más descriptivo del mundo. Y lo más lógico.
Aunque jamás se lo reconoceré.

Por otro lado, hay cosas para las que siempre se tiene hambre. Por ejemplo, para un postre. Yo estoy convencida de que he desarrollado un estómago adyacente. Puedo estar empachada viva, sin hueco para una patata frita más, pero para el postre siempre tengo sitio.

O para el piecito de Don Bimbas.

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No me sacio.

En fin, que nadie mejor que yo entiende a mi hijo. Así que hemos hecho un trato. Come algo de fruta y luego lo que él quiera.

Última reflexión: Anda que les hacemos comer unas cosas… ¿¿Tú te crees, una manzana nada más levantarse?? ¿¿Qué clase de porquería es esa?? Pero yo aún soy buena madre. Peor era la mía, que como había oído aquello de “de lo que se come se cría”, me ponía para cenar ¡¡sesos!! PUAAAAAJJJJ, QUÉ ASSSSCOOOO. Eso sí que tenía delito. Años, muchos, muchos años después, me reconoció que no le gustaban. Y mi manifiesta falta de memoria me impide recordar si ella los llegaba a comer o hacía como hago yo ahora con mis hijos, que les pongo cosas que a mí no me gustan diciéndoles que yo ya he comido de eso antes.

Sesos… joder qué invento.

¿Qué es la muerte?

Don Bimbas ha vuelto a sacar la tierra del tiesto, dejándolo todo perdido, consiguiendo la reacción lógica y habitual por mi parte:

– ¡¡¡TE VOY A MATAR!!! – tiembla el edificio y el alarido se oye en Málaga.

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Y entonces pregunta El Cachorro: “¿Vas a matar al bebé? ¿Y se va a quedar así morido?”, y se tira cuan largo es en el suelo.

Jajaja. Qué ocurrencias, tan gráficas.

Pero no sería extraño… Don Bimbas tiene la puñetera manía de despanzurrarse para atrás.

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Lo hace con todas sus fuerzas y de improviso. Está sentado encima de ti y, de repente, zas, se tira hacia atrás y tú te das un sustaco del quince, mientras reaccionas en un milisegundo para sujetarlo. Me estoy temiendo el día (parece que cercano) en el que yo no llegue a tiempo, se me resbale o algo y se haga un esguince en el cuello, un torcimiento de columna y se rompa la crisma, todo a la vez. El día en el que se quede así, morido.

Juguetes de niños… para adultos

A ver, confesad, ¿cuántas veces habéis regalado algo a vuestros hijos que en realidad os hacía mucha ilusión a vosotros? Muchos padres les cascan el Scalextric a sus vástagos, con lo que cuesta montar ese estafermo y lo carito que es, y luego los peques no huelen los mandos ni por equivocación.

¿Y cuántas veces os ponéis a ayudarles en un trabajo y lo acabáis haciendo vosotros… pero con gusto? Es decir, sin dejarles meter baza, “que lo estropeas”.

¿O cuántas os ponéis a enseñarle cómo se hace cualquier cosa haciéndolo vosotros, y después no hay forma de que paréis?

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Es lo que ha ocurrido hoy en mi casa. Se pone a pintar El Cachorro con unas acuarelas que le acaban de regalar, se acerca el Señor de las Bestias, curiosea, observa que el peque hace algo mal, le coge el pincel, empieza a colorear, se pica, se lo empieza a tomar muy a pecho, muy a pecho, muy a pecho… y se casca la página entera. Y el otro mirando.

Pero… ejem, ejem… Eso no es algo que haga solo el Señor de las Bestias.

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La cosa ha arrancado así, con un “ven, monta, que vamos a ir rápido y te enseño”, y he acabado monopolizando el patinete, dándome unos buenos garbeos, mientras El Cachorro se tomaba una Trina sentado en una terraza.

¡Sit! ¡Plas!

Me estoy dando cuenta de que estimulo a mi bebé lo mismo que si lo hiciera a un perro, cuando le agitas una pelota o un hueso delante del hocico.

Yo lo que hago es llamar su atención con algo que le gusta, en este caso una bolsa que tengo hasta arriba de botecitos de geles y champús de hotel, y hacer que me siga hasta donde yo quiero que venga a jugar.

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Es infalible. Consigo siempre mi propósito.

Y luego el experimento a lo Pavlov continúa. No sé por qué tipo de condicionamiento clásico, cada vez que tiene a su alcance varios chismes, los utiliza para hacer trasvase. Un juego mecánico que consiste en cambiar las cosas de lado. Coge objetos de un sitio y los coloca en otro.

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Luego los coge de ese otro y los vuelve a situar en el original. Entretenerlo sale barato.

Claro que lo de El Cachorro y su tendencia a hacer continuamente torres y a ordenar todo, también es un caso digno de estudio…

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Dicen que tienes un camello en la piel, y es que está hecho con un rotu fino

Me viene la hija de una amiga con la mano pintada. Dice que se lo ha hecho El Cachorro: “Pregúntale qué me ha dibujado”, me pide.

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Así que se lo pregunto y mi hijo me ilustra: “Es un camello”. ¡¡Un camello, tú!! ¡Con un par!

“¿¿Un camello??”, le rebato, y él reconoce: “Bueno, un camello un poquito raro”.

¿Os lo imagináis como tatuador?

(¿Habéis cantado mentalmente el título del post o no ;-D?)

¿Algún técnico de ropa en la sala?

Se está lavando la bata de andar por casa de El Cachorro. Hay otra que me pasó una amiga que a mi peque no le gusta nada. A mí tampoco mucho, la verdad (espero que ella no me lea ;-P)

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Sin embargo, creo que no nos gusta por diferentes motivos. A mí, por estética. A él… porque está estropeada. Me llama y, para que se la quite, me cuenta: “Esta bata no funciona. Me hace mucho frío aquí”. Se refiere al pecho. Y, claro, tiene su lógica. La bata no tiene cinturón, con lo que se abre y el frío entra.

A ver si la otra bata se seca rápido…

Escondite con pista

Como a todo crío, a El Cachorro le flipa jugar al escondite. Y que tú digas: “¡Pero bueno, ¿dónde está Simón?! ¡Si estaba aquí hace un momento! ¡Qué pena perderlo, con el cariño que le había cogido”, y así. Se troncha. Por eso, cada vez que se esconde, asoma y pide: “Tú dice dónde está Simón”, y yo tengo que empezar con el teatrillo.

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Hoy se ha escondido y, para su desgracia, bastante, bien. Porque lo que también le mola es que lo descubra pronto. Y me estaba costando. Así que iba yo por toda la casa con mi discursito: “¿Pero dónde estará este niño? Hay que ver, a ver qué le digo yo ahora a su padre, que lo he perdido…”, mientras le buscaba de habitación en habitación. Y, lo dicho, como tardaba, oigo su voz a lo lejos: “A ver si va a estar en la cocina”. JAAJAJAJAJA.

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Tareas

Oye, de verdad, que mi hijo vaya al cole implique que yo no pare de hacer tareas y deberes, muy de recibo no me parece, ¿eh? Más que nada porque creo que con trabajar fuera de casa todas las horas del mundo y más y también en casa y criar a dos hijos ya tengo más que suficiente, que no me da la vida. Pues hale, a la profesora de mi hijo se le ocurre que me aburro, y lo que tengo que hacer durante esta semana es lo siguiente:

• Buscar una foto de un yacimiento arqueológico de la Prehistoria cercano a Madrid, pegarla en una plantilla que nos ha enviado a casa y en la misma hacer que El Cachorro escriba el lugar donde se encuentra y el periodo prehistórico al que pertenece.
• Coser (¡coser yo!) una tela que nos ha enviado para hacer un disfraz de hombre prehistórico.

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Menos mal que al padre se le da bien la aguja…

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• Para el disfraz, que el crío rellene en otra plantilla las medidas de la tela, los colores y tal.
• Hoy me llega también un hueso que mi hijo (o sea, con mi supervisión e ideas, o sea, yo) ha de decorar recortando papelitos y pegándolos. Luego le hemos de poner un cordel en un lugar determinado y mandarlo de vuelta para que con eso se decore la clase.
• Tenemos que preparar un trabajo que el crío tiene que exponer en clase. Por suerte no ha sido “La relación de la pintura de Paul Klee con la Prehistoria”, como le ha tocado a algún compañero (lo juro), sino “Diferencias entre el modo de vida prehistórico y el de la actualidad”. El trabajo tiene que, preferiblemente, no limitarse a ser un trozo de cartulina con letras y dibujos, sino algo más creativo. Se expone el 29 de febrero y valoro, en ese tiempo, hacerme genetista, extraer el ADN del hueso de un mamut y clonarlo para que mi hijo aparezca con él de una correa, a ver si le parece lo suficientemente original.

Además:

• Que no se me olvide mandar el próximo día al crío con un paquete de toallitas húmedas y otro de pañuelos de papel.
• Que el día que le toque llevar de almuerzo lácteos, sea uno que él pueda abrir porque la profesora pasa de hacerlo ella y si no el crío se queda sin beberse el Colacao.
• Que el sobre donde nos envió una de las numerosas plantillas a rellenar que nos manda, lo devuelva.
• Que lo devuelva pero no en cualquier bolsa, sino en la de tela blanca que también nos ha mandado a casa para que lavemos. Por cierto que ya es el tercer lavado, he tenido que volver a pintar…

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(Pone “Simón”, no sé si os percatáis).

Tantas exigencias te lo juro que me están tocandico la moral, fíjate tú por dónde.

El escalón y el perrín

He aquí el chiquitico utilizando el cuerpo de su hermano para sus propósitos.

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Apañado es un rato, no me digáis. Que donde esté un escalón humano, que se quite una escalera corriente y moliente, fría y dura, que no se ríe ni ná.

Ah, pero no os creáis que la cosa no conlleva consecuencias… Al rato aparece El Cachorro tirando de un collar de su hermano y dice que tiene un perrín. Lo anda paseando por toda la casa.

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Lo que me sorprende es que el otro se deje, porque se gasta una mala uva importante. Por mucho menos grita y te suelta un zarpazo. Y ahí lo tienes, todo manso, dejándose llevar por su hermano mayor. ¿Cómo habrá hecho para domesticarlo?

En fin, me tranquiliza que en cuanto al trato entre hermanos, la cosa quede en tablas.